A propósito de la intervención militar gringa
Como en el béisbol, las implicaciones de la intervención militar del gobierno de Trump en Venezuela pican y se extienden. Ni todo comenzó en la madrugada del 3 de enero de este año, ni se agotará en ese episodio. La retención de Nicolás Maduro y Cilia Flores se inscribe en una secuencia más amplia de acontecimientos y maniobras orientadas a un propósito fundamental: reposicionar a Estados Unidos como amo y señor del hemisferio, en general, y de América Latina y el Caribe, en particular. Conviene no perder de vista que este afán por recuperar el terreno perdido responde a la necesidad estratégica de Washington de contener y desactivar el peso creciente de imperialismos emergentes, como China y Rusia, cuya presencia económica, política y militar se ha venido ampliando progresivamente en la región durante las últimas décadas.
Desde la posesión de Trump en enero de 2025, el gobierno de Estados Unidos ha venido fabricando una atmósfera destinada a anunciar el retorno de su versión más imperialista y abiertamente intervencionista. La guerra arancelaria; las órdenes ejecutivas para declarar organizaciones criminales venezolanas como terroristas y enemigas del Estado norteamericano; la reactivación de la narrativa del Cartel de los Soles; la autorización a la CIA para realizar operaciones en territorio venezolano; el despliegue de portaaviones y tropas en el Caribe; y la piratería de Estado aplicada a cargueros petroleros venezolanos fueron pavimentando el camino hacia la intervención. Una intervención que, además de descabezar al régimen —dejándolo deliberadamente vivo para renegociar ciertas condiciones e intereses desde una posición de mayor fuerza—, se constituye en un auténtico aviso a navegantes: docilidad y sometimiento absoluto a los designios imperiales de Trump, o catástrofe.
Paralelo al uso del gran garrote retórico, arancelario y militar, el gobierno de Trump ha venido combinando múltiples formas de injerencismo que, por ser menos espectaculares, suelen pasar por debajo del radar, pero que igualmente tributan a la estrategia general de recomposición del proyecto imperialista en la región. Los chantajes asociados a rescates financieros en Argentina, orientados a favorecer a los candidatos del espacio político de su socio Javier Milei en la reciente elección parlamentaria; el indulto del expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico en Estados Unidos, para incidir en el resultado electoral de su país; las amenazas recurrentes contra el gobierno de Gustavo Petro; el reciente acuerdo militar con Paraguay; y la recomposición pragmática de relaciones con Lula da Silva tras el descalabro del bolsonarismo, son apenas algunos ejemplos de la diversidad de fórmulas con las que el trumpismo mueve ficha para fortalecer su hegemonía en América Latina.
El temor de Estados Unidos y de buena parte de Occidente ante la posible consolidación de un orden mundial multipolar, capaz de redefinir fuerzas, roles y pesos en el campo de la economía y la política globales, encuentra por ahora en América Latina límites concretos que confirman que lo que impera en el escenario internacional es el desorden propio de los períodos de transición. Dicho sin rodeos: los imperialismos chino y ruso se encuentran en ascenso, Estados Unidos en descenso; sin embargo, por el momento, las potencias emergentes que han comenzado a desembarcar en América Latina y el Caribe no están dispuestas a plantarse en la defensa abierta de sus socios cuando estos entran en colisión directa con Washington.
Esta coyuntura podría desembocar en acuerdos momentáneos de repartición de esferas de influencia entre los tres grandes actores —Estados Unidos, China y Rusia— mientras se decantan las correlaciones de fuerza a escala global. En ese interregno, resulta imprescindible pensar los límites objetivos que esta condición impone a los proyectos progresistas de la región y a algunas izquierdas, muchas de los cuales han cifrado sus expectativas de amparo geopolítico y proyección estratégica en la relación con los llamados imperialismos emergentes, subestimando tanto su pragmatismo como el carácter imperialista de sus proyectos.
En un país como Estados Unidos, la política exterior tiene impactos muy marcados en la política interna. Muchas de las incertidumbres acerca de lo que está por venir pueden comprenderse mejor si se tiene en cuenta esta clave. Las guerras, las operaciones militares y los golpes espectaculares hacia afuera no solo buscan disciplinar a terceros, sino reordenar equilibrios y consensos al interior del propio campo político estadounidense.
La imagen de Nicolás Maduro esposado, con los ojos vendados, conducido por agentes de la DEA, y las fotografías que con el paso de las horas se han ido conociendo, cumplen una función central en ese cometido. No se trata solo del secuestro de un adversario, sino de la construcción de un triunfo político y mediático que refuerza la figura de un Donald Trump envanecido y confiado.
En primer lugar, la operación le permite congraciarse con el ala neoconservadora del movimiento MAGA, cuyos actores más influyentes son las redes de exiliados cubanos y venezolanos en Miami, con Marco Rubio como figura emblemática. En segundo término, refuerza la retórica supremacista blanca y antinmigrante bajo un supuesto tan cínico como eficaz: derrocado el dictador, los venezolanos ya no tendrían excusa para permanecer en territorio estadounidense y podrían “volver a su país a hacerlo grande otra vez”. Finalmente, la fuerza militar le permite exhibir su poderío y constituirse a sí mismo como un líder nacional y global fuerte lo que sin duda resultara útil de cara a las elecciones de medio término previstas para noviembre de este año, en un contexto de desgaste relativo de la imagen de Trump a causa de las filtraciones permanentes que lo vinculan al caso de pedofilia de Jeffrey Epstein.
Volviendo a Venezuela, las cañoneras gringas cumplieron su papel. La oposición de María Corina Machado y Edmundo González ha sido desplazada por ahora, pese a su vergonzoso servilismo, y en su lugar se ha posicionado el gobierno de Trump como contraparte directa del chavismo en una transición que no parece implicar un cambio de régimen inmediato. En ese marco, la administración Trump se ha fijado como primer objetivo bloquear el acceso de sus rivales geopolíticos a los recursos petroleros venezolanos y, de paso, entregar a sus propios monopolios una mayor participación en el negocio petrolero.
Las repercusiones regionales de este acontecimiento son indiscutibles, sobre todo si se considera la proximidad de procesos electorales en Colombia y Brasil, en los que Estados Unidos será un jugador más importante que de costumbre. En ese sentido, puede afirmarse que la acción militar contra el presidente de Venezuela y su esposa se convierte en una verdadera cabeza de caballo ensangrentada que, a la usanza del padrino Trump, es colocada en la cama de todos los pueblos de América Latina.
Desde las guerras imperialistas que propiciaron la desintegración de Yugoslavia, pasando por el genocidio en Gaza y las intervenciones criminales en Irak, Somalia, Libia y Afganistán, hemos asistido a la muerte del llamado derecho internacional y del orden mundial basado en reglas nacido en la posguerra. Seguir invocando esas consignas o a las instituciones multilaterales como alternativa en medio de un período de transición frágil, marcado por guerras híbridas regionales, parece no ser una alternativa politica eficaz para enarbolar en este periodo. Resulta fundamental que las izquierdas y los sectores alternativos comiencen a pensar horizontes políticos que vayan más allá de asumir como límite el capitalismo redistributivo que propone el progresismo, así como la ilusión de unos “imperialismos buenos” encarnados por China y Rusia, que actúan como sus supuestos aliados. La hora de los pueblos se juega en un horizonte más radical, que se posicione contra todos los sistemas de opresión y dominación. No hay que olvidar que la única vez que el imperialismo mundial estuvo dispuesto a respetar mínimas normas fue cuando media humanidad sostenía en las manos el revolver cargado del socialismo frente al capitalismo imperialista.




