No es pedagogía

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Impresión de que el cáncer de pecho tenía
que sucederme como todas las cosas
que les pasan solo a las mujeres
Annie Ernaux

Estoy fastidiada. No lo digo como consigna ni como pose, lo digo porque desde que digo “tengo cáncer de mama” algo cambia en la escena; las miradas se tensan, las preguntas llegan rápido, hay una urgencia por saber qué me van a hacer, si me van a hacer quimioterapia, si me van a quitar las tetas, si se me va a caer el pelo; es como si el cáncer abriera una ventana al espectáculo del deterioro y muchos quisieran asomarse.

A veces siento que lo que irrumpe no es mi enfermedad sino el miedo de los otros. Como si yo acabara de anunciar algo excepcional, como si los demás no se fueran a morir también. Annie Ernaux escribe en El uso de la foto “¿En qué instante dejé de pensar y decir ‘tengo un cáncer’ para pasar a ‘he tenido un cáncer’?” (167), esa frase la tengo bordada en un tambor de costura y también escrita en el calendario de mi baño donde marco las pastillas que tomo para bloquear los receptores de estrógeno y progesterona, pastillas para que no vuelva. Volvió. No sé si volvió siendo más agresivo, el caso es que volvió; la primera vez, en 2021, el informe decía: “carcinoma ductal infiltrante”, “receptores de estrógeno positivos en el cien por ciento de las células neoplásicas”, “receptores de progesterona positivos en el cien por ciento”, “HER2 negativo”, “Ki67 del seis por ciento”, “Grado histológico Nottingham uno de tres”. Recuerdo que la palabra que me atravesó fue carcinoma, no el porcentaje, no la estadística. Carcinoma.

Ese día llegué a casa y le tomé fotos a mis tetas, durante cuarenta y cinco días hice un registro íntimo antes de la cirugía. Annie Ernaux escribió que “Nada era espantoso. Cumplía con mi papel de cancerosa diligente y contemplaba como experiencia todo lo que le sucedía a mi cuerpo. Me pregunto si, tal como lo hago, no separar la vida de la escritura consiste precisamente en transformar espontáneamente la experiencia en descripción”. Yo hice eso, convertí el miedo en imagen, convertí el cuerpo en archivo.

En 2021 también empecé a escribir sobre la vulnerabilidad del cuerpo. Busqué qué otras mujeres habían escrito sobre el cáncer de mama. Leí a Annie, leí a Audre Lorde; encontré el libro de Bibiana Ricciardi, quería saber cómo otras habían puesto palabras a lo que yo apenas comenzaba a sentir, quería compañía en la escritura. Pero me agoté, no todo dolor necesita convertirse en reflexión inmediata, a veces el cuerpo va más lento que la teoría.

Ahora miro mis dos tetas, una es de verdad y la otra es de plástico. La de plástico vuelve a tener cáncer. Y ya no quiero más fotos. Desde que el cáncer regresó, mi cuerpo parece haberse vuelto conversación pública; de repente cualquiera siente que puede opinar sobre lo que como, sobre cuánto corro, sobre si hice demasiado ejercicio, sobre si el estrés, sobre si la genética, sobre si debí escuchar señales, mi diagnóstico activa explicaciones ajenas, como si el cuerpo enfermo necesitara una causa moral que tranquilice a los demás.

No es injusto, no quiero esa palabra, porque para mí la vida no firma contratos de equilibrio; lo que me agota es la exposición involuntaria, que el cáncer convierta mi pecho en superficie de proyección, que el cuerpo femenino enfermo parezca siempre disponible para ser leído, comentado, interpretado y vuelvo a escribir no porque tenga una lección que ofrecer sino porque necesito decir que es difícil, que es incómodo, y que estoy fastidiada.

No quiero que el cáncer absorba todas las conversaciones ni que reorganice todo lo que soy, quiero seguir pensando en libros, en política, en feminismos, en mis clases, en el cine que veo, en las discusiones que me apasionan. Quiero correr otra vez, no quiero que la enfermedad ocupe por completo mi imaginación; hay algo profundamente invasivo en eso, como si el diagnóstico intentara colonizar incluso el pensamiento.

Audre Lorde escribió en The Cancer Journals “Tengo cáncer. Soy una poeta feminista, lesbiana y negra, ¿cómo voy a hacer esto ahora? ¿Dónde están los modelos de lo que se supone que debo ser en esta situación? Pero no había ninguno. Esto es todo, Audre. Estás sola”. Yo no estoy sola como lo estuvo ella, tanto la primera vez como ahora he tenido acceso a un sistema de salud que ha podido actuar a tiempo, y eso importa. Pero también importa decir que no atravieso esto aislada, tengo una red de manos amigas que me escuchan, que me acompañan a exámenes, que me escriben, que sostienen silencios cuando no quiero hablar, una hija y una pareja que están ahí. No es poca cosa. El cáncer no se vive solo en el cuerpo; también se vive en los vínculos que lo rodean. Y también en las condiciones materiales que lo atraviesan.

No lo digo con orgullo ni como mérito individual. Lo que he podido hacer frente a este diagnóstico no es casual, es el resultado del trabajo de mi madre, de las mujeres que me criaron, de su empeño para que yo pudiera estudiar y trabajar, para que hoy tenga acceso a una atención oportuna. No es virtud personal; es un privilegio sostenido por el esfuerzo de otras mujeres. Y no todas pueden decir lo mismo.

El cáncer de mama en Colombia no es una excepción privada ni un accidente aislado. Yo soy parte de esa cifra, según la Cuenta de Alto Costo, “hasta el treinta de abril de 2025 se encontraban registradas 125.446 mujeres con cáncer de mama de tipo invasivo” en el país. Entre enero de 2023 y enero de 2024 representó “cerca del treinta por ciento de los casos totales registrados” entre los cánceres priorizados, en América Latina y el Caribe “el treinta y uno por ciento de los diagnósticos correspondió a mujeres menores de cincuenta años”. No soy una anomalía, soy una de muchas.

Annie Ernaux escribe esa otra cifra pensando en Francia “Tres millones de pechos recosidos, escaneados, marcados con dibujos rojos y azules, irradiados, reconstruidos, ocultados bajo blusas y camisetas, invisibles. Efectivamente un día habrá que atreverse a enseñarlos. Escribir sobre el mío participa de ese desvelamiento” (95). Ella habla desde su país, yo escribo desde el mío. Las cifras no son las mismas, las desigualdades tampoco. Pero el gesto de desvelar, de escribir el propio pecho, sí resuena.

Sigo cuentas de mujeres que ya no tienen tetas y enseñan su pecho con la sola cicatriz, y no hay censura porque no hay tetas, me gusta esa paradoja, me gusta que el algoritmo no sepa qué hacer con un torso plano, me gusta que la cicatriz no sea pornografía ni escándalo; no creo que haya una única forma correcta de atravesar esto porque tal vez el gesto no sea mostrar siempre y tal vez el gesto sea decidir; sí, decidir cuándo enseñar la cicatriz y cuándo cubrirla, decidir si el pecho se vuelve consigna o si permanece íntimo. Cada cuerpo negocia su propio límite.

Algunas tendrán acceso oportuno a tratamiento y otras no, algunas vivirán muchos años y otras no, algunas enseñarán su pecho plano sin censura y otras lo cubrirán siempre. Ninguna le debe explicaciones a nadie.

Las personas que me conocen saben lo difícil que es para mí quedarme quieta; no podré correr durante un tiempo. Bibiana Ricciardi escribió en Una mujer que corre que corre para limpiarse por dentro, que “No será una purificación completa como la de la operación, pero sirve”, yo también corro para limpiarme por dentro, ahora no podré. Y ahí aparece un miedo que no es exactamente a la muerte sino a la morida.

Hay algo que me tranquiliza y que también es político decirlo; en Colombia existe el suicidio asistido, no es un deseo de morir. Es la necesidad, de saber que incluso en el límite hay una posibilidad de decisión.

Annie Ernaux se pregunta cuándo se pasa del “tengo” al “he tenido”. Yo todavía estoy en el “tengo”. No quiero que eso se convierta en relato ejemplar ni en advertencia moral. Quien lo vive es quien lo goza.

Es presente.

Y en ese presente quiero decidir cómo se cuenta. Y cuándo se calla.

Bibliografía

Ernaux Annie & Marie Marc (2018) El uso de la foto. Cabaret Voltaire, España

Ricciardi Bibiana (2015) una mujer que corre. Caballito de acero. Bogotá

Lorde Audre, (2008.) Los diarios del cáncer. – 1a ed. – Rosario: Hipólita Ediciones