Corría el año 1986. Colombia vivía un auge brutal del narcotráfico, debido a la consolidación de dos grandes carteles que marcaron nuestra historia: el de Medellín, liderado por Pablo Escobar, y el de Cali, encabezado por los hermanos Orejuela. Paralelamente, iba creciendo el cartel del norte del Valle del Cauca. Ese mismo año mataron a Guillermo Cano, director de El Espectador, cuando todavía había periódicos en este país que le decían la verdad al poder en la cara. Tiempos aquellos.
Al mismo tiempo, las FARC, el ELN y el M-19 ocupaban distintos territorios, y el paramilitarismo se expandía desde las regiones ganaderas del país. Ese mismo año empezó el proceso de genocidio contra las y los militantes de la UP que dejó aproximadamente 6.000 víctimas, entre asesinatos, desapariciones forzadas, entre otros hechos atroces. A esto sumemos la “guerra contra las drogas” en el gobierno de Ronald Reagan en la USA, porque el man declaró que el narcotráfico era una amenaza para la seguridad nacional de su país de narices blancas.
Podría seguir nombrando tragedias, pero quiero detenerme para reconocer el nacimiento de una planta ruderal, una maleza llamada La Pestilencia. Una planta ruderal es aquella que nace en medio de las condiciones más desfavorables y alteradas por el ser humano, por ejemplo, entre el asfalto. “Ruderal” viene de ruderis, que significa escombro. Eso ha sido La Peste en este país, un rastrojero que se ha abierto paso entre la destrucción y entre el hilo de sangre que no deja de correr en esta herida eternamente abierta llamada Colombia.
En ese mismo 1986, esta banda hacía su primer caseto de cuatro canciones, como cualquier banda marginal de ese tiempo que grababa en los garajes mientras las ofertas para ser sicario pululaban afuera de sus guaridas. En 1989 lanzan su primer disco “La muerte… un compromiso de todos”. Este disco es un gran reflejo de la época y de lo que seguimos siendo como país. ¿Qué punki de este país no ha tarareado este tema mientras se dirige a su trabajo precarizado con los audífonos a todo taco?
Desde la cuna hasta tu tumba
Tienen elegido tu camino
Al colegio, al ejército, al trabajo
Cásate, procréate y muere
Vive tu vida, ¡¡déjate ya de servilismos!!
¿Quién no ha querido quemarlo todo cuando escucha la frase “soldado mutilado hp”? ¿No han sentido ganas de llorar cuando saltan al ritmo de “seguimos tocando y ustedes brincando”? Yo acá tengo los ojos encharcados mientras escribo esto, y me pasó lo mismo al escuchar a Dilson leer la carta de despedida de la banda, mientras lo veía temblar e intentar seguir leyendo con la voz quebrada. Me parece poderosamente conmovedor que este man, al que hemos visto darlo todo gritando en la tarima mientras alza vuelo como un chulo buscando carroña, como esos que vuelan en círculos mientras planean devorarse al próximo muerto que dejaron botado en el monte, aparezca públicamente llorando y mostrándose vulnerable por el fin de esta banda que nos ha marcado a todxs. También estamos quebradxs con la noticia, pero con la gratitud llenando el corazón por estos temas que nos siguen haciendo palpitar la vida habitando la adultez, ese monstruo indomable.
Este escrito es para dar gracias. Probablemente La Peste no vaya a leer esto, pero quiero que quede la huella pública de esta lágrima que hoy me sale por una banda que se va mientras nos deja tremendas reflexiones sobre la violencia sociopolítica de este país, su desigualdad y su injusticia. Gracias por haber hecho ruido todo este tiempo, y, sobre todo, por haber empezado a hacerlo en un año donde todo parecía irse a la mierda. Mientras mataban mechudos en todos los rincones de este país, estos manes estaban gritando:
Trece millones desterrados
Un ministro asesinado
Otros masacrados
Un barco ha naufragado
Fango, fango, fango, fango
¡¡Gracias eternas Peste!! Desde 1986 hasta 2026 ustedes nos han demostrado que, aunque la sangre parezca ahogarnos y apagar la flama del deseo de estar vivxs, siempre hay que seguir gritando, sosteniéndonos en el ruido y abrazándonos en el pogo, aunque sepamos que ya no podemos soñar despiertos porque ese mundo perfecto aquí nunca llegó.




