Por: Juan Pablo Segura Díaz, Luisa Fernanda Rubiano Urrea, Adriana Marcela González Coca
Colombia se encuentra en un periodo de transformación decisivo, pues será en las elecciones donde se disputará la hegemonía del país, entendida como el poder de un bloque político para convencer a las mayorías de que sus valores y proyecto de nación son los correctos, logrando el consenso tanto de la sociedad civil (la ciudadanía y la cultura) y la sociedad política (las instituciones, los jueces y la burocracia) sin necesidad de imponerse por la fuerza constantemente (Gramsci, 2000). La jornada electoral del 8 de marzo estableció finalmente los liderazgos prominentes de los proyectos políticos vigentes que disputarán la presidencia este 31 de mayo: Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, esta última representará a la derecha tradicional tras ganar su consulta.
La hegemonía entró en crisis después del Paro Nacional de 2021, cuando el bloque tradicional perdió su capacidad de dirección sobre la sociedad civil, abriendo camino al triunfo de Petro en 2022. Desde entonces el país vive una crisis de hegemonía donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer (Gramsci, 2000). Por ende, la derecha se resiste a desaparecer en proyectos ultraconservadores como táctica para retomar el poder, mientras que la izquierda con un proyecto naciente no ha logrado dominar la sociedad política pues es controlada por el bloque tradicional.
En esta coyuntura electoral, lo decisivo es la disputa por el consenso de la sociedad civil. Aunque, el triunfo en las urnas no garantiza una hegemonía automática, si otorga la oportunidad de estabilizar un proyecto político sobre el otro. En este escenario, el presidente electo tendrá un rol central como mediador entre las clases dominantes y populares, que viven en conflicto permanente. Dado que los votos de las élites son insuficientes para ganar, el éxito del 31 de mayo dependerá de la capacidad para moldear una discursividad efectiva que conquiste el respaldo popular, pues la cultura política colombiana históricamente se ha caracterizado por liderazgos mesiánicos, “el mesías es una luz en las tinieblas que el pueblo enciende” (Dussel. 2018), lo que responde a votaciones por la figura y su discurso.
En el bloque de la derecha está Paloma Valencia, quien representa al Partido Centro Democrático y encarna la herencia institucional tanto por su linaje familiar oligárquico con la figura de su abuelo Guillermo León Valencia, como por el linaje político del uribismo que la respalda; generando una adhesión emocional desde una lealtad preexistente, es decir, su carisma es heredado, no constituido. En segunda medida, se postula con una agenda conservadora, moderando la forma de sus discursos, pero no el contenido, esto lo vemos en su táctica: desarrolla la técnica “catch-all” con Juan Daniel Oviedo como su fórmula vicepresidencial y el puente moderado en una sociedad discursivamente polarizada; sin embargo, esta alianza ha resultado problemática, sin un proyecto cohesionado.
Por otro lado, Abelardo de la Espriella encarna a este líder outsider que representa la consolidación de un personalismo populista de derecha, donde los partidos tradiciones no legitiman al candidato. Con su movimiento independiente “defensores de la patría” ha logrado construir una narrativa mesiánica y caudillista basada en la promesa de un líder fuerte que constituye un entramado de instrumentos para restituir el orden y la autoridad, ideal para una sociedad fatigada en la confianza institucional.
En contraposición, Ivan Cepeda se postula como la continuidad del proyecto progresista y del petrismo en Colombia, su agenda busca ejecutar las reformas que quedaron en marcha. Su fórmula vicepresidencial Aida Quilcué entra en el proyecto político en aras de una identidad y un simbolismo de las clases populares, empleando tácticamente el multiculturalismo liberal. Apelando así a los procesos históricos de los movimientos sociales y a una figura no solamente retórica, también biográfica como víctimas y sobrevivientes de la violencia del Estado.
Ahora, es importante saber que el sistema político colombiano se ha caracterizado por ser posdemocratico, contrario al discurso que vemos de los políticos tradicionales y medios de comunicación que celebran la democracia. Resumiendo a Crouch (2004), el sistema posdemocratico hace de las elecciones un acto de espectáculo que es controlado por unas élites tradicionales que generan grandes campañas electorales y publicitadas desde los medios de comunicación corporativos con financiación del lobby empresarial para seguir sacando beneficios del Estado, en consecuencia, las personas sufren de desilusión, aburrimiento y desconexión en la política. Desde los 70s era claro que “Colombia demostraba ser una democracia sin pueblo” (PICCOLI, 2005, 65).

Este tipo de imágenes con IA usadas ampliamente en la coyuntura, cuestionables en su construcción, ejemplifican la posdemocracia.
Este panorama electoral hacia las elecciones presidenciales del 2026 ha expuesto al poder corporativo. El “proyecto júpiter” denunciado por la Revista Raya (2026) expuso un entramado desde los grupos empresariales para manipular las elecciones, el objetivo era generar incertidumbre en la opinión pública mediante la realización y difusión de contenido. Además, por primera vez los medios de comunicación que mantenían discursos de neutralidad, a pesar de las evidentes tendencias a favorecer sus grupos de financiación, han declarado el apoyo a candidatos. El Heraldo (2026), medio del grupo Gilinski, apoya abiertamente a Abelardo de la Espriella, usando su presencia en el Caribe colombiano como una posibilidad para incidir en una región disputada y clave en elecciones.
Finalmente, las elecciones del 31 de mayo del 2026 definirán el desenlace de la crisis de hegemonía que atraviesa el país. Mientras las figuras líderes en intención de voto consolidan sus liderazgos basados en la herencia ideológica o personalismos mesiánicos, el verdadero reto recae en la sociedad civil. La ruptura hegemónica iniciada en 2021 evidenció unas clases populares capaces de asumir un rol más activo y exigente; por tanto, las respuestas en la coyuntura no pueden ser el abstencionismo, la apatía y la desconexión política, de hecho, son útiles para las clases dominantes. Lenin (1998) entendía muy bien la necesidad táctica de emplear la democracia liberal y el parlamentarismo para generar verdaderas transformaciones.
En ese sentido, la crisis de hegemonía no se resuelve esperando a un salvador proveniente de la élite, sino entendiendo que la única garantía de cambio es una sociedad civil organizada, movilizada y dispuesta a hacer de la política algo más que un espectáculo de domingo.
Referencias
Crouch, C. (2004). Posdemocracia.
Dussel, E. (2018). Walter Benjamin y el mesianismo.
Gemini (2026). Sátira política: Andrés Cepeda y Aida Merlano. Obtenido de una plataforma de generación de imágenes por IA
Gramsci, A. (2000). Cuadernos de la cárcel (Vols. 1-6; V. Gerratana, Ed.; A. M. Palos, Trad.). Ediciones Era. (Obra original publicada en 1929-1935).
Heraldo, R. E. (2026, 24 mayo). Abelardo De la Espriella, el candidato del Caribe, es la mejor opción a la Presidencia de Colombia. ELHERALDO.CO.
Lenin, V. (1998). La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. Fundación Federico Engels.
PICCOLI, G. (2005). EL SISTEMA DEL PÁJARO Colombia, paramilitarismo y conflicto social.
Revista Raya. (2026). Juanita León cambia de versión cuatro veces sobre participación de La Silla Vacía en el “Proyecto Júpiter”.
Por: Juan Pablo Segura Díaz, Luisa Fernanda Rubiano Urrea, Adriana Marcela González Coca




