¿Caracol o Uróboro?

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Como la mayoría de los colombianos nacidos a finales del siglo pasado, crecí viendo Caracol y RCN. Entre las icónicas telenovelas, las noticias, los programas extranjeros, los realities y los concursos, estos canales hicieron parte importante de mi socialización. Entre las muchas cosas que aprendí en ese proceso (la mayoría de ellas cuestionables desde mi perspectiva actual), comprendí que el rol de las mujeres en la televisión estaba especialmente definido por su aspecto físico: sólo las mujeres con belleza hegemónica merecían ser visibles en la pantalla. El talento, en ese sentido, no es lo principal, sino cómo lucen. Y este hecho era tan visible que incluso en la cultura popular se reproducía el comentario constante de que ellas estaban ahí porque “quién sabe con quién se acostaría”. Es decir, sus capacidades profesionales no eran la discusión, sino que se daba por hecho que todas ellas, fueran buenas o no haciendo su trabajo, habían accedido a negociar su sexualidad con el fin de obtener un lugar en la pantalla chica.

Ahora que estalló el “escándalo” de acoso sexual en Caracol TV -y que más que un escándalo debe ser reconocido como lo que es: una serie de denuncias con posibles y deseables implicaciones penales- no pude evitar recordar esto y que de ese recuerdo emergieran ciertas reflexiones que deseo compartir con ustedes. Especialmente, quisiera mencionarlo con el fin de cuestionar algunas posiciones que he visto en redes sociales y que dan cuenta de una normalización frente al opinar sobre el cuerpo de las mujeres que aparecen en la televisión y la presunción de que sus cuerpos son públicos y, en ese sentido, el acoso es esperable.

En primer lugar, me percaté de que hay una percepción masiva de que hay profesiones en las cuales el acoso sexual es más justificable o esperable. En el caso de las mujeres que trabajan en la televisión, se da por hecho que para ganarse un lugar ahí debe haber un favor sexual de por medio. Esto, por supuesto, está muy vinculado al boom de las prepago que se detonó con el narcotráfico. Como ejemplo de este hecho está la publicación “¿las prepago?”, basado en los testimonios que dio “Madame Rochy” al periodista Alfredo Serrano y que da cuenta de cómo la movilización masiva de dinero ilícito llegó hasta el mundo del entretenimiento a través de la prostitución de mujeres famosas. La visibilización de este fenómeno en los medios de comunicación llevó a que el país supiera que algunas modelos, actrices, presentadoras, reinas de belleza accedieron a tener relaciones sexuales con narcotraficantes a cambio de dinero. El resultado fue que las personas, por sesgo de generalización, concluyeran que cualquier mujer de la industria estaba dispuesta a acceder a intercambios sexuales a cambio de dinero o éxito profesional. Un sesgo de generalización que, por supuesto, fue alimentado por los mismos medios de comunicación que las contrataban y que sacaron lucro de la hipervisibilización de la noticia, alimentando el morbo de quienes querían saber nombres concretos.

Ahora bien, quienes han tenido que cargar con el peso de este estigma han sido las mujeres que trabajan en la televisión. El resultado es que se normalice que en la industria de la televisión el sexo es una moneda de cambio y que, en ese sentido, lo que en realidad es acoso sea leído en ese contexto como una propuesta. Es decir, masivamente se ha dado por hecho que es normal que en el mundo de la televisión las mujeres tengan que usar su sexualidad como una moneda de cambio y que, en consecuencia, sea normal que un hombre las acose sexualmente.

Esto se vincula con un segundo aspecto y es la cosificación del cuerpo femenino en los medios de comunicación que conduce a que, además de las exigencias profesionales, a las mujeres se les exija cumplir con un estándar de belleza para tener espacio en la televisión. Esta exigencia no se les hace a los hombres. Los hombres pueden lucir cómo sea: gordos, delgados, calvos, con cabello, viejos, jóvenes, de cualquier tamaño, cualquier edad, cualquier característica. En relación con esto, Naira Vink[1] realizó una investigación para su tesis doctoral en 2021 que trata sobre cómo las presentadoras de las grandes cadenas de televisión españolas percibían las exigencias con respecto a su imagen corporal. La investigación concluye que hay una tiranía estética que cosifica el cuerpo de las presentadoras y que lleva a que ellas tengan que preocuparse no únicamente por su desempeño profesional (que es casi que la única preocupación de sus colegas masculinos), sino también de cómo lucen ante la cámara, pues hay una exigencia estética tácita que determina su vinculación laboral. En este sentido, a pesar de que su trabajo no es estético, este elemento sí es fundamental para poder conseguir el trabajo y mantenerse en él.

Dicho lo anterior, considero que estas denuncias de acoso sexual, que acusan a los periodistas Jorge Alfredo Vargas y Ricardo Orrego, son especialmente preocupantes porque en general el acoso sexual hacia las mujeres está normalizado, pero está doblemente normalizado en entornos como la televisión, pues la cosificación del cuerpo femenino es la regla hasta el punto en el que los aspectos profesionales son un tema secundario frente al estético. Y lo más grave de la situación es hasta qué punto la población ha normalizado esta cosificación de las mujeres que trabajan en la televisión, pues sostiene discursos que han pululado en redes sociales y que las responsabilizan de lo vivido. Este hecho contrasta con los hallazgos de la investigación de Vink, que señalan una preocupación estética de las presentadoras por exigencias externas a ellas (por lo cual es tremendamente hipócrita que por guapas se les responsabilice, cuando ese es el estándar que se les exige), mientras que hay también una preocupación por mantener un perfil profesional para que no sean subestimadas en sus labores por ser demasiado sensuales.

Además de lo anterior, llama la atención que hoy los medios de comunicación presenten estos casos como situaciones aisladas que tienen que ver con dos periodistas concretos, cuando se ha evidenciado que hay una normalización de estas prácticas que empieza desde el momento en el cual una mujer hábil profesionalmente no puede aspirar a trabajar con ellos frente a la cámara si no cumple con una apariencia concreta. La sexualización inicia desde el momento en el que la belleza no es una opción para las mujeres, como sí lo es para los hombres, sino que es una imposición que determina una vinculación laboral. Hacerse cargo y asumir la responsabilidad implica que la televisión reconozca que la presión estética que ejerce sobre las mujeres, incluyendo a sus trabajadoras, es la fuente de la cual parte la consideración del cuerpo de las mujeres como un espacio público sobre el cual puede opinarse públicamente.

Crecí viendo cómo en la televisión a todas las mujeres se les hacía un escaneo corporal, desde la típica entrada al programa de televisión mañanero que incluía una “vueltica” de las presentadoras e invitadas mientras la cámara recorría con detalle su cuerpo de pies a cabeza. También crecí viendo cómo las preguntas dirigidas a las famosas tienen que ver con la forma como cuidan su cuerpo y su rostro para lucir así de hermosas. Este es el inicio que abre paso a que el espectador y el compañero de set reconozcan el cuerpo de ellas como un objeto público sobre el cual se puede comentar, el cual se puede escanear y el cual se puede tocar.

Por todo lo anterior, concluyo que Caracol es un Uróboro, es decir, aquella serpiente o dragón que se come su propia cola. Lo es en el sentido en que está viviendo los efectos de lo que el mismo canal produce. Usar sistemáticamente los cuerpos de las mujeres que trabajan con ellos como si fueran un objeto para ver y desear ha dado permiso para que los hombres sientan que tienen un derecho a interactuar con ellas desde la cosificación. Esto, por supuesto, no exculpa a los periodistas acusados, sino que explica cuál es la base relacional e institucional que permite que los hombres depredadores sexuales se sientan en la libertad de actuar de determinadas maneras, que muchos espectadores lo justifiquen y que incluso haya una impunidad frente al acoso sexual. Si una institución normaliza que a las mujeres se les vea como objetos, va a producir relaciones basadas en la cosificación de las mujeres y las va a consentir de manera sistemática.

No quiero finalizar este texto sin mostrar mi total apoyo a las mujeres que se han atrevido a denunciar lo sucedido, a pesar de que sabemos que el dedo acusador encontrará la manera de responsabilizarnos a nosotras de lo que los depredadores sexuales hacen amparados por instituciones misóginas y patriarcales. De igual manera, insistir en que las lógicas bajo las cuales opera el mundo del entretenimiento son productoras de relaciones desiguales de género que alientan, posibilitan y consienten dinámicas que cosifican el cuerpo de las mujeres, lo cual alimenta el imaginario de que hay cuerpos de mujeres públicos cuya sexualización es ineludible. En ese sentido, es hora de que se hagan cargo los que deben asumir la responsabilidad.


[1] Vink, Naiara (2021). La imagen de la periodista en los informativos y su influencia en el desarrollo profesional: percepciones de las reporteras y presentadoras en las principales cadenas privadas de televisión española. [Tesis doctoral]. Universidad del País Vasco. Disponible en: https://addi.ehu.es/bitstream/handle/10810/52859/Tesis_Naiara_Vink.pdf?sequence=1&isAllowed=y