Con el anuncio del gobierno del cambio sobre no destinar más plata a la ONG Colfuturo, aparecieron los discursitos planos sobre la educación, testimonios dignos de un libro de Og Mandino, del tipo “Los becarios más grandes del mundo”, y por supuesto, no me puedo quedar callada.
Soy hija de la educación pública, estudié desde tercero de primaria en el mismo colegio distrital, luego pregrado y uno de mis posgrados en la universidad pública. No creo que eso me de autoridad para hablar, pero me gusta decirlo, es como la marca de la bestia, o mejor, de la ñera. Eso de querer parecer neutral para validar una opinión no es lo mío, la pose de neutralidad se la dejo a los sectores bienpensantes.
En medio de la preocupación porque el gobierno hace lo que tiene que hacer, o sea, velar porque los recursos públicos se usen para el bien común, y no para mantener a la empresa privada (y eso que a los “empresarios” no les gusta nada regalado), los bienpensantes, como es costumbre, salen a poner el grito en el cielo con una buena dosis de clasismo y maromas argumentativas. Uno de los comentarios más graves fue el de la fundadora de Colfuturo, Isabel Londoño Polo:
“Lo que las personas de estrato 1-2 necesitan en este pais no son becas de posgrado pa empezar: es educacion pre-escolar y basica/media de calidad y acceso a programas técnicos, tecnológicos y universitarios en U. publicas gratis o en privadas con buena financiacion”.
Después de leer semejante barbaridad, ¿cómo no me voy a escandalizar?, lo mismo le pasó al presidente que le respondió:
“Esto que escribe Isabel Londoño se llama clasismo. Claro que hay estudiantes de educación superior estratos 1, 2 y 3; son la mayoría. Y claro que se ellos, quienes salen de sus estudios superiores de pregrado deben tener la opción al doctorado y maestría, no de acuerdo a su situación económica, sino a sus méritos”.
Todo esto alborotó la marca de la bestia, o de la ñera. Aunque parezca sorprendente, a los sectores precarizados de la sociedad no les regalan nada y todo lo consiguen por mérito, el capital social es hiperlocalizado y funciona para que los vecis fien la pola o para tener cuenta en la tienda del barrio, pero no para conseguir subsidios porque carecemos del apellido de una senadora y un prestante ganadero.
Al respecto, me representa la postura de Helberth Choachí, rector de la Universidad Pedagógica Nacional, quien insiste en hablar sobre toda la educación como bien común, una postura que se aleja de Isabel Londoño e incluso a la del presidente Gustavo Francisco, porque implica que acceder a cualquier nivel educativo no debe responder a las necesidades del mercado, ni al mérito de cada quien, sino que se trata de una responsabilidad colectiva, de un ejercicio verdaderamente democrático.
Y es que toda la discusión sobre el acceso a educación debe tener un enfoque interseccional (no me importa la falacia ad hominem, pero ya que Isabel Londoño se dice feminista, sería chévere que le echara un ojito a esa categoría así sea por pura cultura general), porque acceder a la educación no se trata de la posibilidad de estar sentados en un pupitre estudiando inglés, como basicamente dijo en un trino (o un x, como se diga). La clase es reimportante, porque es difícil concentrarse con el presente participio si se está pensando en cómo conseguir lo del arriendo, o con la incertidumbre de saber si habrá almuerzo o no en la casa, o hacer una maestría sufriendo con contratos por prestación de servicios que duran tres o cuatro meses y que tienen horarios de mierd4. Todo eso hace que querer entregar los mejores trabajos no sea necesariamente una prioridad. Claro que hay personas increíbles que lo logran, pero la excepción no debería ser la regla.
Me presenté a muchas becas para hacer la maestría en Colombia o en el exterior, no me acuerdo cuándo desistí, de lo que sí estoy segura es que competí con muchísimas personas y en condiciones desiguales porque soy de un colegio distrital y de una universidad pública históricamente maltratada (a diferencia de la siempre cotizada Universidad Nacional), porque no tuve fiadores, porque entre mis 17 y 21, con todo, la autoexplotación no fue lo suficiente para estudiar y trabajar.
Sería muy lindo que esta discusión abra el debate sobre la democratización del acceso a la educación, pero también sobre la garantía de permanencia, que no es otra cosa que renta básica universal, o sobre la posibilidad de acceder a estudios posgraduales no desde la precariedad y el estrés, sino desde el disfrute y la tranquilidad, como lo fue para las y los gomelos que se beneficiaron con los recursos del Estado a través de la ONG Colfuturo.
Y que no se nos olvide, desde el Estado: ¡Educación primero para el hijo del obrero, educación después para el hijo del burgués!
Posdata 1: siempre ñera, nunca in-ñera.
Posdata 2: que los cartones no nos quiten la calle, no nos dejemos tramar por esa sensación de movilidad social que da un pregrado o un posgrado.




