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El amor en los tiempos de Colombia

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Por: Rafael Núñez Rodríguez

El amor caótico, profundo y persistente entre Fermina Daza y Florentino Ariza se asemeja a nuestro amor por Colombia. Hace 41 años, Gabriel García Márquez escribió una historia de amor basada en la paciencia, en la espera y en la persistencia. La historia es la de Florentino Ariza y Fermina Daza que se enamoran cuando son jóvenes, pero luego ella lo deja y se casa con otro hombre. Florentino pasa más de cincuenta años esperando la oportunidad de volver a estar con ella. Cuando el esposo de esta muere, él intenta conquistarla de nuevo en la vejez.

Hoy podemos decir que, el amor en los tiempos del cólera es nuestra historia como país. La novela nos refiere una mera historia romántica, pero nos sirve también para reflexionar sobre la esperanza y el tiempo; funciona, entre otras cosas, para no abandonar lo que consideramos más valioso, aun cuando creamos que es imposible tenerlo.

Vivimos en un eterno cólera. Somos un país que ha aprendido a ver al que piensa diferente como una amenaza, como un enemigo al que hay que destripar, borrar y exterminar. En Colombia nos atraviesa una historia de violencia que seguimos cargando como un lastre: confrontación entre partidos políticos, que ha dejado como resultado el exterminio de colectividades enteras como la Unión Patriótica. Asesinatos de líderes sindicales y estudiantiles, décadas de dolor sembrado por el paramilitarismo que ha dejado a miles de campesinos desterrados y enterrados. Heridas que hoy siguen marcando nuestra forma de ver al otro.

En la novela, Florentino Ariza esperó más de medio siglo a Fermina Daza sin renunciar a la posibilidad de reencontrarse con ella y hoy, Colombia tampoco puede desfallecer en la construcción de sus grandes anhelos colectivos. Él la esperó porque entendió que los amores y los proyectos solo pueden construirse a largo plazo, con constancia, perseverancia y sacrificio. Hoy, en Colombia, necesitamos continuar el camino que nos permita reconocer que las transformaciones requieren tiempo. Que los problemas estructurales no desaparecen de un día para otro. Un camino que enseñe que las desigualdades acumuladas durante décadas no pueden corregirse rápidamente y menos en un solo periodo de gobierno.

Uno donde comprendamos que la paz, la educación, la justicia social o la protección ambiental son tareas colectivas que requieren persistencia, porque la superación de la pobreza, la garantía de la educación, la protección de la naturaleza, la reforma agraria, la defensa de los Derechos Humanos y la consolidación de la paz no son metas que se alcanzan de un día para otro. Son proyectos de largo aliento que exigen perseverancia, paciencia y la convicción de seguir adelante incluso cuando los resultados parecen lejanos. Como Florentino, nosotros debemos entender que hay causas que valen la espera y esfuerzos que solo florecen con el paso del tiempo.

El río Magdalena fue fundamental en esta historia de amor, allí se vivieron amores, pasiones, peleas y desamores. Gran parte de la novela transcurre sobre este rio. Tal vez, por esta razón, podamos decir que una de las formas del amor consiste precisamente en cuidar la tierra y el agua que sostiene la vida. Porque no existe amor o proyecto nacional posible sobre ecosistemas destruidos. No existe futuro compartido si la naturaleza que permite nuestra existencia desaparece. Amar a Colombia, como Florentino Ariza amó incondicionalmente a Fermina Daza, significa proteger sus ríos, sus bosques, sus montañas, sus mares y sus páramos, significa cuidar la vida.

En la novela, el amor sobrevive porque sus protagonistas deciden no rendirse ante el paso del tiempo. Lo mismo pasa hoy con nuestro país: el amor hacia Colombia sobrevive cuando se entiende que las transformaciones requieren paciencia. Cuando resisten la tentación de regresar a las viejas fórmulas del resentimiento, la exclusión y la violencia.

Colombia necesita menos cólera y más amor. Más voluntad para continuar construyendo un proyecto colectivo todavía lejos de completarse, pero que ha comenzado a abrir horizontes antes considerados imposibles. El amor por nuestro país debe ser tan fuerte como el de los personajes de Gabriel García Márquez, y eso significa aferrarnos a defender sus montañas, sus ríos, su diversidad, pero sobre todo a defender la vida a toda costa. Necesitamos la decisión consciente de cuidar lo que nos pertenece a todos y de persistir en la construcción de un país con justicia, democracia y menos desigual. Porque, después de tantas tormentas, después de tantas violencias y después de tantas oportunidades pérdidas, la pregunta es: ¿seremos capaces de amar este país lo suficiente como para no abandonar el camino que apenas empieza a vislumbrarse?

Al final de la novela, Florentino Ariza y Fermina Daza, que eligen estar juntos y enamorados, deciden navegar, para siempre, en aguas del río Magdalena, simbolizando su unión eterna. Es entonces cuando el capitán del barco le pregunta a Florentino:

“¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?”.

A lo que Florentino Ariza responde: “Toda la vida”.

Esa es, quizá, la verdadera historia de amor que Colombia todavía está escribiendo.

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