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Desempleo de mierd4

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El desempleo como no lugar

En el trabajo el sujeto es como esos juguetes viejos de cuerda: hay una energía inyectada por un agente externo que vendría a ser la exigencia de productividad. El juguete puede ser un robot que avanza unos pasos de forma acelerada, avanza y avanza hasta que llega al desempleo, ahí la cuerda finaliza, y el sujeto queda a la deriva, sin saber muy bien quién es o qué hace. 

El desempleo es una forma angustiante de conectarse con el ocio. Es como la canción de Fito: «es hora de volver a mí, a contar, las cosas que me hacían bien, de verdad». Es volver a sí pero no del todo, la angustia roba el placer total por el ocio. No es un ocio vital, sino que se es el sujeto enajenado del ocio. 

En Lacan la angustia adquiere varios sentidos. En el trabajo “La serenidad y la angustia: Heidegger y Lacan” la profesora Yolanda Vega resalta una de ellas, “Lacan ubica en este espacio el enigma del deseo del Otro, la incertidumbre de saber qué lugar tiene el sujeto en el deseo del Otro, del cual el sujeto depende, en el que encuentra un lugar, o más bien, en el que ha debido hacerse un lugar y al cual de manera inevitable va a colaborar a sostener (…) La angustia aparece como la respuesta inevitable, automática a la incertidumbre del lugar que se ocuparía en el deseo del Otro”. Por su parte, para Heidegger “En la experiencia de la angustia, el ser humano encuentra la evidencia de la nada, es decir vive la nada como la oposición a la existencia misma”.

Desde otra perspectiva, en el ensayo “De la desesperación de Sören Kierkegaard, a la angustia de Martin Heidegger”, Miryam Falla Guirao explicando la desesperación en Kierkegaard, resalta: “(la persona) se pone el disfraz que lo hace olvidar de quién es realmente; ya sea el de César o el que se ajuste a su personalidad. El fracaso en el intento, lo devolverá a su propio yo, a aquél del que ha venido huyendo, entonces se produce la desesperación (…). El que desespera, desespera de algo, en este caso, de su propio yo, a saber, de la propia libertad nadando en las aguas de la finitud”

Son tres visiones diferentes, con contextos y efectos específicos pero de las que se puede extraer, simplificando las teorizaciones de base, algunas aristas para pensar la angustia del desempleo. El trabajo ocupa los días, las semanas. Ocupa gran parte del pensamiento, de la creatividad, de las preocupaciones, de las relaciones humanas. El trabajo se torna en una porción fundamental de la propia vida. ¿Y cuándo no está el trabajo? El vacío.

El actual sistema nos lleva a pensar que el desempleo es síntoma de un fracaso, así no sea así. Si el trabajo ocupa gran parte de la existencia, el desempleo se vuelve casi que un fracaso existencial. Durante el trabajo se asumen roles y en ocasiones parece que el rol sustituye a la persona. Kierkegaard retoma la expresión “O César o nada”, como la expectativa de llegar a ser pero también como la máscara ¿o el rol? que se procuraba para triunfar. Pero ante el fracaso de la expectativa: el desespero. 

El trabajo casi que se constituye en el todo, el desempleo la nada. Uno de los componentes de la angustia en Heidegger — por supuesto, las teorizaciones de los autores van mucho más allá— está vinculado con la indeterminación. En la angustia “vive la nada como la oposición a la existencia misma”. La angustia sobreviene ante el vacío del desempleo, pero al bordear el vacío, en el vacío emergen las otras preguntas que azotan la tranquilidad de la persona ¿Cómo no va a ser así cuando el capitalismo ha hecho del trabajo asalariado o del rebusque el objeto vital del ser humano?

Está el mandato de la productividad del sistema atado al mandato de consumo. Además, el trabajo se constituye en una identidad, y cuando la persona no tiene trabajo queda casi sin identidad a los ojos del otro. Recordemos la pregunta típica ¿A qué te dedicas? La expectativa de la respuesta es «me dedico a x cosa» siendo x un trabajo. 

Entonces en estos mandatos, y frente a esta imagen de identidad se genera una expectativa social, pero, ¿Qué pasa cuando no se llena? ¿Qué pasa cuando se habita el no lugar del desempleo y la falta de certeza lleva a que no se tenga claro cómo ocupar la expectativa, y no se sepa cómo ubicarse frente al deseo del otro, esto es, el deseo social del otro? ¿Qué efectos se configuran en la psique cuando la persona, que tenía una identidad configurada en torno a la idea de ella con respecto al trabajo, ya no sabe quién ser ni cómo figurar respecto a la imagen y el deseo del otro?

En un nivel más simple, la angustia aparece para alertar un peligro: el riesgo obvio de quedarse sin plata. La cuestión es que como está estructurado el capitalismo, el malestar no es solo por lo más básico —necesito plata para vivir—, sino que interviene una dimensión identitaria atada a los mandatos señalados. ¿Si yo soy un trabajo, qué soy sin trabajo? Parece exagerado, sabemos que no es así, pero ese fantasma aparece en el desempleo. 

Tenemos una angustia sistémica, ocasionada por el no lugar del desempleo y la afección identitaria que se genera frente a la mirada del otro social. Pero también tenemos esa enajenación de sí que no estuvo solo en el trabajo sino que se traslada también al desempleo. 

El sociólogo italiano Marcelo Musto, recuerda en su artículo «Revisitando la concepción de la alienación en Marx» la definición de Marx de enajenación y la divide en los ejes que el filósofo y economista alemán proponía:

“… la enajenación [Entäusserung] del trabajador en su producto significa no solo que el trabajo de aquel se convierte en un objeto, en una existencia externa, sino que también el trabajo existe fuera de él, como algo independiente, ajeno a él; se convierte en una fuerza autónoma de él: significa que aquella vida que el trabajador ha concedido al objeto se le enfrenta como algo hostil y ajeno. 

Junto a esta definición general, Marx enumeró cuatro diferentes tipos de alienaciones que indicaban cómo era alienado el trabajador en la sociedad burguesa: a) del producto de su trabajo, que deviene ‘un objeto ajeno que tiene poder sobre él’; b) en su actividad laboral, que él percibe como ‘dirigida contra sí mismo’, como si ‘no le perteneciera a él’ [9] ; c) del ‘ser genérico del hombre’, que se transforma en ‘un ser ajeno a él’; y d) de otros seres humanos , y en relación con su trabajo y el objeto de su trabajo. […]”.

En una entrevista, el escritor Julio Cortázar decía “en la época en que tenía que ganarme la vida con algo que nada tenía que ver con la literatura, nunca aguanté los horarios, siempre busqué un tipo de empleo que supusiera dos o tres horas de trabajo a lo sumo, aunque te pagarán muy poco, porque luego después, salías a la calle y eras tú”. Estas palabras retratan justo la enajenación. Cuando “salías a la calle eras tú”.

Claro, se podrá decir, en el trabajo «también puedo ser yo», aunque hasta qué punto, genuinamente, se es sí mismo en el ámbito laboral, con sus roles, jerarquías, corrección política, gustos, estéticas, en fin.

Esta enajenación, esta separación, provocada por la dinámica productiva y laboral del capitalismo, la serie «Severance» de Dan Erickson y Ben Stiller la refleja literalmente: la desconexión total del yo antes y después de ingresar a la oficina. 

Esa separación deja efectos, efectos dañinos en la persona. Lo que la persona hizo para el trabajo no quedó para la persona, quedó para su empresa, para su institución, etc. Pero esa división persiste de otros modos. El ocio no pertenece a la persona en el desempleo. Emerge la angustia, emerge la culpa creada por los mandatos productivos y de consumo. 

Es un ocio frustrante. Hay tiempo libre, libertad para buscar y buscar nuevas enajenaciones. También para leer, para ver documentales, salir, hacer más cosas, pero la angustia que condensa los mandatos y al otro social del capital está ahí para recordar la frustración del no lugar. 

No hay mayor oferta laboral, el sistema introyecta culpa y angustia pero no genera la forma rápida e inmediata para expulsarlas por medio del trabajo que nos enajenará. Retomando el tomo III de El Capital, de Marx, Marcello Musto señala:

«Esta producción de carácter social, junto con los progresos científico tecnológicos y científicos y la consiguiente reducción de la jornada laboral, crea la posibilidad para el nacimiento de una nueva formación social, en la que el trabajo coercitivo y alienado, impuesto por el capital y sometido a sus leyes es progresivamente reemplazado por una actividad consciente y creativa no impuesta por la necesidad, y en la que las relaciones sociales plenas toman el lugar del intercambio indiferente y accidental en función de la mercancía y el dinero. […] Ya no será más el reino de la libertad para el capital, sino el reino de la auténtica libertad humana».

El ocio angustiante del no lugar del desempleo habilita, en su contradicción, un espacio para la pregunta fuera del rigor de la maquinaria productiva: la pregunta constante por la transformación de la sociedad. Una sociedad de distribución del trabajo, de reducción de las jornadas laborales, de uso de la tecnología no para el enriquecimiento de unos pocos, para la precarización y el desempleo de millones sino para el bienestar de las mayorías. Una sociedad sin alienación, en la que la vida sea para el ocio, el disfrute y la creatividad. 

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