La degradación del héroe

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Los griegos nos enseñaron con la tragedia, que la caída de un ídolo, su humanización y desnudez metafórica, resulta un festín más apetitoso e interesante que el hundimiento de quienes ya estamos abajo, porque, ¿Hasta dónde más podríamos hundirnos? ¿Sería representativa y pedagógica nuestra miserable tragedia a ojos de la sociedad? Muy seguramente no. Lucho Herrera, otrora héroe nacional, ganador de múltiples etapas de La Vuelta a España y el Tour de Francia, por allá en los ochenta, nos resulta ahora aquel símbolo ejemplificante de la caída del titán. El distintivo deportista fusagasugueño que muchos de nuestros padres veían emocionados en la tele, configuraba la estampa del ciclista hecho a pulso. Humilde y entrenado en el más primigenio ambiente bucólico, evocaba aquel ensueño heroico que transfigura el sentir colectivo en enamoramiento patriótico.

Ahora bien, en nuestro ciclista Lucho, nos encontramos con aquellos conceptos, a razón de la referencia puntualizada respecto a la tradición griega, de hybris y eunomia. Dos conceptos opuestos, pero fundamentados en las emociones de lo lícito y lo transgresor. Por su parte la eunomia, nos recuerda aquella percepción de lo legal. La coherencia entre la norma y la actuación que hacen la vida razonable y equilibrada. La hybris, por otro lado, evoca aquel sentimiento de soberbia y superioridad. El escaño que ostento en la sociedad, dada mi fama y condición acaudalada, no se articula con lo que el estado consolida como norma. Mi posición privilegiada me catapulta por encima de cualquier contrato social.

Dado lo anterior, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que una fuerte pregunta retumba en nuestras cabezas. A saber, ¿Qué moviliza este sentimiento de anomia en la élite, no solo nacional, sino mundial? A este respecto, Hannah Arendt nos manifiesta: “¿Quién ha llegado siquiera a dudar del sueño de la violencia, de que los oprimidos sueñan al menos una vez en colocarse en el lugar de los opresores, que el pobre sueña con las propiedades del rico, que los perseguidos sueñan con intercambiar el papel de la presa por el del cazador y el final del reinado donde los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos?” (Arendt 34). Si bien, de acuerdo a la cita de Arendt, cualquier individuo sin excepción alguna, sucumbiría ante la tentación de transgredir el statu quo así fuera una simple vez, aunque, no cabe duda que sus palabras entrañan aquella lógica violenta del ejercicio de poder. Esa misma dinámica que a la fecha, ha expuesto las más viles y miserables atrocidades que tanto minorías económicas como dirigentes han practicado de manera diacrónica. Fácilmente encasillada en un mero concepto: Capitalismo.

Esta realidad alterna que la psicología capitalista infunde en los individuos acaudalados, hace que sus patrones normativos se acomoden a sus necesidades, delirios, obsesiones y si se quiere, depravaciones. El todo es posible hace parte de sus respuestas psíquicas y cognitivas. ¿Si somos nosotros quienes generamos el empleo, la defensa de las democracias liberales, la protección del medio ambiente, el derrocamiento de dictaduras, entre otras cosas que enaltecen al hombre blanco, conservador occidental, porque no echar a andar nuestros gustillos particulares? ¿Qué desestabilización mundial podrían generar nuestros bacanales? Esta deplorable debacle moral, de quienes representan el deber ser intelectual, espiritual, político y económico, es precisamente la hybris manifiesta. En nuestro país, casos como el del jardinerito, quien presuntamente urdió con paramilitares un cobarde plan para asesinar a sus vecinos y hacerse con la propiedad de sus tierras, es en menor escala (sin desestimar el impacto criminal y sociópata del deportista), la clara representación de lo que las influencias, el poder y el capital hacen con la mentalidad de la élite.

Revestirse de privilegios obscenos, acumular recursos, instituir oligopolios y sentarse en jets privados a dar ruedas de prensa, estructurando la agenda mundial, es algo que han acostumbrado los más cercanos amigos del finado Epstein, mencionados en sus archivos. Es en este momento cuando las más rocambolescas teorías de la conspiración se hacen realidad. Personajes como Chomsky y Chopra, por citar algunos de aquellos individuos que por nuestras mentes jamás llegarían a ser vinculados en lides de este estilo, nos han enseñado que tanto la intelectualidad, así como la espiritualidad son otro tentáculo más del capitalismo. Chomsky, figura entrañable de años universitarios, fuerte crítico y denunciante de las atrocidades de la élite, resultó ser un miserable consejero del sádico esclavista de Epstein. Y Chopra, mercachifle espiritual. Con sus peticiones de acercarse a las jóvenes para instruirlas (hágame el doble hijueputa favor), no es más que otro culebrero embaucador, que construyó una marca empresarial, aprovechando los vacíos emocionales de sus incautos seguidores.

Alguna vez el filósofo Félix Guattari, en su ensayo Más Allá del Significante, contenido en el libro Erotismo y Destrucción, escribió: “El desarrollo de las fuerzas productivas, en la sociedad industrial (y es verdad tanto para el capitalismo como para el socialismo burocrático), implica una creciente liberación de las energías del deseo; el sistema capitalista no funciona obligando a trabajar a riadas de esclavos. Se le pide modelar a los individuos para su provecho (…) modelos de infancia, de padre, de madre… Lanza estos modelos como la industria automovilística lanza nuevas series de automóviles” (Guattari 83). Con la cita del pensador francés, podría llegar a establecerse la intencionalidad de la denuncia. Este hecho primordial, se fundamenta en la simbología corporal y psíquica del ciudadano de a pie. Sin darnos cuenta, somos simple carne para los intereses de la lógica capitalista. Interesamos, por cuanto somos existencias maleables. Representamos votos, fuerza de trabajo, cuerpos sexualmente explotables, reproducimos los valores que nos venden, y más que nada, instauramos nuestros ideales ideológicos, políticos, económicos y culturales, acorde a los deseos de la élite. Jardineritos o criminales a gran escala, los hechos acaecidos en los últimos tiempos, nos rememoran aquella hybris. La degradación de los héroes, en palabras de Guattari, lo importante es que siempre sean compatibles con lo axiomático del capital. Para ellos todos somos parte del sistema, su sistema y su ecuación es: Gozar = Poseer.

Referencias

Arendt, Hannah (2005). Sobre la Violencia. Editorial Alianza, Madrid.

Erotismo y Destrucción (1998). Varios Autores. Editorial Fundamentos, Madrid.