La importancia y la dificultad de la participación: a propósito de los diálogos con el ELN

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En Colombia, la participación social ha sido limitada a sectores específicos de la sociedad. Esta limitación responde a múltiples razones, siendo la más explícita el conflicto armado.

al vincularla como una práctica ajena a los sectores populares y propia de los sectores de elite, fue reforzando el alejamiento de la participación en tanto acción básica de la ciudadanía.

El silenciamiento por medio de las amenazas, los desplazamientos forzados, los confinamientos, la desaparición o el homicidio, y luego mediante el miedo ante la inminente activación de uno de estos mecanismos, implicó la configuración de una cultura política del temor por el uso de la palabra pública sobre temas políticos o asociados a este ámbito, teniendo efectos evidentes en la concepción de la democracia. 

A su vez, la difusión de imaginarios sobre lo que significaba el uso de la palabra pública en términos de satanización, al relacionarla como una práctica propia de tendencias de izquierda que eran macartizadas; o bien de exclusión, al vincularla como una práctica ajena a los sectores populares y propia de los sectores de elite, fue reforzando el alejamiento de la participación en tanto acción básica de la ciudadanía.

En ese sentido, se fue desarrollando una idea problemática: quien participa es «un otro» que, como tal, tiene poco que ver con la vida cotidiana de la mayoría social. 

Asimismo, la construcción del Estado colombiano desde dinámicas clientelares y gamonales, en las que la exigibilidad de derechos se fue traduciendo en una transacción de recursos y favores grupales o individuales antes que, como tal, en un ejercicio de ampliación de ciudadanía, supuso un modo específico de participación marcado, en múltiples casos, por el posicionamiento individual o grupal que busca beneficios localizados más allá de demandas globales que cambien sustantivamente las condiciones de vida de sectores más amplios de la población. 

la construcción del Estado colombiano desde dinámicas clientelares y gamonales, en las que la exigibilidad de derechos se fue traduciendo en una transacción de recursos y favores grupales o individuales antes que, como tal, en un ejercicio de ampliación de ciudadanía

Estas dos dimensiones en la configuración de la participación llevaron a qué, con ciertas excepciones, quienes se animaran al uso público de la palabra, la incidencia y/o la movilización, fueran en realidad un número reducido de grupos, organizaciones y comunidades. 

De ese modo, en los distintos escenarios, es frecuente ver solo a ciertos grupos de este sector con propuestas claras, en otros casos a personas que se atreven a hablar desde la catarsis, y en otros más, a individuos que buscan acumular políticamente para fines más personales que colectivos. 

Si bien algunos espacios fueron efectivos,  muchos otros espacios de participación se fueron convirtiendo en escenarios de exposición de ideas reiterativas animadas exclusivamente por el posicionamiento personal, lo que llevó a qué se convirtieran en escenarios desgastantes. 

Poco a poco se fue volviendo costumbre que la deliberación en torno a puntos claros no fuera necesariamente una prioridad, y se dejara de lado la voluntad por la llegada a acuerdos concretos y de un alcance importante que fuera más allá de la lógica transaccional.

Así las cosas, ante las formas en las que se fue configurando la participación, cabe preguntarse por los modos efectivos de generarla. Entonces: ¿Cómo superar el desgaste que genera la participación? ¿Un desgaste al que no está dispuesta a someterse una persona que apenas se anima a llegar a estos espacios? 

En ese sentido, los modos de participación tendrían que partir de un acuerdo entre quienes la motivan y quienes la aceptan, siendo estos últimos, en especial, los sectores que frecuentan estos escenarios. 

Sin acuerdos claros de intervención y deliberación y sin la disposición a cumplirlos, el camino de la participación, una vez más, no llevará a nada concreto

Es común escuchar en espacios de exposición (porque muchos, como tal, no son de deliberación) a voces que llaman a la concreción, la propuesta específica  y a las nuevas ideas ante las intervenciones reiterativas; así como a voces que responden de inmediato haciendo llamados a la importancia de la expresión sin restricciones de tiempo o concreción. Lo que lleva a preguntarse sobre si realmente es efectiva la participación, aún cuando no existen este tipo de restricciones, ni la conciencia sobre su necesidad. 

El avance hacia la participación general y decidida de la sociedad, es un proceso lento y difícil si se tiene en cuenta el miedo y la lógica transaccional, tendría que partir de un acuerdo básico de debate y deliberación que apunte a la efectividad antes que a la reiteración de posiciones, a las exposiciones de motivos ampliamente conocidos, y al mero posicionamiento personal.

Sin acuerdos claros de intervención y deliberación y sin la disposición a cumplirlos, el camino de la participación, una vez más, no llevará a nada concreto, y se correrá el riesgo de echar por la borda uno de los procesos de paz con el ELN más avanzados y las posibilidades que abre.

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