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“¿Por qué no denunciaron antes?”: crónica de la tortura de decir algo frente a la violencia

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¿Pasaron 10 años y apenas denunció? ¿y por qué no lo dijo antes? ¡Qué casualidad que justo ahora quiera decir algo! La época que habitamos hace que con cada acontecimiento social y político nos veamos forzadxs a opinar algo. Hay muchos memes que lo retratan mejor que yo: “ayer era experto en Palestina y ahora soy experto en Irán”. Y es que el problema no es que digamos algo, finalmente es un avance que hoy tomemos posición sobre lo que nos pasa. Lo que sí resulta problemático es que sin tener ni una mínima idea informada sobre algo, opinemos para descalificar a quienes deciden hacer algo, anulándoles o pidiéndoles silencio.

Esta semana ya nos olvidamos de Palestina, de Irán, de las acciones de Trump y Netanyahu, así como de los asesinatos sistemáticos que están ocurriéndole a nuestras compañeras/os trans en Colombia, y menos está en nuestro panorama el peligro que significa Kast con sus primeras nefastas decisiones en Chile o el cumplimiento de los 50 años del golpe que llevó a la dictadura cívico-militar en Argentina dejando más de 30 mil personas desaparecidas. 

Hoy la atención pública está puesta en Ricardo Orrego y Jorge Alfredo Vargas, tras las denuncias de acoso sexual visibilizadas por mujeres valiosas. Y vuelven los “expertos en nada” a cuestionar a las denunciantes por el tiempo que tardaron en sacar estas violencias a la luz. Lo grave aquí no es la violencia, ni su carácter estructural y sistemático, ni el abuso de poder en los escenarios laborales. Lo fundamental, para muchos, es la reputación de los periodistas y el tiempo de las víctimas.

Yo pregunto: ¿han vivido ustedes una situación de violencia basada en género? ¿La ha sufrido alguien cercano? ¿Qué hicieron al respecto? ¿Qué postura adoptan cuando descubren que un amigo, un vecino, un jefe o alguien cercano ejerce violencia? ¿Saben lo que eso implica? ¿O hablan desde la cómoda distancia del espectador que califica la obra desde la última fila?

Les comparto un ejemplo concreto. En frente de donde vivo hace unos meses, vive un tipo joven que se masturba en su ventana cada semana. Abre las cortinas de par en par, abre el vidrio de su ventana y saca su pene mientras está completamente desnudo para que quienes estamos cerca veamos su práctica. He llamado incontables veces a la policía, he pedido apoyo con abogadas conocidas, he denunciado ante las entidades competentes en la Alcaldía de Manizales y otros escenarios institucionales. Llevo media vida trabajando en estos temas, así que conozco las redes, privilegio que no todas tienen en este país. Aun así, no he logrado absolutamente NADA. Las instituciones concluyen que no pueden hacer nada porque el tipo hace esto dentro de su vivienda, y que lo mejor que puedo hacer, es poner la denuncia a nombre propio en la fiscalía. Ni siquiera importa que vivamos cerca de un colegio y de una universidad. No se puede hacer nada.

¿Ustedes saben lo que implica denunciar pública o institucionalmente a alguien? ¿se han expuesto a eso? Una de las últimas veces que visibilicé una denuncia frente a un profesor universitario que tenía distintas denuncias formales por sus conductas violentas hacia estudiantes terminé con una demanda por injuria y calumnia que aún se está tramitando. Dudo que la gente que comenta quejándose por la demora de las víctimas en denunciar me vaya a pagar la abogada que necesito para salir bien librada de este proceso. ¿Saben por qué me pasó eso? Porque denuncié, porque lo hice de inmediato, porque no demoré, porque decidí actuar.

El señalamiento de la lentitud temporal para las denuncias opera en las mujeres y demás poblaciones históricamente oprimidas como una pedagogía de la crueldad, concepto propuesto por Rita Laura Segato (2018). Para la autora “la repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora. La crueldad habitual es directamente proporcional a formas de gozo narcisístico y consumista, y al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensibilización al sufrimiento de los otros” (p. 11).

Nos hemos acostumbrado tanto a ese paisaje depredador que la gran preocupación es la rapidez de respuesta de las víctimas. ¡Increíble que ese pájaro no haya visto al gato que lo iba a matar! ¡Increíble que esa practicante no haya denunciado el acoso de su profesor del que dependía su graduación! ¡Increíble que esa presentadora no haya hablado en diez años en un mundo donde la reputación define tu contrato! Toda la vida me dijeron que calladita me veía más bonita, pero cuando denuncio me dicen que llegué tarde a la carrera por la justicia.

Mi invitación es sencilla: reconozca el profundo valor del silencio cuando las víctimas necesitan ser escuchadas, reconocidas y comprendidas, pero también que sus casos tengan consecuencias. Si su única pregunta es por la rapidez o lentitud de la denuncia, guárdela para su biblioteca de curiosidades. Si no va a aportar nada útil para esclarecer el caso y lograr justicia, mejor hágase a un lado: lo único que consigue es convertirse en pedagogo de la crueldad, o pedagoga, porque además hay filas inmensas de mujeres listas para tirar la primera piedra.

Pero ¿sabe qué es lo mejor que podría hacer? No dejarnos solas en este camino tortuoso de denunciar la violencia, que termina dejando efectos peor de violentos en las denunciantes y no en quienes cometen los actos. “¿Cómo entonces concebir y diseñar contra pedagogías capaces de rescatar una sensibilidad y vincularidad que puedan oponerse a las presiones de la época y, sobre todo, que permitan visualizar caminos alternativos?”, se pregunta Segato (p. 14). ¿Usted en qué está apoyando para que esto sea posible?

Referencia

Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.

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