Studebaker ya no cree en las campañas
Hubo un tiempo en que las campañas electorales en Colombia se construían sobre un libreto que parecía inamovible. No se trataba solo de propuestas, ni siquiera de programas de gobierno. Se trataba de administrar el miedo. Cada período electoral venía acompañado de una narrativa cuidadosamente instalada: el país al borde del colapso, el enemigo infiltrado, la amenaza que solo podía ser contenida si el poder permanecía en las mismas manos.
Ese libreto no nació de la nada. Tiene historia. Tiene sangre. Tiene memoria.
La política colombiana aprendió muy temprano que el miedo podía convertirse en herramienta electoral. En los años ochenta, cuando el país intentaba abrir espacios democráticos para fuerzas distintas a los partidos tradicionales, la respuesta fue brutal. El exterminio de la Unión Patriótica no fue solo una tragedia humana; fue también un mensaje político. Miles de militantes, concejales, líderes sociales y candidatos asesinados para demostrar que ciertos proyectos políticos no tenían lugar en el sistema. Aquella masacre dejó una lección clara: participar podía costar la vida.
En los noventa el miedo se reorganizó bajo otros nombres. La expansión del paramilitarismo, la guerra abierta contra la insurgencia y la intensificación del conflicto armado configuraron un escenario donde el terror no era solo un discurso, era una realidad cotidiana. Las masacres, los desplazamientos forzados, el control territorial armado y los secuestros construyeron una atmósfera social donde la política se debatía bajo la sombra permanente de la violencia. El país se acostumbró a elegir en medio del miedo.
Ese contexto fue funcional para consolidar una narrativa: cualquier intento de transformación política podía conducir al caos. Las campañas electorales aprendieron a explotar esa sensibilidad colectiva. Se invocaba la seguridad, se exageraban las amenazas, se advertía sobre enemigos internos que pondrían en riesgo la nación. El miedo se volvió argumento, estrategia y propaganda.
En la primera década del siglo XXI esa narrativa alcanzó su punto máximo. La política se organizó alrededor de la promesa de derrotar definitivamente al enemigo interno. Quien cuestionara ese enfoque era inmediatamente sospechoso. La polarización se alimentó de esa lógica: no había adversarios políticos, había amenazas.
Sin embargo, toda narrativa que se repite sin descanso termina desgastándose.
En los últimos años el miedo sigue apareciendo en las campañas electorales, pero su eficacia simbólica ha comenzado a fracturarse. No porque los problemas hayan desaparecido —la violencia persiste, las desigualdades continúan— sino porque el uso político del miedo se ha vuelto demasiado evidente. La ciudadanía ha visto demasiadas veces la misma estrategia: advertir sobre catástrofes inminentes mientras se evade cualquier discusión seria sobre propuestas colectivas.
El resultado es una política convertida en espectáculo.
Hoy es común ver candidatos bailando, gritando consignas vacías o fabricando escándalos mediáticos. La sátira reemplaza el programa político. El insulto sustituye la argumentación. La indignación performativa se convierte en campaña. Mientras tanto, los problemas estructurales del país permanecen intactos.
Esa combinación de miedo y espectáculo no es casual. Funciona como una cortina de humo. Cuando el debate se reduce a la alarma permanente o a la caricatura del adversario, desaparece la necesidad de explicar un proyecto de país. No hay discusión sobre reforma agraria, modelo económico, democratización del poder o redistribución de la riqueza. Solo queda el ruido.
En este punto resulta revelador volver a la literatura. En El delfín de Álvaro Salom Becerra aparece un personaje de pueblo al que llaman Studebaker, un mecánico que observa la política con una mezcla de ironía y distancia. No es el protagonista de la historia, pero encarna una mirada profundamente colombiana: la de quien ve pasar las campañas electorales con la sensación de que, detrás de los discursos grandilocuentes, todo sigue funcionando igual.
Studebaker representa ese ciudadano que percibe la teatralidad de la política. El que entiende que las campañas muchas veces se parecen más a un espectáculo que a una deliberación democrática. El que sospecha que las promesas ruidosas ocultan pactos silenciosos.
Esa sospecha tiene raíces históricas. El país fue gobernado durante décadas por acuerdos entre élites que cerraban la competencia política real. El pacto que dio origen al Frente Nacional, inspirado en acuerdos previos entre dirigentes liberales y conservadores, fue presentado como una fórmula para superar la violencia bipartidista. Pero también consolidó un sistema donde el poder se alternaba entre las mismas élites, mientras amplios sectores sociales quedaban excluidos.
La política colombiana aprendió a funcionar dentro de ese marco: acuerdos por arriba, movilización emocional por abajo.
Hoy, cuando algunos sectores hablan de “salvar a Colombia” o repiten consignas alarmistas sin presentar propuestas concretas, reproducen esa misma lógica. No buscan debatir el futuro del país; buscan reinstalar el miedo como argumento definitivo. El problema es que el contexto ha cambiado. La ciudadanía ha vivido demasiado como para aceptar el mismo libreto sin cuestionarlo.
Las generaciones que crecieron viendo el exterminio de movimientos políticos, el auge del paramilitarismo, las masacres del conflicto armado y las promesas incumplidas del establecimiento saben que el miedo ha sido utilizado muchas veces como herramienta de control político. Y cuando esa conciencia aparece, el miedo deja de ser incuestionable.
Ahí se abre una posibilidad.
Si el miedo ya no paraliza como antes, la política tiene la oportunidad —y la obligación— de reinventarse. No desde el espectáculo ni desde la caricatura del adversario, sino desde la construcción de proyectos colectivos capaces de convocar organización social, formación política y nuevos liderazgos.
La democracia no se fortalece cuando los candidatos compiten por ver quién asusta más o quién produce el meme más viral. Se fortalece cuando la ciudadanía discute seriamente qué país quiere construir.
Tal vez ese sea el desafío del presente: abandonar la política del miedo y recuperar la política de las ideas. Porque mientras el debate siga dominado por alarmas y escándalos, las élites que han administrado el poder durante décadas seguirán jugando en un terreno que conocen demasiado bien.
Y Colombia ya ha pagado un precio demasiado alto por ese juego.




