El número del chance será el 0237, ese es el número ganador porque 23,7% fue el aumento del salario mínimo en Colombia para el 2026, un aumento histórico que debería ser motivo de fiesta colectiva, es más, debería ser objeto de celebración nacional, una que incluya hasta la camiseta de la selección.
Pero una noticia que debería devenir en carnaval, es asumida como un problema no solo por los medios corporativos que hacen eco de la molestia de las elites del país, sino también por sectores de la clase media (que es más baja que alta) y me imagino que eso responde a uno de nuestros traumas políticos colectivos, uno al que denomino como el trauma de la migaja, porque el migajeo no es solo en las relaciones.
El presidente eterno legitimó el despojo de derechos laborales presentándolos como un enemigo común, como si la dignidad laboral y, en ese entonces las Farc, fueran los demonios que había que erradicar. Con un movimiento sindical prácticamente exterminado y un reducto burocratizado, con un país que se dejó amedrentar y asumió la explotación y el sacrificio como el deber ser, el resultado no es una cicatriz, sino una chamba que por poco sigue siendo una herida abierta, una herida que hoy se manifiesta con la molestia migajera porque a la clase trabajadora se le reconoce su trabajo.
Nos acostumbramos a que si se trata de igualar condiciones vitales debe ser por lo bajo, que los aumentos, los subsidios y los apoyos deben ser para quienes tienen más y que las sobras se las dejen a las clases medias y los sectores empobrecidos. Eso es migajeo. Nos conformamos con recibir poco, no ponemos límites, no nos valoramos lo suficiente como para exigir un trato digno. Nos acostumbramos a gobiernos breadcrumber (los que lanzan las migajas).
Las elites y los medios dicen estar preocupados por las clases medias, y las y los trabajadores independientes, todas las reflexiones son como love bombing, un amor explosivo que solo aparece cuando conviene. Que se va a subir el costo de la administración, de los servicios generales y de las personas cuidadoras, pero no se preocupan por pensar por qué la clase media está en crisis por causa del neoliberalismo, por qué la sensación de movilidad social es falsa, o por qué los adultos jóvenes están precarizados y sobreviven con varios contratos a la vez.
Si la preocupación fuera real, la discusión sería sobre la precariedad de los contratos por prestación de servicios en el Estado y la empresa privada, sobre la oenegización de lo público, sobre los contratos de menos de ocho meses al año, o sobre cómo el distrito hace maniobras para empobrecer a sus funcionarios (después hablamos de los horarios de Biblored y qué tienen que ver con no pagar horas extra, recargos nocturnos ni dominicales).
Ya está más que comprobado que la fórmula de más plata para que los ricos fortalezcan sus empresas y generen empleo, no funciona. Esa plata se va a paraísos fiscales y excesos, pero no hay más trabajo y si peores condiciones laborales.
En lugar de eso, superemos el trauma del migajeo y arriesguémonos a celebrar un aumento digno del salario mínimo, a fortalecer el bolsillo de la clase trabajadora, a celebrar que el veci tiene algo más de lk y ya no le toca vivir al debe, y que nuestra meta para el 2026 sea más plata para el mínimo, menos contratos precarios, ningún regalo para los grandes empresarios y seguir robusteciendo la micro, pequeña y mediana empresa.
¡Por un año nuevo con menos migajas y más dignidad!




