¡Venga le ‘hecho’ el cuento!

“Nada está acordado hasta que todo este acordado”. Esa fue la premisa que acompañó los diálogos de la Habana entre el gobierno y la guerrilla de las FARC y que dio luces sobre la férrea convicción de las partes (especialmente de la guerrilla), de no pararse de la mesa hasta lograr acuerdos concretos que pusieran fin al conflicto armado. 

Y parece ser que todo está acordado porque el pasado miércoles 24 de agosto, en lo que se ha considerado la noticia más importante de las últimas décadas, gobierno y FARC le informaron al país y al mundo que los diálogos habían llegado a su fin y que era el momento de decirle adiós a 52 años de lucha armada.

Desde la fundación de las FARC el 26 de mayo de 1964 han pasado 17 presidentes por la Casa de Nariño; todos han intentado derrotar por la vía militar a esta guerrilla y como es evidente ninguno logró su objetivo. Que la guerrilla se sentara a conversar con el gobierno no quiere decir, como lo quiere hacer ver el ala más dura de los militares, que lo hicieron porque ya estaba derrotada y tenían como única opción ceder frente a las pretensiones del gobierno; y si llegaron a un acuerdo no es precisamente porque se le está entregando el país a la insurgencia, como lo quiere hacer ver la ultraderecha en cabeza del Centro Democrático.

El dialogo es el principal camino para resolver cualquier conflicto antes de utilizar la fuerza para imponer las ideas sobre el contrario; y así fue como sucedió con este conflicto, el dialogo estuvo por encima de las armas. El Presidente de la República, por mandato constitucional, está en la obligación de buscar la paz para todos los colombianos y de aunar esfuerzos para lograr este objetivo. Como tal, es el único autorizado para iniciar diálogos con los grupos alzados en armas y está en la libertad de aprobar lo acordado sin la necesidad de pasar por la aprobación de los ciudadanos. Sin embargo, Juan Manuel santos optó por refrendar los acuerdos vía plebiscito, como mecanismo para legitimar los acuerdos de La Habana.

En palabras del presidente “cansados de la violencia, los colombianos también queremos una democracia generosa y abierta, donde todos podamos participar. Y el plebiscito es una de esas formas de participación popular, en la que pueden expresarse todas las formas y las ideas, siempre con respeto por la opinión de los demás y con la tranquilidad de poderlo hacer sin temor, sin miedo”. Es así como Santos nos ha hechos subir al barco del plebiscito y para llegar a buen puerto el 2 de octubre tendrá que sortear las tormentas y los vientos en contra, provenientes de la ultraderecha. El plebiscito implica ir a las urnas a decidir; y esto trae una campaña consigo donde el SI y el NO son los protagonistas de esta historia.

La campaña por el NO está en cabeza del ex presidente Álvaro Uribe, que con su partido Centro Democrático, está empecinado en perpetuar la guerra y evitar en lo posible que desaparezca el enemigo que le da poder a él frente a los colombianos. Sabe muy bien cómo jugar con el miedo de las personas: todos los días sale a decir que se le entregó el país a la guerrilla, que habrá impunidad, que nos mataran a todos, que la guerra se agudizará, que el ‘castrochavismo’ se apoderó de Colombia. Uribe ya parece un juglar de esos que iban de pueblo en pueblo inventado historias, mezclando la realidad con la ficción; convirtiendo los acuerdos de La Habana en “mitos urbanos”.

Desapareciendo su enemigo su discurso queda reducido a ecos. La estrategia que utiliza la ultraderecha para que las personas voten NO en el plebiscito se basa en información tergiversada; maquillando cifras, ocultando otras y exagerando unas más. El decir que se le va a pagar $1.800.000 a cada guerrillero que deje las armas es una falacia. Como se lee en el texto definitivo de los acuerdos, serán $620.000 para cada uno durante 24 meses, el equivalente al 90% del salario mínimo; esta cifra se basa en lo que actualmente se le paga a cada guerrillero que se desmoviliza; aparte se les entregara una suma única de dos millones de pesos después de dejar las Zonas Verdales de Transición de Normalización y también podrán acceder a un subsidio por una sola vez de $8.000.000 a quienes se comprometan a destinar ese dinero para desarrollar proyectos productivos individuales.

Otra de las grandes mentiras es que se le entrego el país a la guerrilla. En los acuerdos no se negoció el modelo económico; evidentemente al único que estamos entregados es al neoliberalismo; y está clara que de la única manera en que la guerrilla puede tener la posibilidad de llegar al poder es a través de la transformación en partido político, después de entregar las armas, participando en elecciones (es decir, quedan inmersos en el sistema electoral actual).

No habrá tampoco recrudecimiento de la guerra. Cifras entregadas por el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos – CERAC- dan cuenta que en los últimos trece meses de seguimiento al desescalamiento del conflicto armado en Colombia (20 de julio de 2015 al 20 de agosto de 2016), ” (…) han logrado una casi completa reducción del conflicto entre las FARC y el gobierno nacional” y “este periodo de 13 meses continua siendo el de menor intensidad del conflicto en sus 52 años de historia, en número de víctimas, combatientes muertos y heridos, y acciones violentas”.

Los hechos son contundentes y como todas las mentiras, se caen por su propio peso. En este caso, el que está informado sabe que la ultraderecha utiliza el vacío de información que tienen los colombianos frente al proceso de paz para catapultar su campaña del No a los acuerdos de La Habana. En un país donde el promedio de lectura es de los más bajos del mundo, muy difícilmente el colombiano de a pie se pondrá en la titánica tarea de sentarse a leer las 297 páginas que componen los acuerdos para decidir después, a conciencia, si su voto será a favor o en contra de lo pactado. Es allí donde entran en juego las personas que, convencidas que la salida negociada al conflicto armado es la mejor opción, buscan hacer “pedagogía de paz”. Eso no es más que bajar los acuerdos al común de la gente, sin tanto tecnicismo entre líneas, explicando no los beneficios que le traería a la guerrilla, sino los beneficios que le traerá la paz al ciudadano de a pie.

Los beneficios que nos traería la paz serian enormes, sobre todo porque acabando con el conflicto armado podríamos atacar los verdaderos problemas que aquejan al país: el narcotráfico, la minería ilegal, la delincuencia urbana y el papá de todos los males, la corrupción. Los colombianos nos tenemos que dar la oportunidad de silenciar de una vez por todas los fusiles para echarnos al hombro la reconstrucción de un país resquebrajado por décadas de violencia. Llevamos 206 años de historia como nación de los cuales los últimos 70 años nos hemos venido matando los unos a los otros.

El 2 de octubre tenemos la posibilidad histórica, la única que hemos tenido en 206 años de vida republicana, de decidir qué es lo que queremos hacer con nuestro país; si lo seguimos condenando a vivir otros 70 años de violencia o si por el contario asumimos el reto de trabajar de la mano en la construcción del país que soñamos,; donde las opiniones contrarias ganen a través de los argumentos y no de las balas, donde la salud, la vivienda y la educación sean un derecho, donde podamos disfrutar de la variedad de ecosistemas que tenemos, donde se respeten los derechos humanos, donde no tengamos que ver como los niños mueren de hambre y de sed, donde no haya más mutilados por minas, donde los indígenas, campesinos y afros tengan una tierra donde se puedan desarrollar y proteger su cultura o donde la gente ya no tenga que salir huyendo con lo que tiene puesto por culpa de las bombas. Nada de esto será posible sino superamos el primero de los obstáculos que es el de acabar con el conflicto armado y para ello es necesario darle un SI a los acuerdos que abren el camino a las transformaciones que requiere el país.

Destruir es fácil y requiere del esfuerzo de pocos, construir es más complejo, toma más tiempo y necesita de muchas manos. Ya somos expertos en destruir, ahora demos un paso hacia adelante, pasemos la página de la guerra para empezar a escribir la gran historia de la paz entre todos.

______________

Fredy Hernando Molano Rico.

Saneador Ambiental de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de Bogotá. Ha trabajado proyectos ambientales enfocados en la defensa del territorio con comunidades campesinas en diferentes regiones del país.

Es un promotor del uso de la bicicleta no sólo como un elemento recreativo sino también como un elemento de transformación social; reconociendo y a apropiándose de la ciudad a través de la bicicleta.

Actualmente hace parte del Colectivo Zoolodistri, colectivo de estudiantes y egresados de la Universidad Distrital que trabajo por la defensa del territorio y la libertad de expresión.

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