Conservadores, reformistas y revolucionarios

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Algo evidente a todas luces, es que en el mundo existen dos tipos de sociedades: las que poseen y las que no poseen. Casi la gran mayoría de países de occidente han renunciado a la lucha por la desigualdad y la pobreza. Sin sonrojarse, se presentan datos como que el 10% por ciento de la población mundial posee toda la riqueza del mundo. En países como Colombia, la proporción es menor, y la riqueza se concentra en el 5% de la población, mientras el otro 95% lucha por sobrevivir. En otros términos, unas pocas familias son las dueñas del país. Para mantener esta brecha de desigualdad, desmontaron los gobiernos democráticos y situaron plutocracias a lo largo y ancho del mundo, instalándose en Colombia a partir del llamado Frente Nacional.

Antes se pensaba que era posible lograr para las sociedades el “pleno empleo” mediante un adecuado plan de gasto público, comandada y librada por órganos políticos robustos que desplegaran todo un arsenal de armas igualmente políticas. Por un tiempo, esa convicción alcanzó, como plantea Zygmunt Bauman, “categoría de axioma, pues era compartida por las fuerzas de todo el espectro político”. La relación entre capital y mano de obra (sobre todo local) era recíproca e interdependiente y se definían sus mutuas transacciones y concesiones que se volvían ley (el capital necesita de la mano de obra, y el trabajador necesita del capital), y esto incluso estaba por encima de la división entre izquierda y derecha. El neoliberalismo rompió con esta luna de miel entre capital y mano de obra implantando reformas regresivas, lo que Bauman llamó retrotopías: “las retrotopías son mundos ideales ubicados en un pasado perdido/robado/abandonado que, aun así, se ha resistido a morir, y no en ese futuro todavía por nacer (y, por lo tanto, inexistente) al que estaba ligada la utopía dos grados de negación antes”. Así las cosas, vemos renacer en el mundo actual la desigualdad social, étnica y económica, un giro de vuelta a Hobbes con la necesidad de volver al proceso civilizador y vigilar, controlar, excluir, enjaular o destruir de manera definitiva al animal que llevamos dentro, al mal que nos carcome como sociedad y que, en Colombia, incluso desde los grandes medios, lo han identificado claramente: llámese comunismo, neocomunismo, castrochavismo, socialismo del siglo XXl o narcosocialismo.

Para entender la retrotopía, basta con mencionar la reforma laboral del delincuente Álvaro Uribe Vélez la cual, rechazando conquistas y acuerdos de los trabajadores, implantó relaciones laborales que, con menosprecio de la mano de obra, favorecía al sector empresarial (no pago de recargos nocturnos, no pago extra de días festivos, no a los contratos y prestaciones, negación salarial a los estudiantes y ni hablar de los aprendices del SENA). Esta forma camuflada de esclavismo y de tensiones ideológicas, nos permite vislumbrar tres formas de actividad política que trataremos de caracterizar en el contexto colombiano, conforme a la existencia de tres tipos de sujetos: los conservaduristas nostálgicos, los reformistas accesorios y los revolucionarios.

La función de un conservadurista nostálgico, es básicamente la defensa a ultranza de viejas estructuras y viejas instituciones. El lema que los caracteriza es “todo tiempo pasado fue mejor”, y por eso hay que volver a reinstalarlo. Se trata de un imaginario que busca defender y recuperar privilegios que descansan en la clase, el estatus, la familia, el apellido, la posesión de la tierra, y las relaciones de poder tipo esclavista, heredado de una estructura social colonial. De ahí el respeto por instituciones conservadoras como la familia patriarcal, la religión (católico-cristiana), la libre empresa y la milicia. Cuando un neoconservador nostálgico identifica problemas políticos, sociales, económicos y culturales, su respuesta es completamente regresiva, colonial y aristocrática, sustentado en una defensa de los privilegios y del estatus quo. Es de su creencia que el país es de ellos, que la tierra está a su disposición, pues pertenece a una larga herencia familiar, y por eso hay que meterle armas y seguridad para que ello siga así.

En segundo lugar, tenemos los reformistas accesorios que antaño se identificaban con fuerzas y valores liberales. Son académicos, estudiosos, trabajadores y empezaron a conformar una clase media y media alta de expertos en cuestiones públicas. Los reformadores toman algunos valores heredados del siglo de las luces: igualdad, justicia, derechos humanos. Más democrático que el anterior, entiende que el poder debe ser mejor compartido al igual que la riqueza. Su lema principal es “a cada cual según sus méritos”, y para ello consolidan todas las reformas que le sean posibles, en busca de una accesoria igualdad. Los reformadores fallan completamente en materia política cuando comienzan a identificarse con los privilegios de la clase dominante, a la que acceden generalmente por mérito o por la ayuda de los conservaduristas, a los que se venden como técnicos y expertos. De ahí su cambio de lema por el de “hay que construir sobre lo construido”. Si plantean una reforma laboral, no tocan la posesión de la tierra y del terrateniente, ni asignan derechos laborales a los trabajadores agrarios y campesinos, con el fin de mantener relaciones laborales tipo amo-vasallo.

Finalmente, como tercer sujeto político tenemos al reformador revolucionario. Más que un reformista o un manipulador de cambios accesorios, sus propuestas promulgan una permutación de paradigma, es decir un cambio en los modelos de hacer política. Un modelo centrado más en las necesidades y derechos del pueblo que de los privilegios de unas cuantas familias. El fin del revolucionario es reducir las desigualdades y la pobreza por medio de la acción misma del propio pueblo. Un posible lema que podríamos atribuirle sería: “resuelve los problemas materiales del hombre, y los cambios en las ideas políticas vienen por añadidura”. La preocupación principal del revolucionario es resolver los dilemas materiales del hombre. Su acceso a una vivienda digna, salud, educación, divertimento y participar de la riqueza. Mientras que los conservaduristas y los reformistas accesorios, pretenden defender el estatus quo de una clase privilegiada que detenta el poder social y económico (medios de producción y relaciones de producción), el revolucionario promueve un cambio de paradigma: el centro en las políticas públicas no es la elite, ni la clase privilegiada, sino el trabajador. ¿Cuál te identifica querido lector?

Referencias

Bauman, Zygmunt (2017). Retrotopía. Editorial Paidos, Buenos Aires