El mito del odio a Antioquia

0
54

Por: Rafael Núñez

Andrés, o “El Flaco”, es un joven de 20 años nacido y criado en Manrique, uno de los barrios populares de Medellín. Nunca tuvo la oportunidad de estudiar ni de acceder a un empleo digno. En el barrio todos lo reconocen por su ya desgastada camiseta del “rojito”, por su corte en siete y por ser cliente fiel de don Juan, el dueño de la tienda de la esquina, donde casi siempre se reúne la gente a ver los partidos del Fútbol Profesional Colombiano.

Aquella tarde, como tantas otras, Andrés entró a la tienda buscando una cerveza bien fría para aliviar el calor sofocante que desde hace días azota a la ciudad que alguna vez fue llamada la eterna primavera. Mientras sacaba la cerveza más helada de la nevera, le dijo a don Juan que un clima así no merecía otra cosa que una buena pola. Pero, en realidad, la cerveza no era solamente para el calor: también era una forma de escapar, aunque fuera por unos minutos, de la angustia de pasar otro día más sin estudiar y sin trabajar.

Andrés se sentó bajo el sol abrasador a tomarse la cerveza. Mientras veía pasar a otros jóvenes del barrio en motos, sin casco y sin rumbo fijo, observó a dos hombres conocidos en la tienda por sus interminables discusiones sobre política y fútbol. Cada uno tenía una cerveza en la mano y ambos esperaban el inicio de la semifinal del torneo colombiano.

A mitad del partido apareció en televisión un comercial del Gobierno Nacional sobre la política de gratuidad educativa. El anuncio apenas había comenzado cuando uno de los hombres lanzó un grito lleno de rabia:

—Ese hijueputa de Petro odia a Antioquia. No ve pues cómo nos tira de duro, todo lo quiere pa’ Bogotá y a nosotros que nos lleve el putas.

De inmediato, los dos comenzaron a despotricar contra el gobierno de Gustavo Petro, con gestos cargados de molestia y frustración.

Andrés, como muchos jóvenes de su generación, buscó distraerse sacando el celular. Mientras navegaba por redes sociales, encontró un video del Ministerio de Educación en el que se anunciaba la ampliación de recursos y la gratuidad para las universidades públicas del país.

Aunque nunca había mostrado demasiado interés por la política, aquella contradicción quedó rondándole en la cabeza: por un lado, el discurso furioso de los hombres de la tienda; por el otro, las cifras y anuncios que acababa de ver en el celular.

Decidió no pensar en eso por el momento, pagó su cerveza y caminó hacia la esquina donde se reunía siempre con sus amigos, esa cuadra donde los jóvenes del barrio parecían encontrar refugio y sentido de pertenencia.

Allí hablaron, como de costumbre, del amor incondicional al Independiente Medellín, de las peleas entre barras, de las contrataciones, de la grosería del presidente del equipo rojo y de las eternas discusiones con los hinchas del Nacional, “los siempre ganadores”. Pero, entre conversación y conversación, apareció un tema distinto: la educación.

Camilo, uno de los muchachos, dijo casi suspirando:

—“Qué chimba sería estudiar algo que a uno le guste y poder vivir de eso, pero eso no es pa’ nosotros, estudiar en una universidad vale un billete y ahora no hay forma”.

Entonces Andrés recordó el video que había visto en la tienda. Sacó el celular, abrió Instagram y les mostró el Reel.

En la pantalla aparecían las cifras de inversión adicional que el Gobierno Nacional había destinado a las instituciones públicas de Antioquia: 45.600 millones de pesos para la Universidad de Antioquia; 5.800 millones para la IU Digital; 7.600 millones para el ITM; 7.700 millones para el Tecnológico de Antioquia; 6.000 millones para el Colegio Mayor y 5.000 millones para el Pascual Bravo. Según el video, esos recursos buscaban ampliar la cobertura y mejorar la calidad de la educación superior pública.

Después de verlo, las reacciones fueron inmediatas.

Camilo fue el primero en decir.

—¿Si será verdad esa vuelta o es puro videito pa’ TikTok?

Pero Sergio, que hasta ese momento había estado callado, dejó la pola en el anden y se acomodó en la silla con una sonrisa nerviosa.

—Pues… yo sí creo que es verdad.

Los otros voltearon a mirarlo.

—¿Por qué? —preguntó Camilo.

Sergio se rascó la ceja, como si todavía le diera pena decirlo en voz alta.

——Porque yo entré al ITM, marica.

—¿Cómo así? —dijo Andrés, casi gritando—

—Yo también había visto esa propaganda, hice las vueltas y hace como dos semanas me llegó el correo.

Sacó el celular del bolsillo y empezó a buscar entre las notificaciones. Cuando encontró el mensaje, se los mostró. Ahí estaba el logo del Instituto Tecnológico Metropolitano y más abajo la frase: “Admitido”.

Camilo le arrebató el celular.

—¡Ey parce, es en serio lo que dice este man!

Sergio se rio, esta vez bajando la mirada.

—Y no tengo que pagar un peso. Mi cuchita lloró cuando vio eso, parce. Me abrazó y todo. Yo nunca la había visto así.

La otra reacción vino de Juliana. Ella, con más calma, les dijo:

—¿Sí ven? Por eso no podemos tragarnos ese cuento de todo lo que dicen los malhablados, ni todo lo que repiten los medios. Hay que investigar más y entender este tipo de oportunidades.

Andrés sintió unas ganas inmensas de devolverse a la tienda y decirles a aquellos hombres que lo que repetían no era del todo cierto; que, más allá de las diferencias políticas, el Gobierno Nacional estaba impulsando medidas históricas para ampliar el acceso a la educación pública en Antioquia. Quiso decirles que no solo se estaban creando más cupos, sino que serían gratuitos; que se estaban construyendo nuevos espacios educativos y fortaleciendo universidades que durante años habían enfrentado enormes dificultades.

Al día siguiente, Andrés volvió a la tienda de don Juan. Llegó buscando una cerveza para el guayabo —porque la noche anterior habían sido muchas polas— y encontró nuevamente a los dos hombres de siempre sentados frente al televisor. Eran trabajadores que jamás habían tenido acceso a la educación superior, hombres que crecieron en una época donde la universidad pública parecía un privilegio lejano.

Andrés se sentó con ellos, pidió otra cerveza y comenzó la conversación. Les habló de las cifras, les habló de los recursos adicionales destinados a las universidades públicas y de las oportunidades que podían abrirse, les contó que su amigo Sergio entraría a la universidad gracias a eso. Los hombres, tercos al principio, insistían en que Petro odiaba a Antioquia.

Pasaron dos o tres horas, varios argumentos y unas cuantas cervezas más. Poco a poco, la conversación dejó de ser un enfrentamiento y terminó desviándose hacia el partido que estaban viendo en televisión. Sin embargo, algo había cambiado.

Aquella tarde, los dos hombres se fueron a casa pensando en cosas que nunca antes se habían cuestionado, y un muchacho de apenas veinte años regresó satisfecho por haber sembrado una duda en medio de tantas certezas repetidas.

Andrés entendió entonces que, muchas veces, las ideas no cambian a los gritos, sino a través de las conversaciones cotidianas; con datos, con experiencias cercanas y con la convicción de que las oportunidades también pueden transformar la manera en que las personas entienden el mundo. Porque en esos barrios pobres, donde durante años la universidad parecía un privilegio ajeno, algo comenzaba a transformarse.

Por primera vez, muchos como Andrés y como Sergio sentían que el país también estaba mirando hacia ellos; hacia las casas humildes, hacia los hijos de obreros, hacia los muchachos que crecieron creyendo que estudiar era un sueño que solo estaba reservado para otros. Esa noche, mientras el barrio encendía sus luces sobre la montaña, Andrés pensó que hay cosas que, una vez despiertan esperanza en la gente, ya no deberían volver atrás.