Porque lo que no se nombra, no existe
La representación política de las mujeres en distintos cargos del Estado ha sido producto de una larga y sostenida lucha de mujeres que, en su gran mayoría, han levantado las banderas del feminismo. Paradójicamente, el aumento de esa representación no significa, en sí misma, que las apuestas feministas también sean materializadas o siquiera representadas en esos cargos.
La diferencia entre la representación femenina y la convicción feminista es quizás la mayor contradicción a la que se enfrentan aquellas mujeres que han luchado con firmeza por el reconocimiento y la garantía de sus derechos, pues en pocos casos aquellas que disfrutan de las victorias del feminismo realmente lo ejercen.
Esa contradicción la estamos viviendo en la campaña presidencial actual, pues si bien hay una mujer que tiene posibilidades de pasar a segunda vuelta, Paloma Valencia, como mujer que ha accedido a cargos de elección popular, es una agente leal y sumisa del patriarcado que en nada fortalece las justas luchas de las mujeres por sus derechos. Esto lo confirma, entre otras cosas, su permanentemente e inequívoca referencia a que será “la próxima Presidente de Colombia”, siempre con ‘e’, nunca con ‘a’, nunca Presidenta.
Éste no es un asunto semántico no más. La forma en la que se auto reconoce la candidata es una decisión política, es un encasillamiento deliberado en las formas en las que se entiende lo correcto del lenguaje y, así, lo correcto de la realidad. Llamarse Presidente y no Presidenta la convierte en un ejemplo de que así como no cuestiona el lenguaje patriarcal, no va a cuestionar el patriarcado como sistema opresor.
Ha pasado incluso que, en varias ocasiones, se le ha enredado la lengua a más de uno de la propia campaña de la candidata que, en caso de referirse a ella como Presidenta, rápidamente se autocorrigen para usar el término que les es apropiado: Presidente, con ‘e’.
Los feminismos y sus victorias suelen identificarse a través de las llamadas “olas del feminismo”, una metáfora que ubica paradigmas de las luchas feministas en la historia moderna. Pasando por logros irrenunciables como el reconocimiento de las libertades civiles y el derecho al voto para las mujeres, en décadas recientes las olas del feminismo inclusivo han llevado a que, a nivel global, se cuestione el uso universal del lenguaje masculinizado como si se tratara de un lenguaje neutro. Bajo el lema “lo que no se nombra no existe” se ha logrado que en distintas capas sociales se hable de ‘todas’ y ‘todos’ como una forma de luchar contra el sexismo y la discriminación de género.
Sé que quedarnos en las formas del lenguaje no erradica las discriminaciones de género, sin embargo, negarse a usar calificativos o descriptores femeninos que ya son social y hasta académicamente aceptados, como Presidenta con ‘a’ parece no tener mucho sentido tampoco. Por eso la decisión de la candidata Valencia de llamarse a sí misma Presidente con ‘e’, nunca Presidenta con ‘a’, es cuestionable.
Porque esa falta de autorreconocimiento significa algo más profundo, es la decisión de mantenerse dentro de unos estándares de género que no incomodan, que se enmarcan en lo que no se quiere cambiar o en lo que no debe enunciarse. Eso es lo que podemos esperar de Paloma Valencia, ella no pretende cambiar desigualdades de género evidentes y de las que ella misma ha sido también víctima, porque es una mujer que considera que las discusiones de género no son relevantes o que, como mínimo, hacen parte de la esfera de lo privado.
Ese tránsito aparentemente insignificante de lo público a lo privado me resulta a mí más retardatario que su propuesta para supuestamente aliviar el sistema pensional: Que las personas escojan entre tener una pensión de vejez o tener una vivienda –que soltó con descaro en una entrevista. Como si la obligación de un Estado no fuera proveer ambos derechos a las personas, vivienda y pensión dignas.
Digo que es más retardatario puesto que, al negar la enunciación como Presidenta con ‘a’, se niega también las reivindicaciones históricas que han llevado a que ella, siendo mujer, tenga siquiera una posibilidad real de acceder al cargo más alto del aparato burocrático del Estado. Esa negación me hace pensar que ella puede ser quien sube y rápidamente patea la escalera para que nadie más pueda llegar al mismo lugar. Me hace pensar que, tristemente, es una pírrica victoria de los feminismos que sean las mujeres sumisas y leales al patriarcado las que tengan estas posibilidades.
La negación de la candidata a llamarse Presidenta con ‘a’, trae el grave riesgo de que su imagen retome el rol tradicional que se nos ha impuesto a las mujeres y que ese sea el ejemplo a seguir para generaciones de niñas y adolescentes; que esa representación femenina oculte y haga inocuas las luchas públicas y de rebeldía de las mujeres que han cuestionado el patriarcado, ese sistema violento que ahora pretende mantenerse, fortalecido en figuras de mujeres como la candidata Valencia. Su presidencia no sería un avance para las mujeres, sino un retroceso para los feminismos.
Porque lo que no se nombra no existe, y de ganar Paloma Valencia, en todo caso tendríamos una Presiente con ‘e’.




