"El león es fuerte porque los otros animales son débiles. El león come la carne de otros porque los otros se dejan comer. El león no mata con las garras o con los colmillos. El león mata mirando. La mira a su presa. Así… (y el viejo Antonio arruga el entrecejo y me clava los ojos negros). El pobre animalito que va a morir se queda viendo nomás, mira al león que lo mira. El animalito ya no se ve el mismo, mira lo que el león mira, mira la imagen del animalito en la mirada del león, mira que, en su mirarlo del león, es pequeño y débil. El animalito ni se pensaba si es pequeño y débil, era pues un animalito, ni grande ni pequeño, ni fuerte ni débil. Pero ahora mira en el mirarlo del león, mira el miedo. Y, mirando que lo miran, el animalito se convence, él solo, de que es pequeño y débil. Y, en el miedo que mira que lo mira el león, tiene miedo. Y entonces el animalito ya no mira nada, se le entumen los huesos, así como cuando nos agarra el agua en la montaña, en la noche, en el frío. Y entonces el animalito se rinde así nomás, se deja, y el león se lo zampa sin pena. Así mata el león. Mata mirando". Subcomandante Marcos, agosto de 1994.
Después del 21 de junio, muchas personas nos hemos sentido como el animalito de la historia de don Antonio, que inmortalizó en este corto relato el subcomandante Marcos. Nos debatimos entre la rabia, el miedo y la parálisis que produce no ver alternativas claras. ¿Y ahora qué sigue? Nos hemos preguntado incesantemente todos y todas. Todas esas emociones son políticas, todas esas sensaciones son normales, pero de todas tenemos que salir decididos a activar una poderosa resistencia si queremos que haya un futuro para el proyecto de país que con tanto esfuerzo hemos venido construyendo y defendiendo a lo largo de las últimas décadas. No hay que perder de vista que nada desmoviliza más que la tristeza.
La campaña del gobierno entrante y su actuación en lo que va corrido del proceso de empalme ha seguido la lógica del león en el cuento: envolvente, estridente, intimidatoria y mediáticamente omnipresente con la injerencia confesa de Trump y del sionismo internacional. Sus objetivos son claros: mantener un ambiente de pugnacidad permanente como fórmula para gobernar, mantener a su base social tan movilizada y agresiva como se pueda, y atemorizar y desmontar al gigantesco bloque social opositor que se manifestó en las elecciones al menor costo político posible. Si nos dejamos paralizar y desanimar de antemano sin ofrecer resistencia, la extrema derecha aprovechará el shock colectivo para aplicar el programa de siempre: privatizaciones, recortes a los derechos sociales, represión, entrega del país a las multinacionales y el capital extranjero, sumisión incondicional a los Estados Unidos, y constituirán un bloqueo permanente al impulso de las reformas y al acceso al gobierno de las izquierdas y el progresismo.
Pero huir de la parálisis no implica ingenuidades. Aunque una ventana de credulidad sea siempre necesaria para imaginar nuevas posibilidades, frente a las arbitrariedades y excesos del gobierno entrante no habrá presión mediática por hacer acuerdos nacionales ni contrapesos institucionales que funcionen, porque la mayoría de esa gente comparte valores, opiniones y posiciones con quienes ganaron las elecciones y, así las cosas, tienen licencia para ser tan extremistas y radicales como les dé la gana. No obstante, la buena noticia es que las condiciones para entablar la más creativa, argumentada y tenaz de las resistencias nunca habían sido mejores. Las últimas tres semanas de la campaña electoral pusieron en evidencia cómo una parte importante de la sociedad colombiana no está dispuesta a asistir pasivamente al salto al pasado vestido de novedad al que nos empuja la precaria mayoría en cabeza del ciudadano estadounidense De La Espriella.
Ningún amedrentamiento del gobierno entrante puede quedarse sin respuesta; ninguna amenaza contra nuestros derechos puede quedarse sin controvertir; ninguna agresión contra las poblaciones y sectores que queremos representar puede pasar de agache; ningún conflicto social con el gobierno entrante puede quedarse sin nuestro decidido respaldo y apoyo. La cosa, como se verá, no se reduce a volver a hacer campaña en cuatro años; es necesario aquí y ahora constituir una amplia red de resistencias cotidianas, permanentes y tenaces contra un gobierno que gobernará con la palabra patria en la boca, pero a favor de las minorías oligárquicas del país y del extranjero en los hechos. No contarán con nuestro silencio, no les regalaremos un centímetro.
En el final del cuento, don Antonio nos dice que el león mata mirando a todos los animales menos a uno, que no puede ver su propio reflejo en los ojos de la fiera y por eso no lo paraliza el miedo: el topo, el mismo viejo topo de la tradición popular del que hablaron Shakespeare, Hegel y Marx. El que cava paciente y metódicamente bajo el suelo que pisa el adversario. Tras una temporada en la superficie, nos toca volver a la labor de siempre, y aprovechar para mirarnos críticamente el corazón, potenciar los aciertos, corregir los errores y buscar activamente las condiciones para irrumpir con más fuerza. Al león, al tigre y a los gigantes que parecen invencibles se les puede derribar con constancia, valentía y organización. Estamos de nuevo en la hora del viejo topo. Toda persona que pueda hacer algo que haga.




