Home Opinión Contra la oligarquía: hacia una política cumbiera del cambio

Contra la oligarquía: hacia una política cumbiera del cambio

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No sé bailar pero amo la cumbia. La cumbia es como el río Magdalena que, cargado de sedimentos, hace mover a cualquier tronco. Amo la cumbia no solo por la música sino por el signo contradictorio que supone como música y práctica cultural.

La cumbia no es un sólo género, en su historia se ha constituido en una práctica cultural que abarca distintas músicas que comparten una base rítmica. En el siglo XX, con las orquestas de salón de los años 30s y 40s, se popularizó entre sectores de élite que quisieron vincularla a su relato de nación “mestiza”, armónica y nostálgica del hispanismo, como señala el musicólogo Juan Ochoa en su artículo “La cumbia en Colombia: invención de una tradición”. Pese a este intento, ese sello cultural, que por supuesto, en los años 60s y 70s también devino en sello comercial con el auge de grupos como Los Corraleros de Majagual o La Billos Caracas Boys, no pudo articularse de forma definitiva a un imaginario nacional blanqueado y homogéneo. 

Pensando en la cumbia, y en esta imposibilidad de ser articulada en un relato excluyente de nación, recuerdo a Marx, específicamente el discurso que pronunció en 1856 en el que se hizo conocida la célebre metáfora del “viejo topo” como sinónimo de revolución:


“En todas las manifestaciones que provocan el desconcierto de la burguesía, de la aristocracia y de los pobres profetas de la regresión reconocemos a nuestro buen amigo Robin Goodfellow, al viejo topo que sabe cavar la tierra con tanta rapidez, a ese digno zapador que se llama Revolución”.


Robin Goodfellow es un personaje de Shakespeare en la obra “Sueño de una noche de verano”, es un hada encuadrada en la mitología celta, un espíritu burlón e incluso embaucador que funciona como una suerte de trickster. Un trickster es una figura ligada a distintas mitologías y creencias, desde nórdicas o africanas hasta indígenas americanas, que se caracteriza por condensar lo ambivalente, lo contradictorio y, sobre todo, lo desobediente con respecto a lo que se debe hacer o asumir en un mapa de mandatos conservadores, como lo pone de presente el poeta guatemalteco Alan Mills en su ensayo “Hackear a coyote”. 

La cumbia es como ese trickster, o también, ese viejo topo “que provoca el desconcierto” de la cultura oligárquica, y que, bajo la superficie de la moral burguesa va cavando la irrupción de la diferencia y lo subalterno. No es que sea pura, y no es que la oligarquía o la élite no baile cumbias. Es el paisaje cumbiero el que, en la práctica, resulta ajeno, en realidad, al mundo oligárquico. El paisaje cumbiero escapa a la hacienda de los Valencia o los Uribe, escapa al club de los Santos o los Gaviria. La cumbia está en la calle, la carretera y en la vereda. La cumbia y el vulgo van de la mano. 

Fue en Santander de Quilichao, en el norte caucano, que escuché una y otra vez, casi que en cada esquina el estribillo “si a usted no le gusta bailar, si a usted no le gusta gozar, no es mi problema, no es mi problema. Yo trabajo para vivir, no vivo pa’ trabajar”, es simple, es casi vulgar, pero escupe al mandato del hacendatario paisa que le ordena a su servidumbre: “hay que trabajar, trabajar y trabajar”. El segundo es un valor enmarcado en la hipócrita moral neoliberal, el primero es una proclama bailable. Es una consigna que no tiene la pretensión de serlo, es el trickster, es la burla pero también el desafío. Dentro de sí está el espíritu del viejo topo con un llamado revolucionario: la vida es ocio, es baile, y no es y no puede ser solo enajenación y explotación en el trabajo. 

La cumbia caucana es sintomática de ese fenomeno maravilloso de los ritmos subalternos: el ritmo negro/indígena caribeño apropiado por las reminicencias del huayno andino, con un toque electrónico en el que lo propio se conecta con lo global, pero una dimensión global que, en sus origenes, también era curiosamente subalterna, si tenemos en cuenta que la musica electrónica nace de escenas underground que le hacían el quite a los rítmos más pop del mundo europeo. Pero lo electrónico se produce de la conjugación de más atmósferas, son los efectos del post punk, del dark wave, de la música que buscaba escapar de los dientes que las grandes corporaciones ponían ahora sobre esa música divergente que era o había sido el punk británico setentero. Pero también están las conexiones con la búsqueda de los sonidos disco, con antecedentes o convivencias con el soul, y aquellos gritos y cuerpos que, antes de su comercialización, sonaban en discotecas afros y homosexuales de los Estados Unidos.

En los bares de clase media payaneses no se escuchan las cumbias caucanas, se vienen a escuchar en las tiendas o bares de ambientes “pesados”, pero cuando se avanza y se cruzan  las fronteras invisibles, las cumbias caucanas que se mezclan con las peruanas, se van convirtiendo en la regla, junto a la música de banda, la norteña, los vallenatos, y toda esa mezcla contradictoria de lo popular. Lo que pasa con ciertos géneros musicales es evidencia de lo que pasa en el país. En ciertos ambientes parecen no existir, solo hace falta caminar un poco para notar la fuerza que tienen. 

El vallenato también viene del entorno cumbiero. Al vallenato lo asociamos con el caribe, pero cuando se navega por el río San Juan, en el Chocó, la inmensidad del cielo del Pacífico, y el paisaje de resguardos indígenas se siente y se escucha al ritmo de vallenatos wounaan. No es el acento costeño, es la acentuación de la lengua propia. No es el caribe, son las fuerzas verde oscuro y grises del pacífico colombiano. Lo popular se encuentra y se entremezcla, y se encuentra porque se reconoce entre lo equivalente o lo igual. El vallenato wounaan, y la cultura popular con la que se mezcla, también tiene la carga contradictoria de lo popular, de su contexto, un contexto de conflicto armado, pero no es solo eso, lo supera. Como la cumbia, el vallenato wounaan se filtra y se mete en el cuerpo, pero no en los cuerpos blanqueados sino en aquellos que sienten el ritmo de lo popular. 

Este gobierno, el gobierno “del cambio”, con sus claroscuros, agrietó el dique estatal con el torrente de lo popular. Cuerpos racializados se abrieron paso más allá de lo permitido por la inclusión superficial de la multiculturalidad. La matriz de la opinión, a fuerza de polémica, fue cambiando. La premisa de un país productivo implicaba una subtrama: productividad es sinónimo de reforma agraria, y reforma agraria es sinónimo de propiedad campesina y también de territorios colectivos indígenas o afro, negros, raizales y palenqueros. 

Un país productivo es un país para la vida, y la vida es educación para más personas en otros entornos, no es solo subsidio a la demanda para que jóvenes de sectores populares entren a la universidad privada, es, por el contrario, fortalecimiento a la educación pública. Es salud preventiva para las periferias geográficas y sociales, son caminos comunitarios, mejores salarios, etc. De algún modo, cuando pienso en el torrente de lo popular que se abrió paso en estos años pienso en la cumbia bordeando los muros y los límites de las grandes haciendas. 

Esa fiesta que se veía lejana, lejos de la tranquilidad de los oligarcas, se va metiendo por medio de los zanjones, de los ríos, de las ciénagas y de las calles hacia ese lugar cerrado que era la nación y el Estado. Un lugar cerrado, exclusivo para los oligarcas y la tecnocracia arribista que se le quería parecer. La cumbia se vincula con lo popular y lo popular con el cambio. Es la plaza pública gritando frente al circuito cerrado de seguridad en el que se siente cómoda la élite.

Hoy, esa clase oligárquica tradicional, que Paloma Valencia representa fielmente, y esa burguesía rentadora y mañosa que ilustra cabalmente de la Espriella, impulsados por la clase terrateniente nacional expresada en Álvaro Uribe, quieren llegar de nuevo al gobierno para volver a poner los muros elitistas al Estado y la nación. 

Las fuerzas de la tradición, el conservadurismo, el blanqueamiento y la exclusión quieren imponerse de nuevo, pero ese trickster cumbiero y fiestero se filtró, irremediablemente, por el dique clasista y racista de la estatalidad oligárquica. 

La industria musical ha blanqueado estos géneros tropicales. Pero los paisajes cumbieros, con sus colores, sabores, con su cuño popular, desbordan una y otra vez el blanqueamiento. No se dejan canalizar, son de nuevo, el río Magdalena, el calor del río Calima, el frío de las montañas del macizo que se va templando a medida que el río va rompiendo la tierra y formando cañones, y cayendo de nuevo hasta las sabanas. Es lo popular con sus contradicciones e inmoralidades. Es un país que es mucho más grande que la propiedad del hacendado. 

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