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El fascismo aprieta pero nosotres más: a propósito de la censura en el Museo Nacional

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Por: Verónica Cortés Sánchez

Una tristeza profunda dejó el desmonte de al menos treinta obras en las salas “Hacer Sociedad” y “Memoria y Nación” del Museo Nacional. La bandera del orgullo de Elizabeth Castillo, la revista La Ventana Gay, los afiches de Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro, la pluma hecha de una bala con la que se firmó la paz y el tarjetón de la Séptima Papeleta. “Hacer Sociedad’ recorría el país de 1991 a 2016. 

Un gobierno que se piensa a sí mismo como fundacional necesita que la época que va de la Constitución de 1991, que reconoció a Colombia como país pluriétnico y multicultural, hasta los acuerdos con los que se desarmaron guerrillas sea algo de lo que se pueda hacer de cuenta que nunca pasó. Pero lo que no sabe un gobierno que se piensa a sí mismo como fundacional es que el pasado no se borra ni guardando en una bodega la Constitución del 91, ni descolgando el Acuerdo de Paz, ni bajando de la pared a quienes lucharon para que este país admitiera que su unidad se construyó sobre exclusiones. 

Theodor Adorno tiene un ensayo muy bello en el que emparenta museo con mausoleo y dice algo como que el museo es donde las cosas van a morir con dignidad. Morir con dignidad. Si lo pensamos desde Adorno, la entrada al museo es una forma de convertir entonces las luchas de las disidencias sexuales, de las feministas, de las víctimas y de quienes firmaron la paz en algo que la nación consagra como suyo y que, al consagrarlo, reconoce que, por una parte, esas luchas hicieron el país y que sus protagonistas son parte del “nosotros” pero por otra, que son luchas en pasado, ya ganadas o perdidas, pero en todo caso terminadas.

Cuando un gobierno que se declara en guerra contra el “wokismo”, la “ideologización de la cultura” y el “socialcomunismo ateo” se toma el trabajo de retirar esas obras, deja clarísimo que no estamos hablando solo de objetos de colección sino de pruebas de cómo se está haciendo este país y de quiénes lo están disputando. Se puede y se debe, por supuesto, desconfiar de lo que sucede cuando el Estado convierte ciertas luchas en patrimonio; sin embargo, es claro también que lo que no aparece en el relato de nación tampoco aparece en el presupuesto, en el currículo, en las fechas que se conmemoran, en los archivos que se financian ni mucho menos en el duelo público.

El fascismo aprieta pero nosotres más. 

La ‘contrarrevolución cultural’ que anunció el presidente propone una nación definida por la tradición y la familia y ya no por el Estado social de derecho y la diversidad como fuente de derechos. Cambia al ciudadano por el heredero, y así fortalece la imagen de un enemigo interno al que culpar de pervertir valores como la familia heterosexual, la fe católica, la propiedad, la obediencia a la autoridad, aunque eso ya lo sabemos.

Por eso, la idea de la nueva derecha según la cual la izquierda “se tomó” las universidades, los museos y los medios es más eficaz de lo que solemos admitir en la medida en la que es un relato de ocupación, y todo relato de ocupación promete una recuperación. Es el viejo lenguaje que bien conocemos de la “infiltración”, que durante décadas de doctrina de seguridad nacional convirtió al profesor, a la estudiante y al artista en sospechosos.

Pero aquí estamos “la élite woke de los museos”; o sea, los y las profesoras, curadoras, activistas, investigadoras, gente que cree en algo tan elemental como que todas las vidas merecen un lugar en la historia del país porque sabemos que la nación es un relato en disputa y entendemos bien que decidir qué se cuelga en las paredes de un museo tiene una profunda relación con qué aceptamos como político, como conflicto legítimo, como violencia, como qué merece duelo e incluso, como qué es posible imaginar.

El fascismo aprieta, sí, pero nosotres más. 

Y por eso seguimos atentxs, críticxs, vigilantes y dispuestxs a defender la vida, la memoria y los derechos, para impedir que nos conviertan, entre muchas otras cosas, en el enemigo interno que justifica esa limpieza social que en este país ya mató a personas trans, militantes, habitantes de calle, trabajadoras sexuales, jóvenes de barrio y cuerpos negros e indígenas empobrecidos con el argumento de que distorsionaban los valores morales tradicionales. 

Que alguien le diga por favor al presidente Abelardo que en 1990 unos estudiantes metieron en las urnas un voto que ninguna ley contemplaba para pedir una Asamblea Constituyente. Es decir, que en 1990 se saltaron las reglas para eso que hoy conocemos como la Constitución del 91. Que alguien ¡por favor! le diga al presidente Abelardo que se saltó la institucionalidad y el comité curatorial del museo para descolgar ese tarjetón. Que alguien le diga ¡POR FAVOR! al presidente Abelardo que en un multiverso paralelo retiró la Séptima Papeleta con el método de la Séptima Papeleta; pero claro, con la enorme diferencia de que en 1990 aquel atajo era para que cupiéramos más; y este, es sin duda para que cupiéramos menos.

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