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Entre falsas noticias y retractaciones

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El fenómeno de la retractación, luego de lanzar falsas noticias, ha sido una actividad demasiado recurrente en los últimos meses. Lo notamos claramente en revistas como Semana y medios que puntualmente pertenecen a los grandes conglomerados económicos del país, por lo cual, es evidente y nada raro su actuar. Pero, ¿Es en realidad rentable esto de construir falsas noticias para luego arrojar tibias rescisiones? En síntesis, ¿Se ha vuelto rentable el prodigio de la retractación para tan decadentes y poco éticos informativos? En la obra Los Herederos: Los Estudiantes y la Cultura, en el prólogo, escrito magistralmente por Ricardo Sidicaro, nos expone comoPierre Bourdieu, a razón de la estructura de dominación social y democrática, se plantea una postura ideológica, fácilmente extrapolable a nuestro contexto, a saber: “La representación de los ciudadanos se halla debilitada, según Bourdieu, en virtud de que los individuos no cuentan con las mismas competencias y predisposiciones para desempeñarse como ciudadanos efectivamente iguales, dado que, cuanto más desposeídas son las personas, culturalmente sobre todo, más obligadas e inclinadas están a confiar en los mandatarios para tener una palabra política” (Bourdieu 23). Ese capital cultural, del cual en algún momento hablara el sociólogo francés, determina la pobre capacidad del colombiano por desentrañar los escenarios implícitos de la información que consume. Es en este sentido, que la noticia falsa, no solo induce al error informativo, sino que germina como idea en el inconsciente colectivo. Ya luego de esta pérfida circunstancia, se construye la retractación. No como forma de resarcir la manipulación informativa a la cual estuvo expuesto el ciudadano, sino como disposición legal a la cual están sujetos tan excrementicios medios periodísticos.

En esta atmósfera, resultan favorables las retractaciones. El experimento social al que claramente han inducido a su audiencia, crea dos actuaciones posibles. Por un lado, el atajo mental al cual se recurre usualmente cuando simplemente leemos los encabezados y la descripción somera de la información; y, por otro lado, las horas e incluso días en que la noticia falsa circula por los medios digitales o físicos, hace que el cerebro del consumidor se ponga en modo supervivencia. Una manera fácil de agitar las masas para crear respuestas agresivas. En última instancia, la idea es que su audiencia esté enfurecida, que salga a votar enojada y crea que le están robando derechos o imponiendo marcos ideológicos que van en contra de la sana conducta empresarial y heteropatriarcal. ¿Funciona? A vivas luces sí. Los colombianos somos dados a este tipo de comportamientos. Fácilmente estigmatizamos a un adolescente disfrazado de animal y no a un expresidente vinculado a los archivos Epstein con fuertes presunciones de pederastia y de permitir la injerencia de personajes en la soberanía nacional, haciendo uso de armas militares del Estado.

Una de las mayores enseñanzas que nos ha dejado tan lesivos medios, ha sido la exposición de la pobreza cultural del país. Y esta denuncia, lejos de establecerse desde una posición de privilegio de su servidor (porque, de hecho, estoy a kilómetros de pertenecer a una situación de privilegio en este terruño), se manifiesta como el señalamiento a continuos procesos de aculturación. Paradójicamente, el capital intelectual de estas latitudes, siempre lo han concebido lejos de la diversidad cultural e inversamente proporcional a la marginación económica en la cual subsiste un alto porcentaje de su población. El ideal, es establecer posibles comunidades homogéneas, que entren en concordancia con los deseos capitalistas de consumo y consecución de prácticas económicas imposibles, participantes que libremente se vinculen al entramado neoliberal y neocolonial sin mayor repulsa. Que hagan uso de un sistema educativo castrante, en el cual la voz del docente muere en las cuatro paredes de un aula de clase, donde los derroteros se enfrasquen en eufemismos como normalizar, evangelizar, defender, salvar, proteger, entre otros que hacen la vida de la élite y los levantados del país mucho más agradable y folklórica. En palabras de Bourdieu: “Si los propios interesados viven raramente su aprendizaje como renuncia o renegación es porque los saberes que deben conquistar son altamente valorados por la sociedad global y porque esta conquista simboliza el acceso a la élite. Así, hay que distinguir entre la facilidad para asimilar la cultura transmitida por la escuela (mucho mayor a medida que sube el origen social) y la propensión a adquirirla que alcanza su máxima intensidad en la clase media” (Bourdieu 39).

Es de mencionar que, en este entramado del ejercicio comunicativo mediático, el error, presuntamente por falta de confirmación de las fuentes o simplemente como un hecho veleidoso del destino no tiene lugar. Todo es premeditado. Por más falta de ética y profesionalismo, al extremo de la estupidez, si se quiere, de los informativos tradicionales, hay que puntualizar que, detrás de ellos hay un armazón académico con fines neoliberales. Las noticias y programas que consumes a diario, determinan el rango cultural al que ellos quieren que pertenezcas. Psicológicamente y conductualmente te tienen analizado. Saben claramente que eres clase obrera, pero te niegas a dicha representación. Tu inestabilidad es su mayor arma. Temes a no tener empleo, a no tener un servicio de salud decente, a no llevar un plato de comida a casa, en última instancia, son tantas variables y tantos los miedos que la capacidad de razonar se nubla. Solo puedes ver en la información todo aquello que comprometa tu bienestar. Los grandes capitales que representan a estos medios, invierten miles de millones para tenerte eficazmente desinformado, y más que eso, eficientemente acobardado. En esta época de retractaciones es cuando más cobra sentido el poema de Eduardo Galeano El Miedo Global. Recordemos un corto fragmento: “Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. / Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. / Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. / La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir. / Los civiles tienen miedo a los militares. / Los militares tienen miedo a la falta de armas. / Las armas tienen miedo a la falta de guerra. / Es el tiempo del miedo. / Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo. / Miedo a los ladrones y miedo a la policía. / Miedo a lo que fue. Miedo a lo que será. Miedo de morir. Miedo de vivir”.       

Referencia

Bourdieu, Pierre (2003). Los Herederos: Los Estudiantes y la Cultura. Editorial Siglo XXI, Argentina

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