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Estamos a la izquierda de la historia

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Trump habló de extirpar el comunismo en el aniversario de la independencia de Estados Unidos del 4 de julio, de la Espriella afirma que hay que destripar a la izquierda y Vivian Morales no se ha quedado atrás. La extrema derecha ha vuelto al anticomunismo y al anti izquierdismo de la guerra fría. ¿Es tiempo entonces para esconderse o maquillar las posturas de izquierda?

 Tengamos en cuenta que, para esta extrema derecha, la izquierda y el comunismo son sinónimos, así no lo sean. El comunismo es un símbolo estigmatizado que es susceptible de ser atacado. Las experiencias particulares del socialismo «real», es decir, las del bloque del este europeo, tienen que ver con dicha estigmatización. Pero en realidad, está vinculada a años y años de propaganda negra producida desde las grandes industrias culturales.

 Es que son años de tergiversación del programa y de los fines políticos, del estereotipo del izquierdista, y de la reducción de todas las experiencias liberadoras y democratizantes de las izquierdas a un tonto cliché autoritario. Es una propaganda constante, sistemática y por ende, muy bien planeada. 

La extrema derecha los muestra como sinónimos para volver a hacer del comunismo y de la izquierda en general al enemigo interno o enemigo común. Recordemos que tras la Segunda Guerra Mundial, los EEUU modificaron su doctrina de seguridad nacional y llevaron a que sus países satélites adoptaran la visión ya no del enemigo externo, sino del enemigo interno al que había que perseguir por todos los medios para cuidar la estabilidad y el orden social. Ese enemigo era el comunismo, pero por esa vía también toda la izquierda en su conjunto. 

Ser de izquierda era un sello de criminalidad. Los partidos comunistas llegaron a ser prohibidos desde EEUU hasta el cono sur. Las izquierdas fueron perseguidas. Las «democracias liberales» se cerraron para que se eligiera solo a partidos del establecimiento, como pasó en Colombia, o se impusieron dictaduras que abiertamente encarcelaban y asesinaban a las izquierdas por medio de estrategias como El Plan Cóndor. Toda acción genera una reacción y las izquierdas reaccionaron de distintas formas.

Pero la persecución no venía sólo del temor de la supuesta influencia de la Unión Soviética en la región, estaba asociada a los programas políticos que defendían las izquierdas: soberanía nacional frente a la intervención y el imperialismo de los EEUU; recursos naturales para el desarrollo nacional no para las empresas extranjeras; democratización, reforma agraria, y por supuesto: una revolución, para que los países ya no estuvieran en manos de las oligarquías que se hicieron del poder tras las independencias, sino, por el contrario, en manos  de la gente desposeída y explotada. 

Con la caída de la Unión Soviética los EEUU empezaron a modificar poco a poco el enemigo interno que debían perseguir. 

En la difusión de ese propósito las series y películas fueron y son fundamentales, así, con la caída de las Torres Gemelas se afianzó ese nuevo enemigo interno y externo: el t3rrorism* islámico, y por esa vía «el t3rrorist*», ahí cabía todo lo que le incomodara a la hegemonía internacional de este país, incluso grupos que en realidad no «t3rrorist*s».

Pero es interesante que con Trump en EEUU, Vox en España, Le Pen en Francia, Millei en Argentina o Kast en Chile, y en general esta alianza internacional de la extrema derecha, el comunismo vuelve al ruedo. El fantasma recorre el mundo nuevamente. 

Pero, ¿por qué? Su agenda global consiste en volver al imperialismo más obsceno y explícito, en poner en marcha privatizaciones masivas de lo público, y en fortalecer aún más a la clase de súper millonarios de los que justamente Trump es una cara visible. Y, en la historia, ¿quiénes son los que más abierta y decididamente se oponen a la concentración abusiva del poder y la riqueza social? Las izquierdas. 

No hablemos necesariamente de comunismo, o de socialismo, hablemos de izquierdas, en su pluralidad, porque más allá del estigma de la extrema derecha que busca generalizar, son las izquierdas en plural a las que quiere criminalizar y perseguir, eso es claro, y así ha sido desde los tiempos del los señalamientos del senador McCarthy, en los años 50s, y el Comité de Actividades Antiestadounidenses, que impulsaba desde el Congreso la censura. 

Es interesante que desde Trump hasta de la Espriella vuelvan a atacar tan explícitamente a las izquierdas, y es por eso que vale la pena abrazar con orgullo esta orilla política en estos tiempos. El alcalde de Nueva York Zohran Mamdani es un buen ejemplo para mostrar cómo en plena envestida antiizquierda hay que resaltar con orgullo nuestra filiación política. n su caso lo hace hablando sin pelos en la lengua del socialismo democrático que defiende y de la agenda de justicia social que persigue con acceso a vivienda, transporte público o guarderías públicas y gratuitas.

La izquierda contemporánea es y debe ser radicalmente democrática, es la que defiende los intereses de la mayoría social, la que asume que, de llegar al Estado, con todo y sus contradicciones, debe llevar a que las instituciones sirvan para garantizar y ampliar derechos y no para blindar los negocios de la élite y de ese pequeño círculo de millonarios que representa la extrema derecha. 

El ataque abierto a la izquierda es la ventana de oportunidad perfecta para decir abiertamente quiénes somos y qué defendemos, y para decir con orgullo que pese a la persecución de años y años seguimos en pie para defender los derechos de la gente.

Si les da miedo que leamos a Marx, pues volvamos a leer a Marx, pero también a Rosa Luxemburgo y su análisis del imperialismo o de la huelga general; conozcamos la vida de María Cano, o el papel del Partido Socialista Revolucionario colombiano para lograr la jornada de las 8 horas laborales; reivindiquemos esa larga tradición, sacudamos el polvo y renovemos su identidad y sus ideas. Estamos abajo y a la izquierda donde está el corazón.

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