Por: Usuario no disponible
No estoy muy acostumbrada a escribir sobre películas, pero sí a verlas. Mis intereses varían entre películas como Mulán (1998), París Texas (1984), Una pastelería en Tokio (2015), El Padrino (1972, 1974, 1990), Barbie cascanueces (2001), todas las de La trilogía del color (1993, 1994), ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), Yo vi tres luces negras (2024), Retrato de una mujer en llamas (2019), entre muchísimas otras.
Las dos últimas fueron Hamnet (2025) y Valor sentimental (2025), que serán el centro en este texto. Ambas nos presentan una relación nada atípica entre los padres de familia y sus hijos e hijas. En ambas el padre se ausenta motivado, no por la responsabilidad del proveedor, sino por la necesidad de encontrarse en su quehacer creativo, y en ambas se termina validando este comportamiento, tienen la redención sólo por el hecho de llevar su experiencia personal a resultados artísticos memorables.
Hamnet, dirigida por la directora china Chloé Zhao, así como Valor sentimental del noruego Joachim Trier, tienen como protagonista a la familia, pero no cualquier familia, son familias en las que el padre es el estándar del pez grande que necesita salir de la pecera para realizarse como el gran artista.
En Valor sentimental, nos muestran a un padre ya famoso, a un director de cine aclamado que prefirió sacrificar la relación con su esposa e hijas para alcanzar el éxito, y a dos hermanas que, tras la muerte de la madre, desde pequeñas se tienen solamente la una a la otra. Pero al final, el padre lleva su experiencia al cine, y con la película protagonizada por la hija mayor —actriz de teatro que sufría constantemente de ataques de pánico, depresión y hasta un intento de suicidio— trae al hogar el perdón y la felicidad para todas.
Y en Hamnet, es la presentación de una familia feliz: jugar a las espadas, presentaciones de teatro sorpresa para la mamá, corretearse, travesuras, risas, pero también un padre muy joven que con solo 19 años y una bebé recién nacida, necesita cambiar su rumbo y viajar a Londres. Llegada la peste, se nos presenta la escena más impactante de la película, y es la agonía y muerte de un niño de 11 años. Tras su muerte, el padre no vive el duelo en familia, y los viajes a Londres continúan, mientras la familia se fractura hasta que ya completamente rota, se estrena la tragedia de Hamlet.
Es justo ahí cuando comienza lo tedioso de la película, y es esa necesidad de justificar o reivindicar las acciones de William. Agnes va a la obra y reacciona desconcertada cuando se da cuenta que no es una recreación exacta de su experiencia, pero se maravilla y emociona cuando ve traducida la experiencia del esposo en relación a la muerte de Hamnet. Se valida el que William se hubiese ido sin tramitar un duelo, o el duelo de su esposa, o el de las hijas. Y no solo se valida, se celebra, porque es básicamente gracias a esta obra, que Agnes que tanto insistió en no dejar ir nunca a su hijo, por fin se lo permitiera.
Es como si el dolor del padre fuera no más grande, pero sí mejor tramitado, porque no solo logra que se convierta en un dolor colectivo, al conmover a todos con la imagen de Hamlet muerto en el escenario. Además, hace que Agnes la mujer emocional, la hija de una bruja de la que no hay más que un flashback para recrear su pasado, que solo llora y no deja ir a su hijo fallecido, por fin se despida en medio de la obra de teatro.
Al final, ¿qué nos queda? Parece que agradecer la falta de compromiso de un padre con su familia, que sintió asfixiante la vida en una casa con esposa e hijos, y necesitó abrirse paso a metas y aspiraciones más grandes, pero que tuvo la capacidad de recrear o tramitar ese dolor y culpa, en una obra de arte. ¿Y la madre dónde queda? En ninguna parte, porque damos por sentado que debe estar siempre, ser amorosa y presente, considerada y empática, sin ponerse nunca como prioridad. Mal haría en entrar en depresión y querer más para sí misma.
Procuro no ver películas como un todo, sino como la suma de muchas partes, en Valor sentimental, me quedo con la música, las interpretaciones y la relación inquebrantable de las hermanas; y de Hamnet, me quedo con la impresionante fotografía, la escena del hermano intercambiando destino con su melliza, y la relación de madre e hijos, incondicional hasta el último minuto.
