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La casa siempre gana

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Por: Santiago Pérez García & Julio César

Apreciados Abelardistas, que antes eran Uribistas y tenían como símbolo un burro, un animal torpe pero autóctono, obtuso pero noble, y ahora lo cambiaron por un tigre pintado (nos encanta la referencia a ese totemismo facho), especie que, como es sabido, no existe en Colombia. Hemos revisado sus querellas con respecto al gobierno Petro, y sus informadores y creadores de contenido en los diferentes medios y plataformas de información los han estado engañando.  Entre otras cosas, por ejemplo, sus propagandistas han aseverado hasta el cansancio (ad nauseam) que la economía del gobierno Petro es un completo desastre, de magnitudes diluvianas, aseveración desmentida por nada menos que la poco izquierdosa revista The Economist (no The Comunist, como afirman algunos personajes al no estar de acuerdo con sus análisis), al decir que la economía de Colombia en los últimos años es la quinta economía mejor manejada del mundo.  Nos gustaría precisar algunos puntos con un cuento, a modo de analogía, sobre su proceder político ante el gobierno que termina. Así las cosas, digamos que en materia política Colombia es como un casino.  Aquí va el cuento. Por una de esas casualidades, nuestro personaje se llama Simeón Torrente. Pues bien, una noche Simeón se sentía con suerte y salió a apostar al lujoso Casino Colombia. Por instinto, se dirigió a las máquinas tragaperras. Allí, perdió casi todo pues, preso de un coste irrecuperable, seguía insistiendo en que le había invertido tanto tiempo y dinero que ya era tarde de echarse para atrás. Consumió plata y horas casi toda la noche, hasta que alrededor de las 4 am escuchó que la suerte rondaba por la ruleta, y allá fue a parar.

Lo primero que escuchó al llegar, fue. Bueno, “perder es ganar un poco”. En esas un hombre alto, moreno, de facciones rudas en el rostro, dijo, “es mejor ser rico que pobre”, y con ese exceso de confianza que acompaña casi siempre a los jugadores empedernidos, apostó todo al número trece negro. Simeón notó que quien manejaba la ruleta, insistía disimuladamente a no apostarle a dicho número, pero el moreno hizo caso omiso.   Cuando perdió, una voz expresó “antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia”. Animado por una mujer que tuvo buena fortuna al ganar con el 25 rojo, “Gloria a Dios”, Simeón apostó siguiendo el clamor de otra voz, “apuesto a que ahora si cae el 13 negro”. Pues nada, apostó a ese número y otra vez perdió. El operador de la ruleta le insinuó con el índice que apostara al 25 rojo, y creyendo que era una trampa, dándoselas de avispado, volvió a perder con el 13 negro.  Trampa o no, decidió seguir a la insinuación del operario la siguiente vez, pero sus ojos chocaron con la mirada dulce de una mujer joven disfrazada de gatica, que le dijo con voz acaramelada, “cambiar es de mala suerte y es de personas inseguras”. Atrapado entre esos dos imanes, el deseo de seguir al operario o de seguir a la bella dama, optó por apostar al 25 negro, haciendo una fusión extraña. Resumiendo, cayó nuevamente en el 25 rojo. A lo que el operario dijo: hay algunos viajeros a los que le convendría taparse los oídos con cera.  ¿Qué? Preguntó torpemente Simeón. El operario hizo como quien no escuchara, pues notó movimientos vigilantes a su alrededor. Fue cambiado abruptamente de la ruleta mientras le decían enfáticamente: “la casa siempre gana”, esa es la regla de oro. Esa noche, el bracero acostumbrado de la ruleta había enfermado, y recomendó a los dueños del casino ser reemplazado por un hermano que era culto, empático con todos los seres vivos y amable con las personas. De esta forma, termina lo que prometía una noche de fortuna para Simeón, que se dirigió a la salida del Casino Colombia con los bolsillos vacíos. De salida, el operario de la ruleta, acomodando su chaqueta en un hombro pasó a su lado y le dijo disimuladamente: “A la próxima, si es que existe una próxima, siempre apueste por el 25 Rojo”. Simeón, al escuchar esto, expresó con su enfado habitual: no me hable de 25 (s) Rojos, pues ese número es de mala suerte y trae miseria. Simeón atravesó las calles frías de la ciudad, mientras los rayos del sol se filtraban a lo lejos por entre las nubes.

De esta manera, queridos uribelardistas, nos queda fácil explicar que los dueños del casino nunca han cambiado, siempre han sido los mismos, y con las mismas reglas siempre han gobernado. No es necesario recordarles que para que un gobierno pueda cumplir sus metas y promesas de campaña, como bien saben, necesita un presupuesto, es decir, dinero. Está en manos del congreso proveerle esa salida, por medio de reformas y ajustes tributarios, y cumplir con lo que el pueblo eligió. Si se oponen a ello, tal como sucede muchas veces, pero mayormente en el gobierno Petro, los gobiernos optan por adquirir deuda pública. Eso es normal. En el caso de este gobierno que termina, optó por adquirir deuda con acreedores internos, la banca nacional, y no deuda externa. Es decir, Petro endeudó al Estado (todos nosotros) con los mismos dueños del casino. La casa siempre gana, como bien reza la moraleja del cuento, y en este caso en particular, ganan por partida doble. Primero, los serviles políticos han logrado impedir en el Congreso que aprueben reformas que puedan hacer mella a sus intereses (y si no son ellos, son sus magistrados en las cortes). Y segundo, una vez el gobernante debe adquirir deuda pública, el Banco de la República, otra institución dominada por los dueños del Casino, suben las tasas de interés para que la deuda salga bien costosa. No celebren, amigos Uribelardistas, que el pago de esa deuda saldrá también de su bolsillo. La idea de Petro era que las reformas y ajustes tributarios para llevar a cabo su plan de gobierno la financiara principalmente los que más tienen, incluidos los mismos dueños del Casino, y así reducir el monto de la deuda. Pero ahora, como bien pueden apreciar, nos va a tocar pagar a todos lo que ya se consumió.

Ustedes tan solo se quedaron con un enemigo a quien señalar y culpar de todo: Petro. Pero no obtendrán más. Culpen a Petro todo lo que quieran; igual, les va a tocar pagar. No aplaudan, no celebren que no es el gobierno Petro el que está perdiendo, es usted el que, por no seguir lo que le insinuaba el nuevo operario de la ruleta, se va a quedar con los bolsillos vacíos.  La casa siempre gana y la oportunidad que usted tuvo para ganar algo, la perdió mientras miraba como un tonto las rayas de un tigre pintado por el que al final apostó.

Nota 1: Lo malo del asunto, es que por más extensas que sean las explicaciones, así sea de manera sencilla por medio de un cuento. Al insinuarles el craso error que cometieron, no darán su brazo a torcer. Recordemos aquel síndrome de Dunning-Kruguer; es decir, “la incapacidad que tenemos para reconocer que cometimos o que estábamos en un error, o que algo se nos da mal”.

Nota 2: Esa camiseta de la selección Colombia con la cual fueron ingenuamente a votar, en un par de meses puede servirles para salir a las calles y pelear por los derechos que gradualmente van a despojarles.

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