Las calles siguen siendo nuestras

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El 21 de abril de 2024 salieron distintos sectores a protestar. Fue una movilización a la que cientos de personas, adultas y de la tercera edad, sobre todo, asistieron con tranquilidad. No se vio a la fuerza pública pegándole a los escudos como símbolo de autoridad, tampoco gases lacrimógenos lanzados porque sí, ni muslos ni espaldas con moretones a causa de las balas de goma. Por fortuna, o por simple garantía democrática, a ninguna persona se le apuntó con el único ánimo de mutilar alguno de sus ojos. Fue una protesta tranquila.

Los sectores fueron diversos, asistieron, por ejemplo, las familias de bien, aquellas para las que es inconcebible que otra persona pueda acceder a un mejor sistema de salud, porque el único posible es el prepagado, el privatizado, el del negocio. Porque la vida tiene un signo de pesos, y la dignidad humana es un asunto de ingresos, de buenos ingresos.

También asistieron los sectores que asumen la pensión como un derecho divino y un negocio concentrado en unas pocas manos. Que piensan que la gente mayor que trabajó en la informalidad y en la incertidumbre —y que, por las vueltas de la vida, y claro, por la desigualdad y el desempleo estructural, no pudo hacerse de un trabajo fijo—, no puede acceder también a una pensión.

En fin, las personas de bien, los sectores políticos, económicos y mediáticos de siempre, que hacen todo lo posible para que las cosas sigan igual. Salieron, asimismo, quienes se acostumbraron a lo que hay y nada más. Que en la mañana, tarde y noche escuchan, ven y leen el estado de ánimo del poder real, que se expresa en los grandes medios, y sienten que ese es el único horizonte de sentido imaginable, la única opinión posible. La única visión.

Y la calle también la ocuparon las bases sociales del uribismo, cómo era de esperarse, así como el centro y sus líderes de opinión. El centro, otra expresión de la gente de bien, pero no tan tradicional, un poco más abierta, con algo más de mundo, con algún nivel de cercanía con el ámbito académico —de élite—. Una expresión de la política que básicamente defiende la misma sociedad privatizada, atomizada, de privilegios cerrados y que reduce los problemas del país a la corrupción. Son un polo de atracción para la ciudadanía cansada de los poderosos, que se acostumbró a lo que tocaba y quieren que las cosas sean menos corruptas. Una ciudadanía que piensa que los únicos capaces de gobernar son esos mismos líderes en conjunto con una tecnocracia bogotana o paisa que se formó en universidades de élite.

Y claro, también marcharon las personas que buscan confirmar sus sesgos por medio de las fake news que muestran al país en crisis, en caos total, pese a lo que indican las cifras frente a la inflación o el precio del dólar. Las personas que generaron un gusto por la guerra y que no aceptan el desafío que implica la salida negociada del conflicto armado, porque para ellos los 60 años de guerra parecen insuficientes.

Por supuesto, las cosas no van perfectamente. La ejecución presupuestal no es la deseable, hay perfiles directivos en el Estado que podrían ser distintos, hay gente valiosa que no está en las instituciones, mientras que gente que pertenece a las clientelas de los partidos tradicionales o gente floja y pantallera sigue incorporada en el gobierno. Además, el poder real está buscando hacer, permanentemente, jaque a cada jugada del nuevo gobierno. Pero las movilizaciones no son expresión de la indignación frente a lo imperfecto, son, por el contrario, la expresión de la tensión entre lo viejo y lo nuevo, entre el orden injusto de siempre y el cambio.

Por eso el 1 de mayo es importante. Las fechas previas en las que el gobierno ha convocado movilizaciones no tienen ninguna base o una campaña sólida, el 1 de mayo, en cambio, es una fecha ya constituida, no viene de arriba sino de abajo, de una tradición alternativa, de luchas y conquista de derechos. Por lo mismo, en la actual coyuntura política, el primero es clave para dar cuenta, justamente, de la expectativa de cambio.

El 1 de mayo es marchar por la posibilidad de reforma agraria para que la gente que trabaja la tierra la tenga; de sistemas públicos sólidos de salud y pensión; de educación pública, financiada y realmente democrática; para tener una vejez tranquila. Es un momento para defender las reformas del cambio en las calles. No significa eso modificar el sentido de la conmemoración de la clase trabajadora, sino saber leer el momento político, la ventana de oportunidad para lograr otras posibilidades. Hay reformas que son necesarias, y que permiten que los países, que sus historias y sus culturas, apunten hacia otras direcciones, que la gente humillada, empobrecida, excluida, y negada, pueda vivir un poco mejor. Por eso hay que salir a la calle el primero de mayo, porque los cambios, por difíciles que sean, valen la pena.

Como decía Yesenia Molina: “No conocen de aguante, ni de resistencia. Así ahora se manifiesten, las calles siguen siendo nuestras”.