Desobediencia civil y la hipocresía de los biempensantes

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Hace unos años la desobediencia civil me parecía de lo más light en política, y ahora terminé defendiéndola ante la gente más light de la política. 

Antes nos decían que éramos vándalos y violentos por hacer un stencil en una pared o por patear un gas lacrimógeno en una protesta, y que debíamos apegarnos a formas pacifistas de protestar, hoy nuestro dirigente político Iván Cepeda, un pacifista convencido desde hace años, invoca una táctica típica del pacifismo y lo tildan de radical e intransigente, y por esa vía a quienes lo respaldamos.

Es que para el establecimiento y los sectores que le son funcionales —así se presenten como críticos de este—, el problema no reside en las formas de resistir sino en resistir. La táctica podría ser aún más light que la desobediencia civil y aun así la atacarían. Debería bastarnos con pensamientos de resistencia, porque ni siquiera les gusta que los traduzcamos en trinos, artículos o vídeos.

Es que la desobediencia civil es una técnica tan, pero tan light, que un liberal como Jhon Rawls teorizó sobre ella, y es tan light que la Corte Constitucional citó a Rawls y la parametrizó en la Sentencia T-571/08:

«Por ejemplo, Jhon Rawls propuso que la desobediencia civil es algo más que un acto ilegal, público y no violento, dirigido a provocar un cambio en la legislación o en la conducta gubernamental; es ante todo un acto dirigido y justificado por principios políticos, es decir por principios de justicia que regulan la Constitución y en general las instituciones sociales… no apelamos a principios de moralidad personal o a doctrinas religiosas… sino que invocamos la concepción de justicia comúnmente compartida, que subyace bajo el orden político” De lo anterior se desprenden igualmente, dos características definitorias del ejercicio del derecho de resistencia: su carácter no violento, y la necesidad de que pretenda la pública exaltación de principios constitucionales establecidos. Sobre el primero cabe señalar que el desobediente civil debe abstenerse de realizar cualquier lesión en las personas o menoscabo de sus derechos, así como de hacer daño a las cosas. Y, sobre el segundo, debe entenderse que “aquellas manifestaciones de insumisión al derecho (…), no obstante, ilegales, deben guardar un mínimo de lealtad al régimen político, y (…) esa lealtad debe cifrarse en la aceptación de que el cambio de política o de sociedad que se propugna ha de obtenerse a través del consentimiento de la mayoría, no mediante la imposición”, esto es, en respeto de las reglas democráticas y del principio mayoritario». 

Reiteremos, la desobediencia civil viene a ser una invocación pacífica de «la concepción de justicia comúnmente compartida, que subyace bajo el orden político» frente a algo que se advierte como injusto o ilegítimo. En este caso, una invocación frente a lo que apunta a ser una violación evidente de nuestra soberanía jurídica y nacional por parte de Abelardo de la Espriella, porque hay indicios de que es un agente o colaborador de una agencia de seguridad de los Estados Unidos, sumado a que es un ciudadano estadounidense —sabiendo que esto implica un juramento de priorización de los intereses estadounidenses—, y que tuvo un respaldo directo del gobierno de Donald Trump para resultar electo en Colombia.

Entonces, personajes pacifistas que por muchos años fueron valorados por sectores no solo de las izquierdas sino del liberalismo, como Gandhi, Luther King, Rosa Parks o el mismo Rawls, ahora serían asumidos como viles radicales que no aceptan desde las buenas formas lo que resulta injusto o ilegítimo. La hipocresía de las buenas formas no tiene límite. 

Es evidente, los biempensantes de hoy estarían del lado del imperio británico antes que de Ghandi, o de los racistas y el mismo Ku Klux Klan (KKK) antes que de Luther King. O bueno, asumirían buenas formas con las que no obtendrían o posicionarían absolutamente nada.

Aprovecho para polemizar con una opinión del analista Alejandro Chala que escribe para PARES. En la red social X, el analista critica que Iván Cepeda invoque esta táctica pacifista en este momento. Pone sobre la mesa distintas preguntas que son positivas para revisar cómo nutrir de contenido ese llamado como, por ejemplo, ¿con qué fin?, ¿qué se logra con ello? ¿cómo se piensa la democracia desde allí?, pero parte de una imprecisión: asumir como equivalente la convocatoria de movilización siendo gobierno y la convocatoria siendo oposición.

Chala afirma, «El problema de la idea de «desobediencia civil» propuesta por Iván Cepeda (que no es ilegal y tiene conceptos de la Corte Constitucional), es que es una propuesta que busca, como lo quisieron las marchas a favor del gobierno Petro entre 2022 y 2025, generar las condiciones para una movilización social permanente, sin reconocer que esas movilizaciones son espontáneas y autónomas.

(…) Esa falta de horizonte político solo va a terminar generando el mismo desgaste en la movilización que durante el gobierno Petro».

Chala expresa una preocupación por el desgaste de la movilización durante el gobierno Petro, pero pierde de vista que generalmente la fuerza de la movilización reside en su carácter reactivo. Las condiciones de la masividad incrementan en la medida que se protesta en contra a, más que a favor de. Como oposición, este va a ser el signo de la protesta, será reactiva frente a la ilegitimidad de Abelardo de la Espriella. Pero tenemos un ingrediente adicional: un acumulado de auto-organización y de auto-convocatoria muy importante durante la segunda vuelta presidencial.

No quiere decir lo anterior que, de forma mecánica, la gente vaya a salir masivamente a desplegar acciones de desobediencia civil pacífica, sino que las condiciones reales son distintas, que no podemos confundir o tomar como equivalentes dos situaciones políticas bien diferentes: ser gobierno vs. ser oposición. Y ser oposición teniendo mucha experiencia en ese ejercicio, a diferencia de la derecha y la extrema derecha.

Otro factor para destacar: la iniciativa política. Una característica histórica de la izquierda ha sido la aplicación de la fórmula pasa x cosa, el sobre diagnóstico, digo que el pueblo, o los partidos, o los dirigentes deberían o debieron hacer tal cosa; y así pasa, sin pena ni gloria, la cosa x, el hecho sobre el que habría sido necesario hacer algo desde la iniciativa política. 

La iniciativa política es fundamental y contribuye a poner el relato, a señalar el diagnóstico rápido, los responsables y las salidas. El problema es que la izquierda a veces se pierde sobre diagnosticando y se le olvida Lenin, se le olvida que toca actuar. En la iniciativa política el golpe de opinión es clave, y hay que utilizarlo así no esté listo todo, así no esté listo el programa unificado, una tarea que no es rápida, o la autocrítica señalada por Chala, también muy necesaria pero que, siendo francos, para la izquierda puede tomar años, porque luego viene el debate sobre cada autocrítica. 

En ese sentido rescato esos movimientos rápidos de Iván, la cuestión es que la preparación y las acciones deben ir a la par. Pero esa iniciativa política y los mensajes contundentes como la desobediencia civil pacífica fueron un golpe de opinión, dejó el problema de la soberanía nacional sobre la mesa y puso a discutir a los biempensantes. 

La política necesita planeación, sí, pero también actividad, mucha actividad para ser relevantes. Porque mientras tanto la extrema derecha sigue haciendo mucho ruido sobre cómo va a ser supuestamente el empalme con el gobierno progresista, y va preparando el relato de la supuesta corrupción para más adelante, seguramente, vender ese relato con algún hecho fabricado o menor para desprestigiar a la oposición e impedir que vuelva a ser gobierno.