En la película Django Sin Cadenas de Quentin Tarantino, uno de los discursos que da el señor Calvin Candie, interpretado por Leonardo DiCaprio, nos deja mucho que pensar luego de los comicios del pasado 21 de junio. Reconstruyendo un poco la disertación, en dicha escena, el personaje representado por DiCaprio, toma un cráneo humano, identificándolo como el viejo Ben. Esclavo que pertenecía a su abuelo y posteriormente a su padre. Al tomar la pieza ósea y hablar directamente con Django, el señor Candie alude a una pseudociencia conocida como frenología. Conocimiento que determinaba la zona cerebral de la sumisión, más extensa en los africanos que en la raza blanca. Motivo por el cual, según este personaje, los africanos, aun teniendo el número y las capacidades físicas no se rebelaban en contra de sus amos. La teoría del alemán Franz Joseph Gall fue rechazada como postulado científico, aunque nos dejó una escena cinematográfica memorable. Asumiendo sus carencias racionales y médicas nos cuestiona: ¿Tenemos también los antioqueños una extensa zona cerebral propensa a la sumisión? ¿Nos encanta esa lógica de esclavo y amo? Francamente, nos deja meditabundos.
El odio manifiesto hacia las minorías raciales y el campo, la violencia de género e incluso la resistencia hacia el conocimiento y la academia, se ha acentuado. Vemos estupefactos como los ideales progresistas, se enfrentan a un muro de indiferencia en una sociedad que ejerce resistencia a cambios que podrían hacer su vida más amable. ¿Show o conciencia ideológica? Algo que debemos tener muy en claro es la capacidad económica que los sectores de derecha y ultraderecha ejercieron contundentemente en la campaña del mediocre Abelardo. Sus bailes frenéticos con pirotecnia y tigres generados con IA, la presión y lavado cerebral que muchas empresas procuraron para con sus empleados, llevándolos al límite del convencimiento o simplemente al miedo puro y duro de perder sus trabajos, fueron herramientas más eficaces que la explosión cultural, los movimientos estudiantiles y la renovación política en el país. ¿Quién desea una transformación cultural y artística cuando el precario tigre te ofrece un imaginario de lujos, jets, camperos, mocasines sin medias y un sinfín de estupideces que gran porcentaje del antioqueño clase media emergente moriría por lucir en Miami?
A esto sumémosle una triste realidad y es la captación del voto joven paisa. En charlas con algunos compañeros de trabajo, quienes fueron designados como jurados electorales, enunciaron sorprendidos como en las mesas juveniles el voto por este sujeto sobrepasaba a cifras de no creer. ¿Sorprende? El voto juvenil en regiones paisas, es escurridizo y en ocasiones superficial. La maquinaria del show mediático sale victoriosa y procura encumbrar nuevamente a viejos capitales en una suerte de región sin mentalidad joven, como diría Umberto eco: “Y al final estos viejos capitanes (y cavalieri) de industria, curtidos en mil batallas, se decidirán, aunque con gran dolor de su corazón, a liquidar a hijos y nietos. No enviándolos a campos de exterminio como habrían hecho con ellos sus descendientes, porque se trata de una generación que todavía conserva los valores tradicionales de la familia y de la patria, sino promoviendo guerras que, como se sabe, actúan de criba para las quintas más jóvenes y son, como decían los futuristas, la única higiene del mundo. Tendremos, pues, un país casi sin jóvenes y con muchísimos ancianos, prósperos y lozanos, ocupados en erigir monumentos a los caídos y en honrar a quienes han entregado generosamente su vida por la patria” (Eco 43).
Honrar vetustos capitales es la noción de gobierno derechosa. Además de un discurso emocional, belicoso y que simplemente rasguña la superficie (lo que todo paisa promedio ha deseado escuchar elección, tras elección), sin llegar a una explicación clara del ¿Cómo? Tal y como es contenido en las tres pinches páginas de plan de gobierno presentado por de la Espriella. Quizá el ideal de un nuevo orden ha desestabilizado estructuralmente lo que el antioqueño entiende por país y gobierno. Dignificar el campo, la educación, el trabajo y la salud, nunca han hecho parte del axioma estatal. Los ancianos prósperos nos han enseñado que la política es corrupta y llena de vericuetos. Que es mejor hacerse de lado ya que son lides que jamás entenderíamos y que es mejor delegarlas a los hampones tradicionales. Que una vida es llena de trabajos mal pagos, comer lo que se pueda (incluso burro como nuestro país vecino Argentina) y agradecer cada bocado con el estremecimiento en las rodillas para que no te despidan. Y eso sí, recuerda que te queda la fe, religiosidad y el odio por el otro. Aquel que desea sacudir tus cimientos con promesas de igualdad, paz y reconocimiento estatal.
Citando y contextualizando una vez más a Umberto Eco: “Así, dentro de dos generaciones, decenas de millones de antioqueños «obreros» garantizarán el bienestar de una élite de nonagenarios blancos de nariz colorada y de los más favorecidos (las señoras, con encajes y sombreritos con velo), que beberán ron o whisky con soda, al lado de sus esposos, en los corredores de sus propiedades campestres, al borde de los lagos o en sus casas de playa, escuchando vallenatos de Silvestre Dangond, lejos de los miasmas de las ciudades, habitadas solo por zombis variopintos que se alcoholizarán con la lejía anunciada en televisión” (Eco 44). Volveremos entonces a las promesas de la meritocracia, al pobre es pobre, porque quiere, al “a mí no me ha ido tan mal en la EPS”, al reconocimiento del empresariado chupasangre como héroes nacionales, a los inconvenientes del alza al salario mínimo ya que la economía se estaría yendo a pique, a los envites por acabar sindicatos teniendo en el radar a FECODE y el sector educativo, a las compras a 48 y 60 cuotas, al mal gusto estético, privilegiando a streamers, influenciadores y creadores de contenido y más que nada, a la invariabilidad de un país condenado a aquella lógica miserable de esclavos y amos.
Se vale ser pesimista de cuando en cuando, este 21 de junio nos dejó una fuerte enseñanza. Sigamos pues con todo el cariño que un nuevo proyecto político nos ha traído y que 12.702.941 ciudadanos soñemos con algún día generar un despertar de conciencias. Como diría Bukowski: “tu vida es tu vida / no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión / mantente alerta / hay salidas”.
REFERENCIAS
Eco, Umberto (2016). De la Estupidez a la Locura, Crónicas Para el Futuro que nos Espera. Editorial Lumen, Barcelona




