En su faceta como influencer, el escritor y ensayista colombiano Juan Cárdenas insistía en uno de sus videos que lo que vendría con el nuevo gobierno sería una película de terror, del genero gore específicamente, una película que buscaría distraernos con la sangre y otros recursos narrativos del proyecto de fondo: las medidas económicas y sociales que apuntarían al despojo de los empobrecidos y al enriquecimiento de los ya ricos, de los grandes propietarios y rentistas colombianos y extranjeros. De lo que él llama «la estafa».
Llamaba entonces a qué analistas e intelectuales no se distrajeran con la película y estuvieran atentos al relato subyacente. Es un llamado importante y necesario, aunque francamente es difícil no prestar atención a la película, al espectáculo, cuando ese mismo espectáculo se entremezcla con el relato o el interés de fondo, cuando el espectáculo no es solo la forma sino el fondo, cuando el espectáculo se hace ideología y la ideología es una práctica de verdad.
Una de las imágenes ridículas que nos dejó la pasada campaña fue la de Abelardo dando un discurso en el que habían algunos silencios, silencios rellenados por música generada con IA. Era Abelardo con chaleco blindado moviéndose frente a una pantalla en la que se veía a tigres generados con IA que coreografiaban un baile en el formato de las coreografías de TikTok.
Luego tenemos a un Abelardo hablando en su discurso de posesión de una regeneración moral, institucional,
administrativa, económica, «que destierre el odio y el resentimiento», más allá de ideologías, frente a las fuerzas militares —con la militarización de la política y la politización de las fuerzas que este gesto supone—, y cerrando con un «¡Viva Cristo Rey!».
Es un Frankenstein en el que se guiña el proyecto de 1886 que marcó el sello conservador del orden institucional y de la cultura política colombiana —modificada relativamente con la Constitución de 1991—, con la
producción de una imagen ¿Y un discurso? generado con IA.
Siglo XIX y siglo XXI conviviendo bajo la inspiración política reaccionaria de los años 20s y 30s. Un Goebbels con la tricolor usando Grok y aspirando cocaína mientras simula estar en un retiro espiritual con sermones contra el consumo.
Juan Cárdenas, con razón, llama a separar la película de los intereses y las acciones de fondo, aunque ¿Qué hacer cuando habitamos un tiempo en el que espectáculo y realidad se entremezclan? Cuando el relato que defiende la verdad, o los hechos, o una postura ética frente a la verdad pierde base ante el vacío de una condición de época en la que importa más el relato sobre el relato, el argumento amparado en la más ramplona mentira y manipulación porque fue dicho bajo las coordenadas del espectáculo, un espectáculo que tiene sustento en la creencia que quiere ser y mantenerse en creencia más allá de los hechos.
Es cierto que no debemos perdernos en la película que nos quieren mostrar, pero tampoco perder de vista la película, y el análisis de la película, porque si llegamos al extremo de no considerar esa película caeríamos en la pose racionalista que ha acompañado históricamente a las izquierdas, en la que se desliga forma de contenido, y se dejan de lado los efectos de la forma para atrapar la atención de las y los dominados.
No creo que esa sea la intención de Cárdenas, pero sí es un riesgo
habilitado por los esquemas mentales de las izquierdas, que pueden llegar a pensar —como tiende a pasar— en que es posible prescindir de la forma para concentrarse en el contenido. El llamado de Cardenas, creo, es en especial a la intelectualidad —y lo comparto—, pero la izquierda va más allá de sus intelectuales.
Porque, qué pasa cuando el espectáculo se hace ideología. En la tradición de izquierda, me refiero a las lógicas en partidos y movimientos, cuando se habla de ideología se piensa en
superestructura, en un elemento que no es el fundamental a diferencia del aspecto económico, el estructural. Como lo económico es lo fundamental, para la izquierda se sobreentiende que hay que concentrarse en los programas, en las medidas, y no en las estrategias para vender esos programas, y esto tiene su reverso, luego en campañas el énfasis recae en los programas, no en la forma de presentarlos.
Pero volviendo al punto, Slavov Žižek, en la introducción de Ideología, un mapa de la cuestión, sostiene que «La ideología es exactamente lo contrario de la internalización de la contingencia externa: reside en la externalización del resultado de una necesidad interna, y aquí la tarea de la crítica de la ideología es precisamente identificar la necesidad oculta en lo que aparece como una mera contingencia», Žižek pone como ejemplo la economía: cuando existe una crisis los medios insisten en que se debe a una razón externa, pero dejan de lado la lógica misma del capitalismo que lleva a la crisis. Se asocia a una razón externa y pasajera, pero no se explica la base del asunto.
El espectáculo, el show en Abelardo, es un asunto pintoresco, o una emulación de la forma de hacer política de Trump o de Milei, se nos dice. Es una estrategia de marketing, o la forma como se hace política en la actualidad. El problema es que el espectáculo no es solo un recurso, y el espectáculo en sí mismo no es el problema —la espectacularización de ciertas acciones dan empuje a la política—, el problema es que el espectáculo es el régimen de la gramática política actual.
No es un recurso, no es un canal, es la expresión que se funde en la lógica de consumo, de las pantallas gigantes con anuncios publicitarios que hacen parte del ambiente contemporáneo. Es la expresión que posibilita el borrado del límite entre verdad y mentira para afirmarse desde el sustento de la creencia conservadora.
El atractivo del mensaje que hace eco sobre valores tradicionales importa más que cualquier otra cosa. Es el «yo creo que», acompañado de fuegos artificiales, «la homosexualidad es mala, el
aborto es malo, la «familia tradicional» es buena», una dicotomía moral frente a los derechos humanos, los derechos de la mujer y la realidad histórica del ser humano en su diversidad. Es el triunfo de lo simple, del reduccionismo torpe frente a la complejidad.
Sobre el «yo creo que», reafirmado en una pantalla, hechos como el aumento de la inflación, la venta de la soberanía del país, la contaminación ambiental, son secundarios, la validación del narcisismo ultraconservador por medio del espectáculo financiado
por los más ricos, es suficiente para sanear el malestar de la existencia de ciertos sectores.
El «debemos respetar la diferencia» que se sentía como un peso aplastante para el narcisismo ultra conservador, se desecha con la venta de una espiritualidad consumible construida bajo la arquitectura algorítmica.
La imagen de Abelardo delante de una pantalla con tigres generados con IA, que serían en la práctica la reproducción virtual de él mismo o de su alter ego, es el refuerzo de ese narcisismo
ultraconservador que es expiado luego por él mismo y los suyos en la imagen de la virgen María y de las tres espiritualidades que reivindica: catolicismo, cristianismo evangélico y judaísmo— porque toda espiritualidad diferente es sinónimo de herejía, cómo ya lo advertía Carlos Alonso Lucio—.
El espectáculo como ideología es el escenario de la simulación de la moral. La moral todo lo puede, la moral como lo bueno, como el deber ser, y el deber ser investido de legitimidad. Y en la moral lo mafioso, lo corruptible,
lo falso, se vuelve irrelevante. Es irrelevante que el gobierno de los nunca sea el gobierno de muchos de los de siempre, de la sombra del paramilitarismo y la parapolítica, de los corruptibles, de los abusadores, porque en la simulación de la moral, en ese show doble moralista, quedan expiados los pecados propios y ajenos.
Hay que estar atentos sobre el contenido, sobre los decretos y reformas que se vienen, sin perder de vista el espectáculo y sus efectos para conseguir la aceptación de la población.
Crítica de las medidas, y crítica de las formas que asuma para imponerlas. No nos podemos perder en la película, ni perder de vista la película gore que nos espera.
Posdata: en otro artículo pienso relacionar el tema con «La sociedad del espectáculo», de Guy Debord, porque en Debord el asunto es más profundo.



