Si ellos son la nueva inquisición, seremos la nueva herejía

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Ilustración crítica sobre el conservadurismo, el Instituto Caro y Cuervo y la censura moral en Colombia.

Un monaguillo tonto con ínfulas de poeta, con una corbata que parecía hacer las veces del cuello romano de un párroco mediocre, salió en redes sociales a declamar una suerte de homilía previa al Concilio Vaticano II. En ella, sin querer, exhibió su pequeñez intelectual al hablar de dos autores enormes: Andrés Caicedo y Gonzalo Arango.

Habló del cielo católico romano, de anarquía; enunciaba palabras y palabras que eran una mezcla entre el catecismo del padre Astete y las letras europeas de una cultura intelectual más propia del Antiguo Régimen y sus rezagos que de la complejidad y diversidad teórica de nuestros días. 

Imagino que sus piernas temblaban y sus manos sudaban cuando nombraba la palabra anarquía. 

Seguramente, en sus terrores nocturnos, está la imagen del performance de los nadaístas: cuando en una misa en la Catedral Metropolitana de Medellín, en 1961, los poetas Eduardo Escobar, Darío Lemos, Diego León Giraldo, y Jaime Espinel se dispusieron a recibir la hostia sin haberse confesado para cometer un sacrilegio.

Cuando el sacerdote se las dio, uno de ellos se la sacó de la boca y, dicen, la tomó con la mano y la tiró al suelo sacro; uno más la guardó en su bolsillo; y otro no solo la tiró sino que también la pisó. La leyenda urbana también cuenta que Darío Lemos tomó la hostia y la puso dentro del libro La peste, de Camus. Casi los linchan. Luego, golpeados pero satisfechos, pasaron algunos días en la cárcel. 

Nuestro monaguillo de cabecera no entiende, o pretende no entender, que la rebeldía, lo profano, la impugnación nadaísta o la herejía de Caicedo no se dieron en abstracto en los años 60 y 70 sino frente al ambiente social moldeado por el Concordato de 1887, y la «Regeneración», hecha norma con la Constitución de 1886, con un conservadurismo rígido y asfixiante, auspiciado ideológicamente por gente como Miguel Antonio Caro o Ezequiel Moreno Díaz hacia la segunda mitad del siglo XIX. Ideas retrógradas que precisamente buscan revivir e imponer, a como dé lugar, en su avanzada reaccionaria y antiderechos, a la que han rebautizado como «batalla cultural».

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Es que no parece aleatorio que el objeto de sus primeros ataques haya sido justamente quienes, en ese momento histórico, buscaron cuestionar radicalmente las bases de lo que ellos hoy defienden. El padre Ezequiel Moreno Díaz fue conocido por la frase «el liberalismo es pecado». Esa es la frase que seguro, bajo la cruz sobre la cabecera de su cama, debe tener escrita el niño poeta, el monaguillo tonto y actual director del Instituto Caro y Cuervo, Sergio Esteban Vélez.

Si la cultura liberal del XIX, si el anarquismo, si el comunismo son pecado, abrazamos el pecado y nos entregamos a la hoguera. 

Hoy esa cruzada enmohecida sale de la tumba para volver a moralizar el pensamiento, porque la moralización es la mejor herramienta para dejar de pensar y empezar a repetir. Porque la moralización resta complejidad. Las preguntas «¿Qué pasa?», «¿Por qué pasa lo que pasa?», «¿Qué significa?», «¿Además de la literalidad, qué es lo simbólico de lo que pasó?», «¿Qué implica?», «¿Qué implicó?», «¿Qué efectos tuvo?» no aparecen. No. Para la moralización, el bien y el mal caen como un yunque sobre las preguntas básicas que nos permiten pensar, no cabe la interrogación, sino el juicio. El suicidio, por ejemplo, como pregunta compleja, se anula; solo nos queda el bajo, tosco y estúpido juicio moral.

Es la moralización de la cultura la que lleva a la quema de libros y a la caza de brujas. Es experta en encender hogueras contra las excéntricas, contra los raros, contra lo que no puede ser y no cabe en los estrechos muros de la parroquia conservadora de ese pueblo en el que mataron liberales y comunistas. 

En el terreno cultural atacan a las figuras excéntricas o las crucifican. ¿No era acaso Jesús un excéntrico frente a la conservadora élite judía? ¿Nos espera ahora el ataque a Débora Arango o Beatriz González? Luego van por lo que se enseña y se difunde, también por los presupuestos. La hoguera inquisitorial adquiere nuevas formas, pero los fundamentos y los objetivos son los mismos: el ataque a lo diverso, a lo complejo, a lo que va más allá de la simplificación moral. 

Si ellos son la nueva inquisición, seremos la nueva herejía. 

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