Mi Útero Triste

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Por: Cherrypunk

«¿Eres consciente de que tienes el útero triste?» Fue la pregunta que me hizo una Sacerdotisa Andina con las manos tibias sobre mi vientre al final de un ritual de sanación de útero al que llegué por descarte después de agotar casi todo lo que ofrece la medicina tradicional. Yo, que soy poco espiritual, descalza sobre el pasto frío y húmedo tras la lluvia, respondí de inmediato casi por inercia: ¡Sí! 

Quizás respondí así porque desde mi primera menstruación he ido descubriendo sensaciones en partes de mi cuerpo que solo recuerdo que existen cuando sangro: cólicos, punzadas, calambres, hormigueos, un dolor que muchas veces me incapacita. Mi ánimo cambia en cuestión de segundos, sin razón aparente, mientras llegan los mareos, las náuseas, los cambios de peso, el vello y el acné en lugares inesperados. En todos estos años no he logrado saber exactamente cómo es mi periodo: cuándo llega, qué tanto baja, con qué consistencia, ni cuántos días, semanas o meses va a durar.

Frente a tanta incertidumbre lo he intentado todo: métodos de planificación, hormonas, suplementos vitamínicos, vaporizaciones de hierbas, bolsas de agua caliente, aromáticas «para la mujer», menjurjes, Inositol, cuanto analgésico especializado existe, un desfile de médicos especialistas, y hasta un ritual de útero con la esperanza de volver más llevadero mi diagnóstico de Síndrome Ovárico Poliendocrino Metabólico (SOP).

Hoy, que escribo teniendo mi primer periodo después del ritual y que continúo con los síntomas que me han acompañado toda mi vida, hay una pregunta que no me suelta: ¿Por qué está triste mi útero?

¿Será porque a los cinco años un familiar abusó sexualmente de mí y tuve que compartir espacios con él hasta que me fui de la casa familiar? ¿O porque cuando se lo conté a mi mamá y a mi abuela no hicieron nada? ¿Porque a los veinticinco un “amigo” y compañero de banda abusó de mí mientras dormía, y cuando se lo conté a los demás integrantes solo uno me apoyó y los otros dos respondieron: «ah, ese tipo no ha dejado el vicio» y: «él es mi amigo desde primaria»? ¿Porque muchos aliades al enterarse dieron por mentira lo sucedido? ¿Porque me han llamado «niñita» en tono despectivo y me han minimizado en entornos laborales solo por ser mujer?

¿De pronto porque cada mujer con la que he hablado de violencia sexual tiene su propia historia como víctima? ¿Porque cuando hablo de abuso mi memoria traumática se reactiva y el recuerdo se siente también en el cuerpo? ¿Porque cada mañana me despierto con noticias nuevas de violencia contra las mujeres y debajo de ellas las reacciones se llenan de justificaciones, minimizaciones, cuestionamientos y burlas? ¿Porque denunciar no es fácil en un sistema penal donde, además del escarnio público, hay que soportar la revictimización y la falta de garantías? ¿Porque la medicina femenina sigue siendo extremadamente violenta y no existen estudios suficientes para encontrar tratamientos a los diagnósticos ginecológicos?

¿Tal vez porque hay mujeres que no pueden ejercer sus derechos, y otras que quieren renunciar a ellos tras siglos de lucha? ¿Porque en esta patria milagro las niñas, las familias no tradicionales, los cuerpos diversos, y los derechos de las mujeres solo entran en la agenda política para ser eliminados? ¿Porque, como advirtió Simone de Beauvoir: «bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ponerse en duda, y por eso no hay que darlos nunca por adquiridos, sino permanecer vigilantes toda la vida»?

Podría seguir todo el día con preguntas que intenten explicar por qué mi útero está triste en una sociedad donde las mujeres vivimos, o más bien sobrevivimos, entre violencia sexual y feminicidios que ya son pan de cada día. Y luego toca leer a muchos hombres ofendidos en redes diciendo: «no todos los hombres». El asunto es que todas las mujeres somos víctimas potenciales sin importar el espacio, la edad, la vestimenta, la ocupación… Siempre estamos con miedo a ser presas de esta «sociedad patriarcal, cruel y violenta», como canta Kontra La Pared en su canción Encerrada En Un Cuerpo De Mujer.

Y aunque no encuentro una única respuesta al escribir esto, me queda una certeza: la violencia y lo político atraviesan el cuerpo, las emociones, y el pensamiento, y no es posible separar lo que el sistema nos hace de lo que sentimos en la piel. Quizás necesitemos mostrar más nuestro enojo, ocupar más escenarios históricamente patriarcales, crear más espacios colectivos seguros, o hablar más de lo que nos enseñaron a callar, para soltar lo que está atorado en nuestras carnes. Respondí que sí sin pensarlo en aquel momento porque fue lo único que mi útero pudo decir por sí mismo.

Finalmente, aún no encuentro una solución a mis múltiples síntomas y probablemente mi cuerpo siga hablando por mí. Me quedo con algo que dijo la sacerdotisa en el ritual: «hay que ser amables con nosotras mismas y con el cuerpo que habitamos» no solo por salud física y mental, sino como acto de resistencia frente a un sistema que nos dicta estándares imposibles, nos frustra, y nos obliga a cuestionarnos más a nosotras que a él.

Por: Cherrypunk