Petro es una figura compleja. Para la derecha y el «puro centro», que piensan más desde el clasismo que desde el análisis, no es tanto un adversario sino más un indeseable de la política. Es una figura difícil de asumir. Petro viene de abajo y lo saben: su tono de piel y sus modismos lo revelan. Es una figura popular que se metió con terquedad y voluntad en el seno del país político y lo cuestionó desde dentro.
Con John William Cooke, pensador y militante argentino que abriría paso en los años 60s al «peronismo revolucionario», se hizo famosa la frase «el peronismo es el hecho maldito del país burgués».
El petrismo y el peronismo —del general Juan Domingo Perón en Argentina— no son equivalentes, pero sin lugar a dudas el petrismo es un hecho maldito para el país oligárquico, tanto como el gaitanismo lo fue en su momento. Es el hecho maldito que agrietó, a fuerza de invocación del pueblo y de la opción por los pobres, la estructura cerrada del Estado y del statu quo colombiano.
Igual que las figuras nacionales y populares latinoamericanas, Petro parece ser muchos Petros. En una ocasión dijo ser «progresista, demócrata radical y socialista» [mi Petro favorito], y luego, en otra intervención, dijo no ser de izquierda ni de derecha.
En un momento tiene discursos o trinos que llenan de orgullo, y en otro hace pronunciamientos con los que quisiera ponerme una bolsa de papel en la cabeza. Varias posturas pero un tronco común: que otra Colombia es posible.
Petro llega al final de su mandato. Hoy dará su último discurso oficial como presidente de la República y ese discurso marcará el último sello de esa maldición popular contra el país oligárquico que nos volverá a gobernar.
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Con todo, esa herejía frente al país del milagro terrateniente, narcotraficante y burgués supuso un camino que no se cerrará. Ese afiche y esas pinturas de las caras de presidentes colombianos —siempre blanqueados, a la derecha, de clase alta— se alteraron para siempre. Ese tipo mestizo, de tono tranquilo, contenido pero envalentonado, inteligente pero un poco malhablado, bajó de nuevo la idea de independencia criolla desde arriba y la puso a los pies de los sectores populares y racializados que derramaron su sangre para inaugurar la idea de una república soberana.
No hay una sola historia, ni una sola imágen de la república. James Sanders, en su libro «Republicanos indóciles. Política popular, raza y clase en Colombia, siglo XIX» nos recuerda que respecto a esa idea de República criolla, blanqueada y centralista aprendida en los libros de historia: artesanas y artesanos, mineros afro, indígenas y campesinos también construyeron República, abrieron los estrechos márgenes oligárquicos e incluyeron sus demandas y necesidades.
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Con Gustavo Petro, esa historia republicana de las y los indóciles llegó hasta la presidencia, llegó hasta el recinto del sujeto blanqueado para llenar la Casa de Nariño de sujetos racializados. Esa es una victoria histórica. Y más allá de las fallas, de los éxitos, y del necesario balance político, es una victoria para la memoria de las y los indeseables, de los bastardos de la historia. De las periferias, de los sures, del pueblo que había elegido nuevamente el cambio.
Petro se va de la presidencia, pero sigue en la historia de un país rebelde y radicalmente democrático. Petro se va, pero la lucha por ese país continúa.




