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Revista Hekatombe se autogestiona

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La autogestión es una forma colectiva de producir. Su objetivo no es la acumulación de riqueza y la explotación de otras personas, sino la construcción de las garantías de existencia básicas. Sus valores son el apoyo mutuo y la solidaridad antes que la competencia ciega y el egoísmo.

En Revista Hekatombe elegimos el camino de la autogestión para garantizar nuestro funcionamiento, y poder ser fieles a nuestros principios de ovejas negras. Cuando alguna de las personas que nos leen adquiere uno de los artículos que hacemos, está dando un respaldo directo a nuestra existencia como medio alternativo de comunicación.

En este momento contamos con hekaretablos, agenditas, tulas y cuadernos. Pillen para que se antojen, encuentran por cuánto sale cada cosa. Si les interesa algo pueden escribirnos un mensaje interno a nuestro Facebook, Twitter o Instagram. Siga sin compromiso.

Hekaretablos

Arrancamos vendiendo los HekaRetablos, son grandecitos, resistentes y bien bonitos. Tienen base de madera, miden 35 x 50 cm y valen $38.000 pesos sin incluir el costo de envío.

Estos son: 

Esto tiene solución

Si eres una persona graciosa, aguda, llena de esperanza y te pillas las jugaditas sucias del gobierno, debes tener este retablo en tu pared. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Llena tus paredes de un estilo calle y elegante.

La Pola rebelde

 Si crees en la independencia real, te trama el espionaje y entiendes los múltiples significados de «Pola», así es, necesitas este retablo. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

All power to the people

 Si crees que el poder no debe ser para unos pocos, sino pa’l pueblo, y además tienes mucho estilo, este retablo tiene que estar en tu casa. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

La lucha es larga, comencemos ya

¿Eres de esas personas que creen que para que el amor al prójimo sea eficaz, también tiene que buscar el cambio social? Si es así, pez, comprate este retablo. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Mi patria es el mundo entero

 Si amas la bici y además no copeas de fronteras, ni xenofobias, necesitas este retablo en la cabecera de tu cama. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Pelea como Rosa

Si te apasiona romper cadenas y la política, si te paras reduro contra fachos y traidores de clase, la Rosa maravillosa debe estar en tu casa. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Si no puedo bailar no es mi revolución

La gran Emma Goldman tenía las claridades: organización, formación y obvea, la farra. Si compartes esta filosofía de vida, este retablo fue hecho para ti. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Siempre nea

Si sientes orgullo por ser una nea y no gente de bien, este retablo es para ti. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera. Llena tus paredes de un estilo calle y elegante.

Los siete principios de los pueblos zapatistas

Si crees que los liderazgos deben ser colectivos y te emberraca el autoritarismo venga de donde venga, y cuando piensas en viajes lo primero que te imaginas son las zonas zapatistas de Chiapas, este hekaretablo es para ti. Sale por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Ahora que estamos juntas

Si tienes claro que la policía no nos cuida, pues quienes nos cuidan son nuestras amigas, sales a marchar cada 8 de marzo, 25 de noviembre y lo quemas todo cuando hay un hecho de violencia machista, este hekaretablo es para ti. Sale por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Paulo Freire

Si crees que la educación es fundamental en el camino de la liberación, le escupes a la educación bancaria y autoritaria, este retablo es para tí. Sale por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Tulas Hekatombe

Para no encartarse con esas bolsas enormes y siempre tener estilo, hasta para ir a la tienda, llegan las Tulas Hekatombe, pillen tan bonitas:

No me azare

Si eres una de esas personas que son rayadas y ama a los perritus, gaticus y no copias de opiniones del papa, necesitas esta tula en tu vida. La puedes llevar por tan solo 23 lks, no incluye el costo de envío. Mide 37 x 40 cms aprox.

Si eres una de esas personas que no se deja de nada, ni de nadie, y siempre andas con estilo y flow, necesitas esta tula. La puedes llevar por tan solo 23 lks, no incluye el costo de envío. Mide 37 x 40 cms aprox.

Indomestikable

Si eres una de esas personas que no se deja domesticar de nada, ni de nadie, esta tula es para ti. La puedes llevar por tan solo 23 lks, no incluye el costo de envío. Mide 37 x 40 cms aprox.

Recuerden que para adquirirlos nos pueden escribir por nuestras redes sociales y que nos apoyan con nuestra existencia como medio alternativo de comunicación.

Carta abierta al Congreso: nos preocupa la Reforma Tributaria

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Como parece que el gobierno no tiene ni idea de las necesidades del país y tampoco le interesa solucionarlas (por eso propone IVA a los servicios públicos, a la canasta básica familiar y subsidios miserables), se nos ocurrió enviarle esta carta a las y los congresistas, para que no tengan pierde y sepan que nos preocupa la reforma tributaria y tenemos los ojos puesta sobre ella.

Les proponemos a ustedes que también la firmen, que la rotemos en todo lado. Queremos llegar a 10.000, 100.000 firmas, muchas firmas, para que allá en el Congreso sepan que hay un montón de gente que no va a aceptar que nos dejen más mal de lo que estamos.

Parafraseando a Yu-gi-Oh! “¡Vamos a firmar!”

Carta abierta al Congreso: nos preocupa la Reforma Tributaria

Señoras y señores

Congresistas de la República de Colombia

Las y los abajo firmantes nos dirigimos a ustedes para manifestarles nuestra preocupación por la reforma tributaria radicada por el gobierno nacional, pues claramente demuestra estar completamente desconectada de la realidad del país al buscar asignar a la ciudadanía de a pie la carga tributaria que le corresponde a grandes banqueros, empresarios y terratenientes.

Nos preocupa que esta desconexión con el país se vea reflejada en el Congreso de la República al ser aprobada la reforma tributaria presentada por el gobierno nacional, ya sea con algunos cambios secundarios o tal cual fue radicada. Por eso las y los abajo firmantes nos dirigimos a ustedes, para informarles cuáles son algunas de las medidas que consideramos prioritarias y ustedes tengan claro qué deben proponer y aprobar en los debates de los próximos días:

– Necesitamos renta básica de verdad, no subsidios hiperfocalizados y miserabilistas.
– Los alimentos saludables de la canasta básica familiar deben estar libres de IVA.
– No más inversión en dotación de armas para la fuerza pública.
– No más aumento de salario para las y los congresistas.
– Evaluar y gravar de forma justa los beneficios fiscales de las grandes empresas y de la banca.
– Son urgentes los subsidios a las Mypimes ya sea que estén formalizadas o no.
– Carga tributaria acorde a las grandes fortunas de los ricos y superricos.

Decimos esto porque sabemos que existen otras formas para tapar el hueco fiscal resultado de la no muy buena administración de los recursos del país, por ejemplo, con medidas como impuestos a las bebidas azucaradas, o a las iglesias, entre otros.

También queremos que sepan, que las personas abajo firmantes estaremos muy pendientes de los debates en comisiones, en plenaria, de las proposiciones que presenten, de sus argumentos para defender o no las medidas propuestas por el gobierno y procuraremos darlas a conocer a nuestras familias y amigos, para que tengan presente esta información a la hora de votar en las próximas elecciones, cumpliendo nuestro deber democrático como ciudadanos y ciudadanas.

Cordialmente,

Firme aquí.

Gracias por la firma y el enlace para rotar con las amistades para invitarlas a que firmen es este: https://forms.gle/kc5yzrhPA7pbQzeY6

¡Feliz día profes! Peeroo

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Hoy es un día para recordar cómo se iluminan las caras de nuestras estudiantes cuando se apropian de un tema, el agradecimiento porque les gustó el libro que se les recomendó, las carcajadas en el salón de clase, los saludos en los pasillos, la emoción que les causa corcharnos.

También para evaluar lo que se hace y cómo se hace. Si estamos buscando entender sus preocupaciones e intereses o meterlos en nuestros moldes conservadores; si las clases las pensamos para ellos y ellas o si son para cumplir con sílabos que parecen camisas de fuerza.

Para preguntarnos si estamos haciendo resistencia en el aula de clase o estamos cumpliendo con lo que el neoliberalismo nos exige. Para ver qué tipo de violencias estamos reproduciendo con nuestras y nuestros compañeros de trabajo, otros profes, equipos administrativos y con estudiantes.

Para ver si caímos en el afán de los puntos o si estamos haciéndonos preguntas que realmente contribuyan a la profundización de la democracia y a que nuestras y nuestros estudiantes tengan un presente y un futuro con dignidad.

También para que quienes se están formando en la labor docente se exijan disciplina y rigor, porque calle ya tenemos y a esa calle le falta academia. 

¡Feliz día profes, un abrazo, vamos por la tarifa estudiantil y viva la educación pública!

BibloRed: la sinfonía del silencio que los datos no muestran

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La Red de Bibliotecas Públicas de Bogotá es un proyecto cultural fundamental para la ciudad. Precisamente por eso, las críticas que hoy surgen no buscan atacarla ni desinformar, sino defenderla desde la experiencia de quienes la sostienen.

El problema no es la Red. El problema es cómo se está gestionando.

Hoy existe un malestar real en el talento humano: situaciones de hostigamiento, persecución laboral y silenciamiento de la crítica que provienen tanto desde la Dirección de Lectura y Bibliotecas como desde algunas coordinaciones —algunas de ellas señaladas y denunciadas por posibles casos de acoso, sin que hasta ahora se evidencien respuestas claras o acciones efectivas frente a estas situaciones. No es aceptable que se sugiera que quien se queja “mejor renuncie”. Eso contradice el sentido mismo de lo público y del pensamiento crítico que las bibliotecas promueven.

La Dirección responde con cifras, metas y logros, pero evita hablar de lo esencial: las condiciones internas, la sobrecarga laboral y el desgaste de los equipos. Se habla de crecimiento, pero no de las personas que lo hacen posible.

A esto se suma una preocupación por la falta de planificación.
Si desde 2025 se conocía una reducción presupuestal, ¿por qué no se priorizó la sostenibilidad del equipo humano y de la infraestructura existente?

En ese mismo sentido, surge una pregunta legítima:
¿era pertinente destinar recursos al Encuentro de Ciudades 2025 —con logística para cerca de 300 invitados internacionales y un amplio despliegue institucional— cuando ya se conocía el escenario de recorte? En esa misma línea, también es necesario revisar la priorización de otros eventos e iniciativas como el Festival Reverso, el concurso de violín y analizar el impacto real de programas como Barrios Vivos. No se trata de cuestionar su valor cultural, sino de evaluar con seriedad su alcance, pertinencia y sostenibilidad en un contexto de restricción presupuestal.

También hay vacíos que deben aclararse, como lo ocurrido con la Biblioteca Pública La Giralda: ¿por qué ciertos cargos siguieron apareciendo en pliegos y en el esquema operativo si no correspondían a la realidad? En lo público, estas inconsistencias requieren explicaciones claras.

Se suma además la percepción de prácticas de contratación que deben ser transparentes y verificables, basadas en mérito y no en cercanías.

Y hay un tema clave: la comunicación institucional.
El área de comunicaciones no está visibilizando de manera equilibrada los procesos reales de las bibliotecas locales; privilegia ciertos contenidos y deja por fuera el trabajo territorial. Además, se ha transmitido la idea de que los canales como WhatsApp deben ser controlados exclusivamente por esa área, desconociendo el derecho de la ciudadanía a organizarse y generar comunidad alrededor de las bibliotecas.

A esto se suma otro ejemplo preocupante: la reactivación del préstamo a domicilio anunciada públicamente sin explicar que, en muchos casos, recaerá en una sola persona por biblioteca mayor. Tampoco se ha dicho cómo se sostendrá el servicio en medio de la reducción de equipos. Esto plantea dudas sobre tiempos de respuesta, condiciones laborales y viabilidad real.

Pero hay algo aún más evidente: el estado de la infraestructura.
Las bibliotecas están claramente afectadas. No es una acusación infundada: hay goteras, grietas, deterioro y falta de recursos básicos. Basta con que las autoridades visiten los espacios —especialmente en días de lluvia— para evidenciar la falta de inversión y el abandono en el mantenimiento.

Cuando se privilegia el anuncio, la visibilidad o el evento sobre la sostenibilidad, se corre el riesgo de caer en decisiones más mediáticas que estructurales.

Defender la Red no es repetir sus logros. Es garantizar su sostenibilidad ética, laboral y humana.
Las bibliotecas no son solo infraestructura o indicadores. Son, ante todo, las personas que las hacen posibles.

Si realmente se quiere fortalecer BibloRed, el primer paso no es desestimar las críticas, sino escucharlas y responderlas con seriedad.

Pero, además, ese fortalecimiento debería pasar por la revisión de acciones contundentes a mediano y largo plazo, a partir de preguntas que tienen un efecto en la dimensión estructural como ¿La tercerización del servicio está garantizado adecuadamente los derechos de las y los trabajadores de las bibliotecas y de la ciudadanía que es usuaria de las mismas? ¿No se debería contemplar un vínculo directo atado a la política pública con contrataciones de planta? ¿Hasta cuándo se van a pensar las bibliotecas públicas como eventos aislados y no como una red humana de cultura, conocimiento y construcción de comunidad?

Manifiesto derechista

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¿Será posible construir una defensa a los valores neoliberales y de ultraderecha? ¿Será viable una argumentación a ultranza con el propósito de sustentar aquellos ideales capitalistas que tanto ensalzan las añoranzas de algunos y crispan los pensamientos de otros? Procuremos en la medida de lo posible, hacer un potencial sustento a tan feroz despropósito, recordando que inexorablemente, ha sido una realidad inmutable en los últimos siglos y que, como diría el gran Philip K. Dick, “la realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ella, no desaparece”. El lema de la famosísima doctrina Monroe de 1823, “América para los americanos”, nos asienta en aquella necesidad, ajena por supuesto, de asumir una postura ideológica clave para los bellos propósitos del país del norte. El capitalismo gringo y su intervencionismo, minaría la economía y cultura de sus vecinos geográficos. Porque ¿Quién no sueña con una gran casa con antejardín, dos rollizos y rosados hijitos, preferiblemente niño y niña, un hermoso perro, comidas familiares, una abnegada y devota esposa, valores conservadores y la firme percepción de que entregar tu vida a una empresa te hará abrazar la más cálida felicidad? Pues bien, todos estos patrones los ha ceñido nuestra docta élite criolla y los ha adaptado a tan tropicales latitudes como la nuestra. Demos inicio a tan compleja, pero férrea defensa:

Mentirillas piadosas:

¿Qué de malo hay en lanzar una que otra falacia leve con tal de afianzar nuestra postura y protagonismo? Emitir discursos sin ningún sustento objetivo no tiene nada de malo. Recordemos aquel hecho histórico en donde Estados Unidos incursionó en Irak bajo el argumento del armamento nuclear y al no encontrar nada, simplemente nos mostraron que es mejor estar bajo el amparo moral occidental y no frente a la monstruosidad de medio oriente. Y si hablamos del presunto Cartel de los Soles bajo la tutela del ahora preso Nicolás Maduro, nos encontraríamos con otro rollo similar. Estas tenues mentiras, o bueno, llamémosle perspectivas, son las que construyen los imaginarios de justicia y libertad. Estamos acá firmes y con un gran corazón para retornar a los valores de antaño. Tengamos muy en cuenta que los sucesos históricos no existen hasta que los reconstruimos desde nuestro lenguaje. Criticando al sociólogo mamerto de Zygmunt Bauman, a razón de Walter benjamín, cuando nos habla de la era de la nostalgia, haciendo referencia al Angelus Novus de Paul Klee, enunciando: “El rostro del Ángel de la Historia está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de hechos, él ve una catástrofe única que no cesa de amontonar escombros que aquella va arrojando a sus pies. Al ángel le gustaría quedarse, despertar a los muertos y recomponer lo que ha quedado reducido a pedazos” (Bauman 11).

¿Nos habla desde una generalidad histórica? De ser así, aquellos muertos que debería traer a la vida, tendrían que ser patriotas del talante de un Franco, Pinochet o Videla. Borrar cualquier vestigio de comunismo, feminismo o derechos de aquellos que llaman fundamentales, que van en contra de la maquinaria productiva y económica. Estos buenos muchachos, lucharon por el progreso y la defensa de los valores probos de su territorio. A estas lumbreras, se suman las nuestras. Aquellas que desean dividir territorios en nativos y colonos, instaurar nuevas autodefensas, regalar bates a los ciudadanos y demás virtudes que estén al alcance en pro de la protección neoliberal y lo que entendemos por libertad. En última instancia, las mentirillas son en beneficio del pueblo que heredará nuestros valores. Recuerden que toda tiranía es inhumana si no es de derecha.

Guerras necesarias:

¿Chumbimba o no chumbimba? Ya saben mijitos lo que vamos a elegir. Obviamente chumbimba. Porque está en nuestra sangre la necesidad de violencia. No hay que estigmatizar lo que una buena guerrita hace para nuestros beneficios. Aquí entre nos, eso del enemigo interno ha sido muy rentable. Desestimar el miedo como retórica necesaria no es negocio, los habitantes lo precisan, es más ¡Lo exigen! Es la estrategia de producción más rentable. Al ser la derecha el orden natural (recordemos que hasta algunos curas de nuestro país lo sustentan) hemos sido elegidos como generales para librar estas grandes batallas. Desde las más físicas, hasta las más ideológicas y culturales. Inmortalicemos lo que uno de nuestros gurús intelectuales, Agustincito Laje, ha escrito: “Hay que regresar un momento al ethos de la Ilustración para comprender mejor esta acepción de cultura. El proyecto ilustrado postulaba la emancipación del hombre como una función del conocimiento. Su vocación universal demandaba una expansión cultural con los elegidos como agentes de transformación” (Laje 19). Resonemos con fuerza esa expresión de elegidos, independientemente sea correcto el término para el contexto (en últimas la derecha nunca se equivoca). Somos ahora los ultra-ilustrados, una casta de cruzados que batalla en contra de la anomalía zurda. Recuerda, las guerras no son malas si estás en el bando correcto.    

Adulación en su justa medida:

Odiamos que nos digan mamarrachos ideológicos. El espectáculo y el performance es vital. Puede que saltemos como perritos entrenados o como monitos de circo frente a las grandes potencias occidentales, pero es con un claro propósito: obtener la legitimación de estados neoliberales, entregados a las delicias económicas capitalistas y de puertas abiertas a fungir como patio trasero o remedo experimental a cuál fuere el nuevo proyecto exhibicionista de nuestro amo. Recordemos El Escudo de las Américas o El Plan Colombia. Es una relación algo injusta, pero, tengan fe en nosotros, vale la pena. Sus aquí servidores se han beneficiado con estos lazos, perdón, el país se ha beneficiado con estas conexiones y vemos con tristeza como la izquierda y el progresismo perturban nuestro proceder. Las relaciones horizontales no son siempre lo más pertinente. Recuerden mijitos, el que no llora, no mama.

Referencias

Bauman, Zygmunt (2017). Retrotopía. Editorial Paidós, Barcelona

Laje, Agustín (2022). La Batalla Cultural, Reflexiones Críticas Para Una Nueva Derecha. Editorial Sekotia, España

Nota 1: Roland Barthes alguna vez habló del grado cero de la escritura. En efecto es imposible construir cualquier tipo de texto a las luces de una neutralidad radical. En este sentido dejo manifiesto lo complejo que es defender lo indefendible. Los antivalores conservadores y de derecha son tarea imposible de sustentar, teniendo en cuenta que más del 90% pertenecemos a la clase trabajadora.

Nota 2: Me sentí sucio al poner una cita de Agustín Laje.

Hasta dónde llega la clase

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Los modos centristas y reduccionistas de concebir
la naturaleza como Otro aún prosperan.
Al igual que las configuraciones conceptuales
que caracterizan el tratamiento de las colonias humanas,
las formas de producir la otredad sobre lo no humano
que le subyacen son precursoras
de muchas formas de injusticias
en nuestras relaciones con no humanos
Val Plumwood

El viacrucis que sube hacia Cerro Seco se hace desde mediados de los años ochenta. El viernes 3 de abril, en plena Semana Santa de 2026 volvía a repetirse ese recorrido que la gente ha sostenido durante décadas, año tras año, avanzando hasta un mismo punto, el Palo del Ahorcado, ubicado en el sector de Potosí, en Ciudad Bolívar. Nosotras llegamos con una intención concreta, queríamos conocer ese árbol; habíamos oído de él, de lo que significa para quienes habitan ese borde sur de la ciudad, sabíamos que todo empezaba en la parroquia Nueva Candelaria y que la caminata llevaba hacia arriba, hacia el cerro.

Hacía más de treinta años no iba a un viacrucis. Pensaba que recordaba de qué se trataba, pero no. O tal vez sí, en todo caso, lo que encontré no era solo eso. La gente se fue organizando sin mucha indicación. Se saludaban, compraban algo para el camino, se acomodaban. Cuando empezó a moverse todo, simplemente nos ubicamos delante de quienes cargaban la cruz, registrando lo que pasaba, viendo cómo se iba armando ese flujo de gente que avanzaba sin pausa, pero sin prisa.

Foto de Hanna Thiesing

Las estaciones fueron apareciendo una tras otra, trece, conté. Entre cada una, el trayecto, subir, parar, escuchar, seguir; familias completas, niñxs, gente mayor, vendedores, mucha comida en el camino. El ambiente no era únicamente solemne sino una mezcla, había recogimiento por momentos, pero también conversación, risas, encuentros; más allá de lo religioso había algo festivo, o tal vez lo religioso también es festivo. Tampoco era una escena cerrada, era un movimiento atravesado por la vida cotidiana, por la costumbre de estar con otrxs, por el hecho de que la fe, cuando se encarna en un barrio, no se separa limpiamente del mercado improvisado, de la vida familiar, del paseo, del cansancio, del almuerzo pendiente.

Antes de empezar, el cura le cambió el nombre al Palo del Ahorcado y lo llamó árbol de la vida. Por lo visto, la parroquia insiste en mover ese nombre, en desplazarlo, en decirlo de otra manera. Pero lo que sostenía el recorrido no se dejaba encerrar del todo en ese gesto. Había algo que desbordaba lo estrictamente cristiano, un gesto pagano que se colaba sin pedir permiso, un sincretismo vivido más que explicado; rezar y comer, cargar la cruz y conversar, detenerse en una estación y luego seguir. Y al final, subir hasta el árbol, dejar una cruz, intencionar algo. No se trata de oponer lo cristiano a lo pagano, sino de quedarse en esa mezcla, en esa forma de religiosidad que no expulsa del todo otras maneras de relacionarse con un lugar, con el cerro, con el árbol, con ese resto de montaña que también es memoria.

Esa era la idea, no obstante, fue ejecutada a medias: el árbol está cercado, custodiado tras recientemente sufrir un atentado en el que alguien intentó quemarlo, así que la cercanía buscada para intencionar el crucifijo ya no fue tan simple. No es solo tocar el tronco y quedarse, es acercarse a algo que también está en riesgo, a algo que ha sido violentado. Esa distancia forzada modifica la escena, porque el gesto de dejar una cruz ya no ocurre frente a una presencia disponible sino frente a un cuerpo herido, separado por una protección que, aunque necesaria, recuerda el daño.

El Palo del Ahorcado, en la cima de Cerro Seco, no es solo un árbol. Es el único eucalipto que se levanta en esa montaña y con el tiempo se volvió un punto donde se condensan trayectorias de vida, formas de habitar ese borde sur de la ciudad. Ahí se cruzan historias de migración, de autoconstrucción, de vecindad, de organización, de luchas sociales y ambientales. No es solo un elemento natural sino un lugar cargado de sentido, un nodo donde se sostiene un tejido comunitario que lo vuelve importante para quienes viven allí y para la ciudad misma. La propia administración distrital lo ha reconocido como referente natural, simbólico y cultural, y el predio donde está fue declarado Bien de Interés Cultural en 2023.

Foto de Hanna Thiesing

No está ahí como algo dado. Se ha ido haciendo con el tiempo, con la gente que lo nombra, que lo cuida, que lo defiende, con lo que pasa en ese cerro. Es un lugar atravesado por memorias y conflictos, por formas concretas de habitar. No es paisaje, es relación.

Y, sin embargo, en medio de ese ambiente que podría leerse como festivo, hubo dos cosas que me impresionaron. La primera tiene que ver con la situación política del árbol. Está cercado después del atentado, pero además ahora está siendo intervenido. El Jardín Botánico llegó, evaluó su estado, identificó daños internos y empezó a intervenirlo aplicó tratamientos, seguimiento y medidas de protección. Las acciones oficiales incluyen visitas técnicas desde febrero, tratamientos de sanidad vegetal, tomografía sónica, escaneo de raíces, endoterapia, fertilización y cerramiento perimetral.

Pero ese cuidado no borra la violencia, el árbol sigue siendo un cuerpo expuesto, herido, atravesado por un intento de destrucción que no es solo biológico sino territorial. Que el Estado llegue después no cancela el hecho de que alguien quiso incendiarlo. Que existan técnicos, diagnósticos y protocolos no elimina lo que revela el ataque: que ese lugar está en disputa, que ese árbol incomoda, que la montaña no está por fuera de la codicia urbana.

La segunda tiene que ver con su capacidad de convocatoria. El árbol no solo reunió a quienes hacían el viacrucis sino también a quienes estaban allí para otra cosa. Un colectivo gritaba: “quemaron nuestro árbol, quieren llenar la montaña de casas”. No era una frase cualquiera. Ahí había una lectura clara de lo que está pasando, la presión de las constructoras, el avance de proyectos inmobiliarios que ven en ese cerro una oportunidad de expansión, no un territorio con memoria, con prácticas, con vida. La escena no era homogénea, estaba atravesada por esa tensión, por la defensa de un lugar frente a una lógica que busca transformarlo en mercancía.

Y ahí, justo ahí, la pregunta por la clase aparece con toda su fuerza.

Porque basta moverse dentro de la misma ciudad para notar que no todos los árboles viven lo mismo. En el norte de Bogotá, en la intersección de la calle 77 con carrera 9, está el Nogal. Ese árbol está custodiado por una reja; esa imagen basta para entenderlo todo. Un árbol cercado para protegerlo, vigilado, cuidado, sostenido. Un árbol que ha sobrevivido más de dos siglos no por una supuesta fortaleza natural sino por decisiones humanas: intervenciones, tratamientos, acompañamiento institucional, recursos técnicos, voluntad política. Su supervivencia no se explica por azar ni solo por la especie, sino por una red de instituciones urbanas, decisiones políticas y factores técnicos; además, en torno suyo se han movilizado recursos económicos e influencias políticas para sostenerlo.

No es un árbol que resiste. Es un árbol al que hacen resistir.

Y aquí vale la pena demorarse un poco más, porque el contraste no es menor. El Nogal no solo está en el norte, está en una zona históricamente asociada al privilegio, a la concentración de capital, a la protección del valor urbano. No es un detalle ornamental que el barrio lleve su nombre, ni que ese árbol se haya vuelto emblema del sector; tampoco es casual que haya sido objeto de cirugías y tratamientos cuando mostró signos de agotamiento. En el fanzine Plantas de Ciudad, Monika Bock propone leer el Nogal como un árbol que condensa dos historias a la vez, la del maltrato y la del privilegio. Y justamente ahí está la clave, no se trata solo de que lo cuiden, sino del tipo de mundo que se organiza alrededor de ese cuidado.

Porque mientras el Palo del Ahorcado, en Cerro Seco, es cercado después de ser atacado y depende de la defensa comunitaria frente a la presión de las constructoras, el Nogal permanece protegido tras una reja, sostenido por una red de cuidado que no está disponible para todos los territorios. Uno es intervenido después del daño. El otro es intervenido para evitarlo. Uno es defendido. El otro es protegido.

No es la especie, es la clase. La diferencia está en los mundos que los sostienen. Un árbol que es quemado, cercado y disputado; otro al que se le prolonga la vida con recursos, saberes técnicos y vigilancia constante. Un árbol que activa la memoria barrial y la defensa del cerro; otro que concentra afecto vecinal, cuidado institucional y una voluntad fuerte de conservación en una zona privilegiada. El Nogal condensa privilegio. El Palo del Ahorcado, lucha.

Y esto no quiere decir, de manera simplista, que uno merezca menos cuidado que el otro. Justamente ahí está el problema. No se trata de oponer el cuidado al abandono como si la solución fuera dejar caer al Nogal para igualar la balanza. Lo que inquieta es otra cosa, que las formas del cuidado estén también distribuidas de manera desigual, que incluso eso que llamamos naturaleza quede capturado por marcas de clase, por geografías del privilegio, por una ciudad que decide dónde la protección se vuelve costumbre y dónde llega tarde, cuando ya hubo fuego.

La ciudad también decide cómo viven los árboles. Decide qué vidas vegetales importan como patrimonio estable y cuáles solo se vuelven urgentes cuando están a punto de perderse. Decide dónde una reja significa protección y dónde significa herida. Decide en qué lugares la memoria se conserva con recursos y en cuáles debe sostenerse a pulso, con consignas, con presencia, con defensa territorial.

El viacrucis entonces no era solo el recorrido de un cuerpo cargando una cruz. Era también el de esos otros cuerpos, árboles, cerros, barrios, que cargan con decisiones que no tomaron. Era el recorrido por una ciudad donde la desigualdad no solo organiza viviendas, ingresos y accesos, sino también las formas en que se cuida o se deja expuesta la vida no humana.

Y la caminata no terminaba arriba, en el árbol. Sigue en esa pregunta que insiste, que incomoda, que no se deja cerrar: ¿hasta dónde llega la clase?

Referencias

Val Plumwood. “Descolonizar las relaciones con la naturaleza”. En: William M. Adams y Martin Mulligan (eds.), Decolonizing Nature: Strategies for Conservation in a Post-colonial Era. Londres: Earthscan, 2003. Traducción de Nicolás Pradilla, Proyecto t-e-e.org.

Monika Bock. “El Nogal”. En: Plantas de Ciudad. Fanzine colectivo. himpar editores

Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis. “Historias del verde urbano: el rescate del Palo del Ahorcado”.
https://jbb.gov.co/historias-del-verde-urbano-el-rescate-del-ahorcado/

 Observatorio Ambiental de Bogotá. “El Nogal: un árbol histórico en problemas”.
https://oab.ambientebogota.gov.co/el-nogal-un-arbol-historico-en-problemas/

De Maquiavelo valluno a príncipe sin reino fijo: la victoria pírrica de Roy Barreras

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Por: Héctor Miguel López Castrillón

Aunque Roy Barreras nació en el Valle del Cauca logró posicionarse como un príncipe sin reino fijo. Su presencia en la arena política nacional es permanente y ruidosa, incluso cuando está ausente y silencioso. Rapaz, delicado y contundente; uno de los fenómenos políticos de la historia reciente de Colombia. ¡No es un outsider, sino un insider!

Este Maquiavelo del trópico amerita al menos una reflexión, aunque no tan profunda como yo quisiera. A mi me alegró sobremanera que Petro le haya pedido ayuda a Benedetti en el preciso instante en que el Gobierno del Cambio parecía naufragar, pues con ello les mostró a sus electores algo que parecía ocultarse tras bambalinas: las izquierdas también pactan, negocian, conspiran y cometen prácticas de clientelismo. No es un secreto que el éxito presidencial de Petro se debió —entre otros factores— a que su campaña supo disputarle al uribismo en sus propios terrenos y límites éticos, a diferencia del exsenador Jorge Enrique Robledo que se autoexilió en el mausoleo de la coherencia moral.

Al contrario, Roy Barreras está a un nivel de maniobra que debemos tratar de comprender. Médico de profesión con estudios en sociología, derecho, administración y literatura hispanoamericana. Comenzó su trayectoria en las juventudes galanistas vinculadas al Nuevo Liberalismo, pero se lanzó a la Gobernación del Valle del Cauca en el 2000 por Cambio Radical. Llegó a la Cámara de Representantes en 2006 por el Partido Liberal que posteriormente abandonaría para integrarse al Partido de la U en pleno auge del uribismo. Esta maniobra no debe interpretarse como un simple cambio de camiseta sino como una lectura muy astuta del centro de gravedad del poder, pues le permitió anticipar la pérdida de protagonismo que tendría el liberalismo.  

Entre 2010 y 2018 Barreras se consolidó como uno de los principales escuderos del presidente Juan Manuel Santos como senador del Partido de la U y promotor del proceso de paz con las FARC. Sus acciones lo llevaron a la presidencia del Senado en 2016, año crucial en la implementación legislativa del acuerdo. Roy logró pasar de uribista a arquitecto parlamentario de la paz de Santos sin perder centralidad, lo que le permitió mantener su liderazgo en un partido fracturado entre santistas y uribistas. 

Así como saldría de Cambio Radical por tensiones internas y su cercanía con el santismo, Barreras generó las condiciones para alejarse gradualmente del Partido de la U desde 2012. Sus deslizamientos entre facciones, alianzas y partidos no son ideológicos sino tácticos, pues su método consiste en convertirse indispensable en momentos de crisis para luego mutar sin desaparecer por completo. De este modo, impulsó la creación de “La Fuerza de la Paz” que le funcionaría de vehículo político para acercarse a Gustavo Petro en torno a la implementación del Acuerdo de Paz en 2022.

Una de sus jugadas más importantes durante este periodo fue concebir el Congreso de la República como un teatro de poder y no una tribuna moral, convirtiéndose en jefe del debate parlamentario en la campaña presidencial que llevaría a Petro al éxito, estableciendo puentes con sectores políticos tradicionales que desconfiaban del candidato por su pasado exguerrillero. Incluso, Roy presidió el Senado al inicio del gobierno del cambio como pieza clave en la defensa de varias reformas. Este Tomás Moro vallecaucano, autor de al menos 8 libros como La Paz: dos versiones encontradas (2016) y El Culo de Antanas (2018), supo comprender algo fundamental: Petro necesitaba un operador proveniente del establecimiento para poder tranquilizar al propio establecimiento.

Desde 2023 hasta la actualidad, Barreras ha tenido dificultades para poder catapultar su figura más allá del congreso. El Consejo de Estado anuló su elección por doble militancia, luego salió del Congreso y, finalmente, fue designado embajador de Colombia en el Reino Unido, encargo diplomático que lo mantuvo fuera del país, pero sincronizado con el radar del poder político.

El proceso electoral que estamos presenciando ha representado una pérdida de legitimidad estrepitosa para Roy, a tal punto que él mismo definió sus resultados en la consulta como una “Victoria Pírrica” (Caracol Radio, 2026), recordando aquel famoso episodio del Rey Pirro de Epiro que logró vencer a los ejércitos romanos en Asculum (279 a.C). Pirro descubrió que el triunfo lo había dejado arruinado, sin armas, sin hombres, sin recursos y sin ninguna posibilidad de defender su reino de otra arremetida romana, por ello envió a un consejero a negociar con el Senado Romano la posibilidad de una posible tregua que fue denegada. Pirro sería aplastado con posterioridad en otra batalla. 

Barreras le atribuyó al presidente Petro la responsabilidad de su triunfo ruinoso, acusándolo de liderar una campaña de desprestigio en contra de las consultas como mecanismos democráticos. Su maquinaria electoral sustentada en redes de clientelismo y clanes familiares arrojó resultados irrisorios en sitios clave como la Costa Caribe y Córdoba (La Silla Vacía, 2026). Tan difícil es esta situación para Roy que su propio movimiento perderá la personería jurídica a partir de julio.

La victoria pírrica de este Maquiavelo del Zaperoco y el aborrajado, me recuerda una máxima de dicho pensador florentino: “El príncipe que promueve el engrandecimiento de otros labra su propia ruina”. Gustavo Petro, ascendido al trono de la mano de Roy, observa hoy desde las alturas al sepulturero de La Fuerza marcando la lápida con 257.000 ánimas que votaron por su líder. Y aunque Petro probablemente siente satisfacción frente a la terquedad de su antiguo escudero, hoy lo invade la misma incertidumbre mía, una extraña sensación de que Roy como el resucitado entre los muertos en Betania, puede levantarse en cualquier momento del sepulcro para seguir moviendo sus hilos.   

Referencias

Caracol Radio, “Hay que reconocerlo, es un triunfo pírrico: Roy Barreras por victoria en consulta”, 9 de marzo de 2026,

La Silla Vacía, “La maquinaria falló: Roy avanza con serias quemaduras a primera vuelta”, 19 de marzo de 2026,

Por: Héctor Miguel López Castrillón. Candidato a Doctor en Estudios Políticos (Universidad Externado de Colombia). Maestro en Estudios Históricos (Universidad Autónoma de Querétaro). Historiador (Universidad de Caldas).

“¿Por qué no denunciaron antes?”: crónica de la tortura de decir algo frente a la violencia

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¿Pasaron 10 años y apenas denunció? ¿y por qué no lo dijo antes? ¡Qué casualidad que justo ahora quiera decir algo! La época que habitamos hace que con cada acontecimiento social y político nos veamos forzadxs a opinar algo. Hay muchos memes que lo retratan mejor que yo: “ayer era experto en Palestina y ahora soy experto en Irán”. Y es que el problema no es que digamos algo, finalmente es un avance que hoy tomemos posición sobre lo que nos pasa. Lo que sí resulta problemático es que sin tener ni una mínima idea informada sobre algo, opinemos para descalificar a quienes deciden hacer algo, anulándoles o pidiéndoles silencio.

Esta semana ya nos olvidamos de Palestina, de Irán, de las acciones de Trump y Netanyahu, así como de los asesinatos sistemáticos que están ocurriéndole a nuestras compañeras/os trans en Colombia, y menos está en nuestro panorama el peligro que significa Kast con sus primeras nefastas decisiones en Chile o el cumplimiento de los 50 años del golpe que llevó a la dictadura cívico-militar en Argentina dejando más de 30 mil personas desaparecidas. 

Hoy la atención pública está puesta en Ricardo Orrego y Jorge Alfredo Vargas, tras las denuncias de acoso sexual visibilizadas por mujeres valiosas. Y vuelven los “expertos en nada” a cuestionar a las denunciantes por el tiempo que tardaron en sacar estas violencias a la luz. Lo grave aquí no es la violencia, ni su carácter estructural y sistemático, ni el abuso de poder en los escenarios laborales. Lo fundamental, para muchos, es la reputación de los periodistas y el tiempo de las víctimas.

Yo pregunto: ¿han vivido ustedes una situación de violencia basada en género? ¿La ha sufrido alguien cercano? ¿Qué hicieron al respecto? ¿Qué postura adoptan cuando descubren que un amigo, un vecino, un jefe o alguien cercano ejerce violencia? ¿Saben lo que eso implica? ¿O hablan desde la cómoda distancia del espectador que califica la obra desde la última fila?

Les comparto un ejemplo concreto. En frente de donde vivo hace unos meses, vive un tipo joven que se masturba en su ventana cada semana. Abre las cortinas de par en par, abre el vidrio de su ventana y saca su pene mientras está completamente desnudo para que quienes estamos cerca veamos su práctica. He llamado incontables veces a la policía, he pedido apoyo con abogadas conocidas, he denunciado ante las entidades competentes en la Alcaldía de Manizales y otros escenarios institucionales. Llevo media vida trabajando en estos temas, así que conozco las redes, privilegio que no todas tienen en este país. Aun así, no he logrado absolutamente NADA. Las instituciones concluyen que no pueden hacer nada porque el tipo hace esto dentro de su vivienda, y que lo mejor que puedo hacer, es poner la denuncia a nombre propio en la fiscalía. Ni siquiera importa que vivamos cerca de un colegio y de una universidad. No se puede hacer nada.

¿Ustedes saben lo que implica denunciar pública o institucionalmente a alguien? ¿se han expuesto a eso? Una de las últimas veces que visibilicé una denuncia frente a un profesor universitario que tenía distintas denuncias formales por sus conductas violentas hacia estudiantes terminé con una demanda por injuria y calumnia que aún se está tramitando. Dudo que la gente que comenta quejándose por la demora de las víctimas en denunciar me vaya a pagar la abogada que necesito para salir bien librada de este proceso. ¿Saben por qué me pasó eso? Porque denuncié, porque lo hice de inmediato, porque no demoré, porque decidí actuar.

El señalamiento de la lentitud temporal para las denuncias opera en las mujeres y demás poblaciones históricamente oprimidas como una pedagogía de la crueldad, concepto propuesto por Rita Laura Segato (2018). Para la autora “la repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora. La crueldad habitual es directamente proporcional a formas de gozo narcisístico y consumista, y al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensibilización al sufrimiento de los otros” (p. 11).

Nos hemos acostumbrado tanto a ese paisaje depredador que la gran preocupación es la rapidez de respuesta de las víctimas. ¡Increíble que ese pájaro no haya visto al gato que lo iba a matar! ¡Increíble que esa practicante no haya denunciado el acoso de su profesor del que dependía su graduación! ¡Increíble que esa presentadora no haya hablado en diez años en un mundo donde la reputación define tu contrato! Toda la vida me dijeron que calladita me veía más bonita, pero cuando denuncio me dicen que llegué tarde a la carrera por la justicia.

Mi invitación es sencilla: reconozca el profundo valor del silencio cuando las víctimas necesitan ser escuchadas, reconocidas y comprendidas, pero también que sus casos tengan consecuencias. Si su única pregunta es por la rapidez o lentitud de la denuncia, guárdela para su biblioteca de curiosidades. Si no va a aportar nada útil para esclarecer el caso y lograr justicia, mejor hágase a un lado: lo único que consigue es convertirse en pedagogo de la crueldad, o pedagoga, porque además hay filas inmensas de mujeres listas para tirar la primera piedra.

Pero ¿sabe qué es lo mejor que podría hacer? No dejarnos solas en este camino tortuoso de denunciar la violencia, que termina dejando efectos peor de violentos en las denunciantes y no en quienes cometen los actos. “¿Cómo entonces concebir y diseñar contra pedagogías capaces de rescatar una sensibilidad y vincularidad que puedan oponerse a las presiones de la época y, sobre todo, que permitan visualizar caminos alternativos?”, se pregunta Segato (p. 14). ¿Usted en qué está apoyando para que esto sea posible?

Referencia

Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.

Preguntas de un pueblo que no olvida

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Durante su exilio en Dinamarca, en 1935, Bertolt Brecht se preguntó por una ausencia inquietante: ¿cómo era posible que en Svendborg, el lugar que lo acogía, no existiera memoria alguna de los mineros que habían levantado, con su trabajo y su vida, aquel pueblo próspero y aristocrático? De esa grieta en la historia nació Preguntas de un obrero que lee, una reflexión profundamente dialéctica sobre la disputa por la memoria, sobre quién narra la historia y a quién se le arrebata su lugar en ella.

Hoy retomo ese gesto incómodo de preguntar. Lo hago cada vez que, en medio del ruido de las campañas, emerge ese discurso que insiste en reescribir el pasado para legitimarse en el presente. Pregunto, entonces, no solo por lo que se dice, sino por lo que se oculta; no solo por quienes hablan, sino, sobre todo, por quienes han sido silenciados y pregunto como acto de resistencia para no repetir el miedo.

Aquí están las preguntas del Pueblo que no olvida

¿Con qué moral se erigen jueces
quienes gobernaron entre sombras,
para señalar hoy el gobierno de Gustavo Petro?

Si cuestionar es un acto de moral,
¿dónde estaba esa moral cuando el país vivía en el horror?
¿Dónde estaba la indignación?

¿Quiénes construyeron la historia oficial
que hoy pretenden defender como verdad?
¿No fue acaso tejida entre pactos
de élites liberales y conservadoras
que se turnaron el país como herencia?

¿Quién diseñó este sistema de salud
que hoy llaman “crisis”?
¿No es acaso un monstruo creado
por quienes ahora fingen escándalo?

¿Quién alimentó el paramilitarismo
mientras hablaba de democracia?
¿Quién permitió que la guerra
se volviera negocio y estrategia?

¿Dónde están los 6.402 jóvenes
convertidos en cifras bajo el horror
de los llamados “falsos positivos”?
¿Quién responde por sus nombres,
por sus madres, por su ausencia?

¿Quién recuerda a la Unión Patriótica exterminada,
no por el olvido, sino por la violencia sistemática?

¿Quién legalizó las Convivir
que abrieron la puerta al terror?
¿Quién se benefició de la parapolítica
mientras el país se desangraba?

¿Quién ordenó callar la historia
de la Masacre de las Bananeras?
¿Quién silenció la lucha de Quintín Lame?
¿Quién permitió el asesinato de Jaime Garzón?

¿Qué tipo de justicia prometía la
Ley de Justicia y Paz
mientras garantizaba impunidad?

¿por qué tantas víctimas siguen esperando verdad completa?
¿Justicia para quién, exactamente?

¿Qué significó ver a Salvatore Mancuso
hablar en nombre de la verdad
en escenarios del poder?

Si Salvatore Mancuso habló “la verdad”,
¿por qué esa verdad incómoda tanto cuando señala

responsabilidades más altas?
¿A quién protege el silencio?

¿Quién responde por la Masacre del Salado
y del Aro?

Si estas acciones fueron solo episodios aislados,

¿por qué se repiten los mismos patrones, los mismos nombres,

los mismos intereses?

¿Quién cuenta a los jóvenes,
a los líderes, a los estudiantes
que nunca volvieron?

Y entonces,
¿con qué autoridad moral se construyen discursos,
campañas y verdades a medias?
¿Quién se atreve a señalar
sin primero responder por la historia que carga? ¿Quién responderá por el olvido?

¿Caracol o Uróboro?

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Como la mayoría de los colombianos nacidos a finales del siglo pasado, crecí viendo Caracol y RCN. Entre las icónicas telenovelas, las noticias, los programas extranjeros, los realities y los concursos, estos canales hicieron parte importante de mi socialización. Entre las muchas cosas que aprendí en ese proceso (la mayoría de ellas cuestionables desde mi perspectiva actual), comprendí que el rol de las mujeres en la televisión estaba especialmente definido por su aspecto físico: sólo las mujeres con belleza hegemónica merecían ser visibles en la pantalla. El talento, en ese sentido, no es lo principal, sino cómo lucen. Y este hecho era tan visible que incluso en la cultura popular se reproducía el comentario constante de que ellas estaban ahí porque “quién sabe con quién se acostaría”. Es decir, sus capacidades profesionales no eran la discusión, sino que se daba por hecho que todas ellas, fueran buenas o no haciendo su trabajo, habían accedido a negociar su sexualidad con el fin de obtener un lugar en la pantalla chica.

Ahora que estalló el “escándalo” de acoso sexual en Caracol TV -y que más que un escándalo debe ser reconocido como lo que es: una serie de denuncias con posibles y deseables implicaciones penales- no pude evitar recordar esto y que de ese recuerdo emergieran ciertas reflexiones que deseo compartir con ustedes. Especialmente, quisiera mencionarlo con el fin de cuestionar algunas posiciones que he visto en redes sociales y que dan cuenta de una normalización frente al opinar sobre el cuerpo de las mujeres que aparecen en la televisión y la presunción de que sus cuerpos son públicos y, en ese sentido, el acoso es esperable.

En primer lugar, me percaté de que hay una percepción masiva de que hay profesiones en las cuales el acoso sexual es más justificable o esperable. En el caso de las mujeres que trabajan en la televisión, se da por hecho que para ganarse un lugar ahí debe haber un favor sexual de por medio. Esto, por supuesto, está muy vinculado al boom de las prepago que se detonó con el narcotráfico. Como ejemplo de este hecho está la publicación “¿las prepago?”, basado en los testimonios que dio “Madame Rochy” al periodista Alfredo Serrano y que da cuenta de cómo la movilización masiva de dinero ilícito llegó hasta el mundo del entretenimiento a través de la prostitución de mujeres famosas. La visibilización de este fenómeno en los medios de comunicación llevó a que el país supiera que algunas modelos, actrices, presentadoras, reinas de belleza accedieron a tener relaciones sexuales con narcotraficantes a cambio de dinero. El resultado fue que las personas, por sesgo de generalización, concluyeran que cualquier mujer de la industria estaba dispuesta a acceder a intercambios sexuales a cambio de dinero o éxito profesional. Un sesgo de generalización que, por supuesto, fue alimentado por los mismos medios de comunicación que las contrataban y que sacaron lucro de la hipervisibilización de la noticia, alimentando el morbo de quienes querían saber nombres concretos.

Ahora bien, quienes han tenido que cargar con el peso de este estigma han sido las mujeres que trabajan en la televisión. El resultado es que se normalice que en la industria de la televisión el sexo es una moneda de cambio y que, en ese sentido, lo que en realidad es acoso sea leído en ese contexto como una propuesta. Es decir, masivamente se ha dado por hecho que es normal que en el mundo de la televisión las mujeres tengan que usar su sexualidad como una moneda de cambio y que, en consecuencia, sea normal que un hombre las acose sexualmente.

Esto se vincula con un segundo aspecto y es la cosificación del cuerpo femenino en los medios de comunicación que conduce a que, además de las exigencias profesionales, a las mujeres se les exija cumplir con un estándar de belleza para tener espacio en la televisión. Esta exigencia no se les hace a los hombres. Los hombres pueden lucir cómo sea: gordos, delgados, calvos, con cabello, viejos, jóvenes, de cualquier tamaño, cualquier edad, cualquier característica. En relación con esto, Naira Vink[1] realizó una investigación para su tesis doctoral en 2021 que trata sobre cómo las presentadoras de las grandes cadenas de televisión españolas percibían las exigencias con respecto a su imagen corporal. La investigación concluye que hay una tiranía estética que cosifica el cuerpo de las presentadoras y que lleva a que ellas tengan que preocuparse no únicamente por su desempeño profesional (que es casi que la única preocupación de sus colegas masculinos), sino también de cómo lucen ante la cámara, pues hay una exigencia estética tácita que determina su vinculación laboral. En este sentido, a pesar de que su trabajo no es estético, este elemento sí es fundamental para poder conseguir el trabajo y mantenerse en él.

Dicho lo anterior, considero que estas denuncias de acoso sexual, que acusan a los periodistas Jorge Alfredo Vargas y Ricardo Orrego, son especialmente preocupantes porque en general el acoso sexual hacia las mujeres está normalizado, pero está doblemente normalizado en entornos como la televisión, pues la cosificación del cuerpo femenino es la regla hasta el punto en el que los aspectos profesionales son un tema secundario frente al estético. Y lo más grave de la situación es hasta qué punto la población ha normalizado esta cosificación de las mujeres que trabajan en la televisión, pues sostiene discursos que han pululado en redes sociales y que las responsabilizan de lo vivido. Este hecho contrasta con los hallazgos de la investigación de Vink, que señalan una preocupación estética de las presentadoras por exigencias externas a ellas (por lo cual es tremendamente hipócrita que por guapas se les responsabilice, cuando ese es el estándar que se les exige), mientras que hay también una preocupación por mantener un perfil profesional para que no sean subestimadas en sus labores por ser demasiado sensuales.

Además de lo anterior, llama la atención que hoy los medios de comunicación presenten estos casos como situaciones aisladas que tienen que ver con dos periodistas concretos, cuando se ha evidenciado que hay una normalización de estas prácticas que empieza desde el momento en el cual una mujer hábil profesionalmente no puede aspirar a trabajar con ellos frente a la cámara si no cumple con una apariencia concreta. La sexualización inicia desde el momento en el que la belleza no es una opción para las mujeres, como sí lo es para los hombres, sino que es una imposición que determina una vinculación laboral. Hacerse cargo y asumir la responsabilidad implica que la televisión reconozca que la presión estética que ejerce sobre las mujeres, incluyendo a sus trabajadoras, es la fuente de la cual parte la consideración del cuerpo de las mujeres como un espacio público sobre el cual puede opinarse públicamente.

Crecí viendo cómo en la televisión a todas las mujeres se les hacía un escaneo corporal, desde la típica entrada al programa de televisión mañanero que incluía una “vueltica” de las presentadoras e invitadas mientras la cámara recorría con detalle su cuerpo de pies a cabeza. También crecí viendo cómo las preguntas dirigidas a las famosas tienen que ver con la forma como cuidan su cuerpo y su rostro para lucir así de hermosas. Este es el inicio que abre paso a que el espectador y el compañero de set reconozcan el cuerpo de ellas como un objeto público sobre el cual se puede comentar, el cual se puede escanear y el cual se puede tocar.

Por todo lo anterior, concluyo que Caracol es un Uróboro, es decir, aquella serpiente o dragón que se come su propia cola. Lo es en el sentido en que está viviendo los efectos de lo que el mismo canal produce. Usar sistemáticamente los cuerpos de las mujeres que trabajan con ellos como si fueran un objeto para ver y desear ha dado permiso para que los hombres sientan que tienen un derecho a interactuar con ellas desde la cosificación. Esto, por supuesto, no exculpa a los periodistas acusados, sino que explica cuál es la base relacional e institucional que permite que los hombres depredadores sexuales se sientan en la libertad de actuar de determinadas maneras, que muchos espectadores lo justifiquen y que incluso haya una impunidad frente al acoso sexual. Si una institución normaliza que a las mujeres se les vea como objetos, va a producir relaciones basadas en la cosificación de las mujeres y las va a consentir de manera sistemática.

No quiero finalizar este texto sin mostrar mi total apoyo a las mujeres que se han atrevido a denunciar lo sucedido, a pesar de que sabemos que el dedo acusador encontrará la manera de responsabilizarnos a nosotras de lo que los depredadores sexuales hacen amparados por instituciones misóginas y patriarcales. De igual manera, insistir en que las lógicas bajo las cuales opera el mundo del entretenimiento son productoras de relaciones desiguales de género que alientan, posibilitan y consienten dinámicas que cosifican el cuerpo de las mujeres, lo cual alimenta el imaginario de que hay cuerpos de mujeres públicos cuya sexualización es ineludible. En ese sentido, es hora de que se hagan cargo los que deben asumir la responsabilidad.


[1] Vink, Naiara (2021). La imagen de la periodista en los informativos y su influencia en el desarrollo profesional: percepciones de las reporteras y presentadoras en las principales cadenas privadas de televisión española. [Tesis doctoral]. Universidad del País Vasco. Disponible en: https://addi.ehu.es/bitstream/handle/10810/52859/Tesis_Naiara_Vink.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Contra la oligarquía: hacia una política cumbiera del cambio

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No sé bailar pero amo la cumbia. La cumbia es como el río Magdalena que, cargado de sedimentos, hace mover a cualquier tronco. Amo la cumbia no solo por la música sino por el signo contradictorio que supone como música y práctica cultural.

La cumbia no es un sólo género, en su historia se ha constituido en una práctica cultural que abarca distintas músicas que comparten una base rítmica. En el siglo XX, con las orquestas de salón de los años 30s y 40s, se popularizó entre sectores de élite que quisieron vincularla a su relato de nación “mestiza”, armónica y nostálgica del hispanismo, como señala el musicólogo Juan Ochoa en su artículo “La cumbia en Colombia: invención de una tradición”. Pese a este intento, ese sello cultural, que por supuesto, en los años 60s y 70s también devino en sello comercial con el auge de grupos como Los Corraleros de Majagual o La Billos Caracas Boys, no pudo articularse de forma definitiva a un imaginario nacional blanqueado y homogéneo. 

Pensando en la cumbia, y en esta imposibilidad de ser articulada en un relato excluyente de nación, recuerdo a Marx, específicamente el discurso que pronunció en 1856 en el que se hizo conocida la célebre metáfora del “viejo topo” como sinónimo de revolución:


“En todas las manifestaciones que provocan el desconcierto de la burguesía, de la aristocracia y de los pobres profetas de la regresión reconocemos a nuestro buen amigo Robin Goodfellow, al viejo topo que sabe cavar la tierra con tanta rapidez, a ese digno zapador que se llama Revolución”.


Robin Goodfellow es un personaje de Shakespeare en la obra “Sueño de una noche de verano”, es un hada encuadrada en la mitología celta, un espíritu burlón e incluso embaucador que funciona como una suerte de trickster. Un trickster es una figura ligada a distintas mitologías y creencias, desde nórdicas o africanas hasta indígenas americanas, que se caracteriza por condensar lo ambivalente, lo contradictorio y, sobre todo, lo desobediente con respecto a lo que se debe hacer o asumir en un mapa de mandatos conservadores, como lo pone de presente el poeta guatemalteco Alan Mills en su ensayo “Hackear a coyote”. 

La cumbia es como ese trickster, o también, ese viejo topo “que provoca el desconcierto” de la cultura oligárquica, y que, bajo la superficie de la moral burguesa va cavando la irrupción de la diferencia y lo subalterno. No es que sea pura, y no es que la oligarquía o la élite no baile cumbias. Es el paisaje cumbiero el que, en la práctica, resulta ajeno, en realidad, al mundo oligárquico. El paisaje cumbiero escapa a la hacienda de los Valencia o los Uribe, escapa al club de los Santos o los Gaviria. La cumbia está en la calle, la carretera y en la vereda. La cumbia y el vulgo van de la mano. 

Fue en Santander de Quilichao, en el norte caucano, que escuché una y otra vez, casi que en cada esquina el estribillo “si a usted no le gusta bailar, si a usted no le gusta gozar, no es mi problema, no es mi problema. Yo trabajo para vivir, no vivo pa’ trabajar”, es simple, es casi vulgar, pero escupe al mandato del hacendatario paisa que le ordena a su servidumbre: “hay que trabajar, trabajar y trabajar”. El segundo es un valor enmarcado en la hipócrita moral neoliberal, el primero es una proclama bailable. Es una consigna que no tiene la pretensión de serlo, es el trickster, es la burla pero también el desafío. Dentro de sí está el espíritu del viejo topo con un llamado revolucionario: la vida es ocio, es baile, y no es y no puede ser solo enajenación y explotación en el trabajo. 

La cumbia caucana es sintomática de ese fenomeno maravilloso de los ritmos subalternos: el ritmo negro/indígena caribeño apropiado por las reminicencias del huayno andino, con un toque electrónico en el que lo propio se conecta con lo global, pero una dimensión global que, en sus origenes, también era curiosamente subalterna, si tenemos en cuenta que la musica electrónica nace de escenas underground que le hacían el quite a los rítmos más pop del mundo europeo. Pero lo electrónico se produce de la conjugación de más atmósferas, son los efectos del post punk, del dark wave, de la música que buscaba escapar de los dientes que las grandes corporaciones ponían ahora sobre esa música divergente que era o había sido el punk británico setentero. Pero también están las conexiones con la búsqueda de los sonidos disco, con antecedentes o convivencias con el soul, y aquellos gritos y cuerpos que, antes de su comercialización, sonaban en discotecas afros y homosexuales de los Estados Unidos.

En los bares de clase media payaneses no se escuchan las cumbias caucanas, se vienen a escuchar en las tiendas o bares de ambientes “pesados”, pero cuando se avanza y se cruzan  las fronteras invisibles, las cumbias caucanas que se mezclan con las peruanas, se van convirtiendo en la regla, junto a la música de banda, la norteña, los vallenatos, y toda esa mezcla contradictoria de lo popular. Lo que pasa con ciertos géneros musicales es evidencia de lo que pasa en el país. En ciertos ambientes parecen no existir, solo hace falta caminar un poco para notar la fuerza que tienen. 

El vallenato también viene del entorno cumbiero. Al vallenato lo asociamos con el caribe, pero cuando se navega por el río San Juan, en el Chocó, la inmensidad del cielo del Pacífico, y el paisaje de resguardos indígenas se siente y se escucha al ritmo de vallenatos wounaan. No es el acento costeño, es la acentuación de la lengua propia. No es el caribe, son las fuerzas verde oscuro y grises del pacífico colombiano. Lo popular se encuentra y se entremezcla, y se encuentra porque se reconoce entre lo equivalente o lo igual. El vallenato wounaan, y la cultura popular con la que se mezcla, también tiene la carga contradictoria de lo popular, de su contexto, un contexto de conflicto armado, pero no es solo eso, lo supera. Como la cumbia, el vallenato wounaan se filtra y se mete en el cuerpo, pero no en los cuerpos blanqueados sino en aquellos que sienten el ritmo de lo popular. 

Este gobierno, el gobierno “del cambio”, con sus claroscuros, agrietó el dique estatal con el torrente de lo popular. Cuerpos racializados se abrieron paso más allá de lo permitido por la inclusión superficial de la multiculturalidad. La matriz de la opinión, a fuerza de polémica, fue cambiando. La premisa de un país productivo implicaba una subtrama: productividad es sinónimo de reforma agraria, y reforma agraria es sinónimo de propiedad campesina y también de territorios colectivos indígenas o afro, negros, raizales y palenqueros. 

Un país productivo es un país para la vida, y la vida es educación para más personas en otros entornos, no es solo subsidio a la demanda para que jóvenes de sectores populares entren a la universidad privada, es, por el contrario, fortalecimiento a la educación pública. Es salud preventiva para las periferias geográficas y sociales, son caminos comunitarios, mejores salarios, etc. De algún modo, cuando pienso en el torrente de lo popular que se abrió paso en estos años pienso en la cumbia bordeando los muros y los límites de las grandes haciendas. 

Esa fiesta que se veía lejana, lejos de la tranquilidad de los oligarcas, se va metiendo por medio de los zanjones, de los ríos, de las ciénagas y de las calles hacia ese lugar cerrado que era la nación y el Estado. Un lugar cerrado, exclusivo para los oligarcas y la tecnocracia arribista que se le quería parecer. La cumbia se vincula con lo popular y lo popular con el cambio. Es la plaza pública gritando frente al circuito cerrado de seguridad en el que se siente cómoda la élite.

Hoy, esa clase oligárquica tradicional, que Paloma Valencia representa fielmente, y esa burguesía rentadora y mañosa que ilustra cabalmente de la Espriella, impulsados por la clase terrateniente nacional expresada en Álvaro Uribe, quieren llegar de nuevo al gobierno para volver a poner los muros elitistas al Estado y la nación. 

Las fuerzas de la tradición, el conservadurismo, el blanqueamiento y la exclusión quieren imponerse de nuevo, pero ese trickster cumbiero y fiestero se filtró, irremediablemente, por el dique clasista y racista de la estatalidad oligárquica. 

La industria musical ha blanqueado estos géneros tropicales. Pero los paisajes cumbieros, con sus colores, sabores, con su cuño popular, desbordan una y otra vez el blanqueamiento. No se dejan canalizar, son de nuevo, el río Magdalena, el calor del río Calima, el frío de las montañas del macizo que se va templando a medida que el río va rompiendo la tierra y formando cañones, y cayendo de nuevo hasta las sabanas. Es lo popular con sus contradicciones e inmoralidades. Es un país que es mucho más grande que la propiedad del hacendado. 

El ataque Neoliberal contra Biblored

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Cuando estaba en el colegio y cursaba bachillerato, para mi profesora de español era más importante que sus estudiantes leyeran los clásicos y no que se enamoraran de la literatura. “Leí” El lazarillo de Tormes, un libro de un fraile español de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que me causa escalofríos, El cantar del Mio Cid, entre otros. Todos muy importantes, pero era el momento de leer cosas más acordes a nuestra edad y dinámica hormonal como Un beso de dick de Fernando Molano o El acontecimiento de Annie Ernaux.

Recuerdo que en ese entonces fui a la biblioteca El Tintal con mis hermanos y estaba navegando por los estantes, dejándome perder entre títulos y autores que se veían más interesantes que Rodrigo Díaz de Vivar, hasta que una muchacha se acercó y me preguntó qué estaba buscando, le dije que nada en particular y me acordé de esa tarea que me angustiaba, de ese libro que no entendía y al que le tenía toda la pereza del mundo. Ella escuchó mi crisis, contuvo el desborde emocional sobre mi frustración de leer y leer y que nada tuviera sentido. Se ausentó un momento y llegó con el cantar del Mio Cid en versión de cómic. Lo devoré, lo entendí y no me gustó.

Esa muchacha no era solamente una funcionaria de Biblored, era una guía espiritual, una psicóloga literaria, un faro para salir de las tareas sin propósito, una erudita del Tintal. Y es que fue en otra biblioteca pública que me enamoré del terror feminista, en otra donde escuché a María Fernanda Ampuero, en otra donde pude ser directora de orquesta por dos minutos y en otra donde pude hacer un curso gratuito sobre música clásica.

Biblored es parte del ADN rolo, no es posible pensar en Bogotá e ignorar el sistema de bibliotecas públicas con su bellísima arquitectura, pero también con la oferta académica, cultural y sus guías espirituales.

En diciembre de 2025 escribí Salario mínimo, migajeo y love bombing, allí mencioné que el distrito se ha enfocado en empobrecer a Biblored y sus funcionarios, eliminando horas extras y dominicales. Días después, Biblored presentó en sus redes sociales, como si fuera una gran oportunidad, el cambio de horarios y con ello que las bibliotecas cerrarrían más temprano. A raíz de ese comentario, recibí mensajes de auxiliares y mediadores, contándome que el panorama era todavía más perverso.

El sistema público de bibliotecas de Bogotá enfrenta una de las ofensivas neoliberales más fuertes desde su nacimiento (ni siquiera Enrique Peñalosa se atrevió tanto) pero lo más sorprendente es que, quien está dinamizando esta crisis promovida por el alcalde Fernando Galán, es Santiago Trujillo. 

Cuando llegó Gustavo Petro a la presidencia, muchas personas esperaban que él fuera el ministro de cultura, tenía buena fama, pero como dicen las ancestras, ser calvo y bacán no quita lo neoliberal. Las bibliotecas públicas dependen de la Secretaría de Cultura que es liderada por Trujillo, quien, parece, concibe la cultura como golpes de opinión (¿?) y no como proceso y construcción colectiva.

En la alcaldía de Galán se aplica la vieja fórmula de hacer más con menos, es decir, despedir funcionarios, contratistas o ahora mal llamados “colaboradores”, y a quienes quedan, pedirles que cumplan con lo que venían haciendo y además, que asuman la carga laboral de quienes ya no están. En este momento, según denunció la concejala Donka Atanassova, van a ser despedidas 38 auxiliares, 5 gestores de servicios, 10 mediadores y mediadoras de programación cultural, 2 cargos de comunicación y movilización cultural, lo que implica un impacto renegativo del 21% en la capacidad de programación de las bibliotecas, y se traduce en menos 3.200 actividades al año, afectando 55.000 personas; también representa el fin del préstamo a domicilio, un ejercicio de democratización del conocimiento que permitía que personas que no estuvieran cerca a las bibliotecas, o en condición de discapacidad pudieran acceder a libros, películas, revistas, cds, y todo el material que ha enriquecido la cultura en la ciudad.

Las bibliotecas públicas logran crear comunidades y es gracias al trabajo de todas los funcionarios que sueñan y leen libros y contextos. En las bibliotecas que quedan cerca a las plazas de mercado, en vacaciones, las mamás y cuidadoras llevan a sus hijos para que compartan, aprendan e imaginen, las bibliotecas no son vistas como guarderías (como sí pasa con los colegios), sino como espacios de creación colectiva y de otros futuros posibles; recuerdo que en la biblioteca del parque nacional, con una de las primeras tomas del pueblo embera, hacían actividades para niños y niñas pensadas desde su contexto y cultura alejándose de perspectivas colonizadoras.

La creación de espacios para personas de la tercera edad, para mamás y niños homeschool, para parchar, o para ir después de una agotadora jornada laboral, no dependen únicamente de la disposición del espacio, sino de quienes día a día hacen ejercicios de mediación no en función del indicador, sino de las necesidades de quienes creemos que las bibliotecas son un refugio.

Dice Leila Guerriero que, “la biblioteca como decoración es un sopapo escandaloso, una afrenta, porque el concepto “adorno” está reñido con los libros. Los libros producen alivio pero también malestar, enamoran y hacen sufrir, despiertan evocaciones, melancolía e ideas peligrosas. Eso no lo logra un florero. Verlos hacer las veces de objeto decorativo es como contemplar a un animal salvaje en una jaula”. 

Las bibliotecas para Galán y Trujillo son artefactos decorativos que almacenan todo lo que para ellos es peligroso, como el tejido comunitario, o las personas que aman su trabajo, como mediadores y auxiliares, y que nos guían a los libros que nos están esperando. Con Galán y Trujillo las bibliotecas son espacios de almacenamiento antes que de creación e imaginación, y es que así de corto es el neoliberalismo.

Últimamente he visto a varios y varias influencers que hablan maravillas de Biblored, obviamente son contratados. Sus comentarios son sobre los espacios físicos, y dejan de lado quiénes hacen posible que todo funcione, bueno, tampoco es que tengan la culpa… crecer en medio del privilegio y creer que la cultura y la literatura están despolitizadas, hace que sus reflexiones se queden en la mera descripción y funcionen rebien para el lavado de cara que promueve la alcaldía de Bogotá.

El año pasado Irene Vallejo visitó la biblioteca de la Cárcel Distrital y dijo: “Para mí las bibliotecas son los espacios más revolucionarios que existen en este momento”, de pronto fue esa declaración la que asustó tanto a la administración distrital. 

Posdata: dudo mucho que mi profesora Consuelo de español siga ejerciendo, pero si lo hace y le llega este texto, profe, porfis cambie de libros, asesorese con un profesional de Bibliored para que sus estudiantes se enamoren de la lectura.

Posdata 2: según reportes institucionales de BibloRed, en 2024 se registraron: 2.633.762 visitas presenciales a los espacios de lectura; 1.515.516 visitas a la Biblioteca Digital de Bogotá y 59.845 usuarios utilizaron el servicio de préstamo a domicilio.

Posdata 3: las administraciones neoliberales no logran entender que la belleza de las bibliotecas no está solo en las infraestructuras o los libros sino en las y los trabajadores de la cultura que construyen comunidad y cultivan amor por la lectura y las artes.