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Entre falsas noticias y retractaciones

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El fenómeno de la retractación, luego de lanzar falsas noticias, ha sido una actividad demasiado recurrente en los últimos meses. Lo notamos claramente en revistas como Semana y medios que puntualmente pertenecen a los grandes conglomerados económicos del país, por lo cual, es evidente y nada raro su actuar. Pero, ¿Es en realidad rentable esto de construir falsas noticias para luego arrojar tibias rescisiones? En síntesis, ¿Se ha vuelto rentable el prodigio de la retractación para tan decadentes y poco éticos informativos? En la obra Los Herederos: Los Estudiantes y la Cultura, en el prólogo, escrito magistralmente por Ricardo Sidicaro, nos expone comoPierre Bourdieu, a razón de la estructura de dominación social y democrática, se plantea una postura ideológica, fácilmente extrapolable a nuestro contexto, a saber: “La representación de los ciudadanos se halla debilitada, según Bourdieu, en virtud de que los individuos no cuentan con las mismas competencias y predisposiciones para desempeñarse como ciudadanos efectivamente iguales, dado que, cuanto más desposeídas son las personas, culturalmente sobre todo, más obligadas e inclinadas están a confiar en los mandatarios para tener una palabra política” (Bourdieu 23). Ese capital cultural, del cual en algún momento hablara el sociólogo francés, determina la pobre capacidad del colombiano por desentrañar los escenarios implícitos de la información que consume. Es en este sentido, que la noticia falsa, no solo induce al error informativo, sino que germina como idea en el inconsciente colectivo. Ya luego de esta pérfida circunstancia, se construye la retractación. No como forma de resarcir la manipulación informativa a la cual estuvo expuesto el ciudadano, sino como disposición legal a la cual están sujetos tan excrementicios medios periodísticos.

En esta atmósfera, resultan favorables las retractaciones. El experimento social al que claramente han inducido a su audiencia, crea dos actuaciones posibles. Por un lado, el atajo mental al cual se recurre usualmente cuando simplemente leemos los encabezados y la descripción somera de la información; y, por otro lado, las horas e incluso días en que la noticia falsa circula por los medios digitales o físicos, hace que el cerebro del consumidor se ponga en modo supervivencia. Una manera fácil de agitar las masas para crear respuestas agresivas. En última instancia, la idea es que su audiencia esté enfurecida, que salga a votar enojada y crea que le están robando derechos o imponiendo marcos ideológicos que van en contra de la sana conducta empresarial y heteropatriarcal. ¿Funciona? A vivas luces sí. Los colombianos somos dados a este tipo de comportamientos. Fácilmente estigmatizamos a un adolescente disfrazado de animal y no a un expresidente vinculado a los archivos Epstein con fuertes presunciones de pederastia y de permitir la injerencia de personajes en la soberanía nacional, haciendo uso de armas militares del Estado.

Una de las mayores enseñanzas que nos ha dejado tan lesivos medios, ha sido la exposición de la pobreza cultural del país. Y esta denuncia, lejos de establecerse desde una posición de privilegio de su servidor (porque, de hecho, estoy a kilómetros de pertenecer a una situación de privilegio en este terruño), se manifiesta como el señalamiento a continuos procesos de aculturación. Paradójicamente, el capital intelectual de estas latitudes, siempre lo han concebido lejos de la diversidad cultural e inversamente proporcional a la marginación económica en la cual subsiste un alto porcentaje de su población. El ideal, es establecer posibles comunidades homogéneas, que entren en concordancia con los deseos capitalistas de consumo y consecución de prácticas económicas imposibles, participantes que libremente se vinculen al entramado neoliberal y neocolonial sin mayor repulsa. Que hagan uso de un sistema educativo castrante, en el cual la voz del docente muere en las cuatro paredes de un aula de clase, donde los derroteros se enfrasquen en eufemismos como normalizar, evangelizar, defender, salvar, proteger, entre otros que hacen la vida de la élite y los levantados del país mucho más agradable y folklórica. En palabras de Bourdieu: “Si los propios interesados viven raramente su aprendizaje como renuncia o renegación es porque los saberes que deben conquistar son altamente valorados por la sociedad global y porque esta conquista simboliza el acceso a la élite. Así, hay que distinguir entre la facilidad para asimilar la cultura transmitida por la escuela (mucho mayor a medida que sube el origen social) y la propensión a adquirirla que alcanza su máxima intensidad en la clase media” (Bourdieu 39).

Es de mencionar que, en este entramado del ejercicio comunicativo mediático, el error, presuntamente por falta de confirmación de las fuentes o simplemente como un hecho veleidoso del destino no tiene lugar. Todo es premeditado. Por más falta de ética y profesionalismo, al extremo de la estupidez, si se quiere, de los informativos tradicionales, hay que puntualizar que, detrás de ellos hay un armazón académico con fines neoliberales. Las noticias y programas que consumes a diario, determinan el rango cultural al que ellos quieren que pertenezcas. Psicológicamente y conductualmente te tienen analizado. Saben claramente que eres clase obrera, pero te niegas a dicha representación. Tu inestabilidad es su mayor arma. Temes a no tener empleo, a no tener un servicio de salud decente, a no llevar un plato de comida a casa, en última instancia, son tantas variables y tantos los miedos que la capacidad de razonar se nubla. Solo puedes ver en la información todo aquello que comprometa tu bienestar. Los grandes capitales que representan a estos medios, invierten miles de millones para tenerte eficazmente desinformado, y más que eso, eficientemente acobardado. En esta época de retractaciones es cuando más cobra sentido el poema de Eduardo Galeano El Miedo Global. Recordemos un corto fragmento: “Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. / Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. / Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. / La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir. / Los civiles tienen miedo a los militares. / Los militares tienen miedo a la falta de armas. / Las armas tienen miedo a la falta de guerra. / Es el tiempo del miedo. / Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo. / Miedo a los ladrones y miedo a la policía. / Miedo a lo que fue. Miedo a lo que será. Miedo de morir. Miedo de vivir”.       

Referencia

Bourdieu, Pierre (2003). Los Herederos: Los Estudiantes y la Cultura. Editorial Siglo XXI, Argentina

¡Vive tu vida! una lagrimita por La Pestilencia

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Corría el año 1986. Colombia vivía un auge brutal del narcotráfico, debido a la consolidación de dos grandes carteles que marcaron nuestra historia: el de Medellín, liderado por Pablo Escobar, y el de Cali, encabezado por los hermanos Orejuela. Paralelamente, iba creciendo el cartel del norte del Valle del Cauca. Ese mismo año mataron a Guillermo Cano, director de El Espectador, cuando todavía había periódicos en este país que le decían la verdad al poder en la cara. Tiempos aquellos.

Al mismo tiempo, las FARC, el ELN y el M-19 ocupaban distintos territorios, y el paramilitarismo se expandía desde las regiones ganaderas del país. Ese mismo año empezó el proceso de genocidio contra las y los militantes de la UP que dejó aproximadamente 6.000 víctimas, entre asesinatos, desapariciones forzadas, entre otros hechos atroces. A esto sumemos la “guerra contra las drogas” en el gobierno de Ronald Reagan en la USA, porque el man declaró que el narcotráfico era una amenaza para la seguridad nacional de su país de narices blancas.

Podría seguir nombrando tragedias, pero quiero detenerme para reconocer el nacimiento de una planta ruderal, una maleza llamada La Pestilencia. Una planta ruderal es aquella que nace en medio de las condiciones más desfavorables y alteradas por el ser humano, por ejemplo, entre el asfalto.  “Ruderal” viene de ruderis, que significa escombro. Eso ha sido La Peste en este país, un rastrojero que se ha abierto paso entre la destrucción y entre el hilo de sangre que no deja de correr en esta herida eternamente abierta llamada Colombia.

En ese mismo 1986, esta banda hacía su primer caseto de cuatro canciones, como cualquier banda marginal de ese tiempo que grababa en los garajes mientras las ofertas para ser sicario pululaban afuera de sus guaridas. En 1989 lanzan su primer disco “La muerte… un compromiso de todos”. Este disco es un gran reflejo de la época y de lo que seguimos siendo como país. ¿Qué punki de este país no ha tarareado este tema mientras se dirige a su trabajo precarizado con los audífonos a todo taco?

Desde la cuna hasta tu tumba

Tienen elegido tu camino

Al colegio, al ejército, al trabajo

Cásate, procréate y muere

Vive tu vida, ¡¡déjate ya de servilismos!!

¿Quién no ha querido quemarlo todo cuando escucha la frase “soldado mutilado hp”? ¿No han sentido ganas de llorar cuando saltan al ritmo de “seguimos tocando y ustedes brincando”? Yo acá tengo los ojos encharcados mientras escribo esto, y me pasó lo mismo al escuchar a Dilson leer la carta de despedida de la banda, mientras lo veía temblar e intentar seguir leyendo con la voz quebrada. Me parece poderosamente conmovedor que este man, al que hemos visto darlo todo gritando en la tarima mientras alza vuelo como un chulo buscando carroña, como esos que vuelan en círculos mientras planean devorarse al próximo muerto que dejaron botado en el monte, aparezca públicamente llorando y mostrándose vulnerable por el fin de esta banda que nos ha marcado a todxs. También estamos quebradxs con la noticia, pero con la gratitud llenando el corazón por estos temas que nos siguen haciendo palpitar la vida habitando la adultez, ese monstruo indomable.

Este escrito es para dar gracias. Probablemente La Peste no vaya a leer esto, pero quiero que quede la huella pública de esta lágrima que hoy me sale por una banda que se va mientras nos deja tremendas reflexiones sobre la violencia sociopolítica de este país, su desigualdad y su injusticia. Gracias por haber hecho ruido todo este tiempo, y, sobre todo, por haber empezado a hacerlo en un año donde todo parecía irse a la mierda. Mientras mataban mechudos en todos los rincones de este país, estos manes estaban gritando:

Trece millones desterrados

Un ministro asesinado

Otros masacrados

Un barco ha naufragado

Fango, fango, fango, fango

¡¡Gracias eternas Peste!! Desde 1986 hasta 2026 ustedes nos han demostrado que, aunque la sangre parezca ahogarnos y apagar la flama del deseo de estar vivxs, siempre hay que seguir gritando, sosteniéndonos en el ruido y abrazándonos en el pogo, aunque sepamos que ya no podemos soñar despiertos porque ese mundo perfecto aquí nunca llegó.

Quien no conoce su historia, esta condenado a padecer el miedo

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Studebaker ya no cree en las campañas

Hubo un tiempo en que las campañas electorales en Colombia se construían sobre un libreto que parecía inamovible. No se trataba solo de propuestas, ni siquiera de programas de gobierno. Se trataba de administrar el miedo. Cada período electoral venía acompañado de una narrativa cuidadosamente instalada: el país al borde del colapso, el enemigo infiltrado, la amenaza que solo podía ser contenida si el poder permanecía en las mismas manos.

Ese libreto no nació de la nada. Tiene historia. Tiene sangre. Tiene memoria.

La política colombiana aprendió muy temprano que el miedo podía convertirse en herramienta electoral. En los años ochenta, cuando el país intentaba abrir espacios democráticos para fuerzas distintas a los partidos tradicionales, la respuesta fue brutal. El exterminio de la Unión Patriótica no fue solo una tragedia humana; fue también un mensaje político. Miles de militantes, concejales, líderes sociales y candidatos asesinados para demostrar que ciertos proyectos políticos no tenían lugar en el sistema. Aquella masacre dejó una lección clara: participar podía costar la vida.

En los noventa el miedo se reorganizó bajo otros nombres. La expansión del paramilitarismo, la guerra abierta contra la insurgencia y la intensificación del conflicto armado configuraron un escenario donde el terror no era solo un discurso, era una realidad cotidiana. Las masacres, los desplazamientos forzados, el control territorial armado y los secuestros construyeron una atmósfera social donde la política se debatía bajo la sombra permanente de la violencia. El país se acostumbró a elegir en medio del miedo.

Ese contexto fue funcional para consolidar una narrativa: cualquier intento de transformación política podía conducir al caos. Las campañas electorales aprendieron a explotar esa sensibilidad colectiva. Se invocaba la seguridad, se exageraban las amenazas, se advertía sobre enemigos internos que pondrían en riesgo la nación. El miedo se volvió argumento, estrategia y propaganda.

En la primera década del siglo XXI esa narrativa alcanzó su punto máximo. La política se organizó alrededor de la promesa de derrotar definitivamente al enemigo interno. Quien cuestionara ese enfoque era inmediatamente sospechoso. La polarización se alimentó de esa lógica: no había adversarios políticos, había amenazas.

Sin embargo, toda narrativa que se repite sin descanso termina desgastándose.

En los últimos años el miedo sigue apareciendo en las campañas electorales, pero su eficacia simbólica ha comenzado a fracturarse. No porque los problemas hayan desaparecido —la violencia persiste, las desigualdades continúan— sino porque el uso político del miedo se ha vuelto demasiado evidente. La ciudadanía ha visto demasiadas veces la misma estrategia: advertir sobre catástrofes inminentes mientras se evade cualquier discusión seria sobre propuestas colectivas.

El resultado es una política convertida en espectáculo.

Hoy es común ver candidatos bailando, gritando consignas vacías o fabricando escándalos mediáticos. La sátira reemplaza el programa político. El insulto sustituye la argumentación. La indignación performativa se convierte en campaña. Mientras tanto, los problemas estructurales del país permanecen intactos.

Esa combinación de miedo y espectáculo no es casual. Funciona como una cortina de humo. Cuando el debate se reduce a la alarma permanente o a la caricatura del adversario, desaparece la necesidad de explicar un proyecto de país. No hay discusión sobre reforma agraria, modelo económico, democratización del poder o redistribución de la riqueza. Solo queda el ruido.

En este punto resulta revelador volver a la literatura. En El delfín de Álvaro Salom Becerra aparece un personaje de pueblo al que llaman Studebaker, un mecánico que observa la política con una mezcla de ironía y distancia. No es el protagonista de la historia, pero encarna una mirada profundamente colombiana: la de quien ve pasar las campañas electorales con la sensación de que, detrás de los discursos grandilocuentes, todo sigue funcionando igual.

Studebaker representa ese ciudadano que percibe la teatralidad de la política. El que entiende que las campañas muchas veces se parecen más a un espectáculo que a una deliberación democrática. El que sospecha que las promesas ruidosas ocultan pactos silenciosos.

Esa sospecha tiene raíces históricas. El país fue gobernado durante décadas por acuerdos entre élites que cerraban la competencia política real. El pacto que dio origen al Frente Nacional, inspirado en acuerdos previos entre dirigentes liberales y conservadores, fue presentado como una fórmula para superar la violencia bipartidista. Pero también consolidó un sistema donde el poder se alternaba entre las mismas élites, mientras amplios sectores sociales quedaban excluidos.

La política colombiana aprendió a funcionar dentro de ese marco: acuerdos por arriba, movilización emocional por abajo.

Hoy, cuando algunos sectores hablan de “salvar a Colombia” o repiten consignas alarmistas sin presentar propuestas concretas, reproducen esa misma lógica. No buscan debatir el futuro del país; buscan reinstalar el miedo como argumento definitivo. El problema es que el contexto ha cambiado. La ciudadanía ha vivido demasiado como para aceptar el mismo libreto sin cuestionarlo.

Las generaciones que crecieron viendo el exterminio de movimientos políticos, el auge del paramilitarismo, las masacres del conflicto armado y las promesas incumplidas del establecimiento saben que el miedo ha sido utilizado muchas veces como herramienta de control político. Y cuando esa conciencia aparece, el miedo deja de ser incuestionable.

Ahí se abre una posibilidad.

Si el miedo ya no paraliza como antes, la política tiene la oportunidad —y la obligación— de reinventarse. No desde el espectáculo ni desde la caricatura del adversario, sino desde la construcción de proyectos colectivos capaces de convocar organización social, formación política y nuevos liderazgos.

La democracia no se fortalece cuando los candidatos compiten por ver quién asusta más o quién produce el meme más viral. Se fortalece cuando la ciudadanía discute seriamente qué país quiere construir.

Tal vez ese sea el desafío del presente: abandonar la política del miedo y recuperar la política de las ideas. Porque mientras el debate siga dominado por alarmas y escándalos, las élites que han administrado el poder durante décadas seguirán jugando en un terreno que conocen demasiado bien.

Y Colombia ya ha pagado un precio demasiado alto por ese juego.

Balance de la consulta a la presidencia de la derecha, la derecha y Roy

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Hoy se enfrentó la derecha solapada de Claudia López, con la derecha pura sangre y la indigna lista de Roy y sus juguetes (¿qué tan por fuera estará Roy de la derecha?). A continuación, comparto mis apreciaciones:

1.

Hay consultas innecesarias, como la de Claudia y la del Frente por la Vida… diría Juan Gabriel (1994) “Pero ¿qué necesidad?, ¿Para qué tanto problema?”

2.

A Quintero le fue prácticamente igual que en la consulta en la que no participó, la diferencia fue de casi 78 mil votos y eso en una consulta presidencial no es gran cosa, ¿cuál será su próximo paradero?, ¿qué movimiento se inventará después de esto?, ¿a qué espectro político se moverá?, ¿será que se corre de nuevo hacia la derecha?

3.

Roy con sus 252.869 me genera muchas preguntas: ¿Angel Beccassino perdió su flow o el costo de la contratación hizo que perdiera de vista el tipo de candidato que tenía? ¿Roy cómo pensará competir contra el 1.540.391 de Iván Cepeda? Estoy ansiosa por escuchar su justificación absurda para exigir ser la fórmula vicepresidencial, no sería raro, porque no le corre sangre por la cara. 

4.

Es increíble que Roy a pesar de perder tan apoteósicamente se crea una opción a la presidencia, y a pesar de quedar después de los candidatos más perdedores de la derecha, o sea los juanes: Galán y Pinzón.

Roy me hizo pensar en un antiguo compañero del trabajo que nunca asumió su responsabilidad por nada y tenía la costumbre de culpar a todo el mundo por sus errores. Según él, lo hacía todo muy bien, daba línea, echaba hate y buscaba salir bien librado incluso, de iniciativas tontas y mal planeadas, como en este caso, el Frente por la Vida.

5.

Me sorprendió Hector Elias ‘Tico’ Pineda que sacó 27.828 votos. Me imagino la conversación que tuvo con Roy para entrar a esa consulta absurda, seguro que fue con unos tragos y la emoción de un ‘conspire’ remal calculado.

6.

Daniel Oviedo me tiene pensativa ¿sacó tantos votos porque incaut_s creyeron que así frenaban a Paloma?, ¿ese candidato gustará porque es un mix de Peñalosa, Galán y Claudia?, no me sorprendería que le fuera muy bien si se lanza a la alcaldía de Bogotá, porque la capital es de derecha vergonzante, perdón, es moderada, cuando de elegir alcalde se trata.

7.

¿Será que el matrimonio de Angélica y Claudia sobrevive a esa quemada?, ¿Qué pensará Angélica Lozano del desastre de Angélica Lozano?

8.

Celebro que a Katherin le fuera tan mal en estas elecciones, merecía quemarse hace años. Es momento de buscar su lugar en el mundo, que, evidentemente, está en la derecha.

9.

Parece que a Cathi Juvinao si le sirvió bailar champeta. En la elección pasada usó como plataforma “Trabajen Vagos”, esta vez sacó los prohibidos, en la próxima con qué nos sorprenderá.

9.1

Cuando hablo de Katherine y Cathi pienso en Camilo Romero y me acuerdo de cuando usaban camisetas iguales, como hacen los besties.

10.

Paloma debe estar en modo fiesta pesada y celebrando lo que no va pasar (diría una amiga “echarse la bendición y a esnifar”). Seguro la van a poner de fórmula vicepresidencial de Abelardo de la Espriella. Así es Uribe, usa a las mujeres para que hagan el trabajo de hormiga y luego pone a un tipo cualquiera para que recoja los frutos. Ese ha sido el modus operandi de estas elecciones.

11. 

La prensa corporativa está comparando la votación de Paloma con la de Iván Cepeda, pero pierden de vista que en estas elecciones se votaban no solo las consultas presidenciales sino también las legislativas. Eso tiene un efecto obvio, las razones para salir a votar para un ciudadano de a pie incrementan, cosa contraria a las elecciones en las que se definió la candidatura de Iván, que eran una consulta exclusiva del Pacto Histórico. Por supuesto, al Pacto le toca ponerse las pilas pero los contextos de votación y elección eran distintos. 

12. 

Sobre la lista del Pacto a la Cámara por Bogotá, no me sorprende que le fuera tan regulimbis. La campaña parecía más un parche de amiwis saliendo a jugar fútbol, a caminar por La Candelaria, Teusaquillo y Chapi, de vez en cuando ir a “territorio” (barrios que queden a 40 minutos de esas localidades) y a opinar sobre todo y nada.

Posdata: Iván presidente en primera vuelta

Posdata 2: todavía hay tiempo para bajarse de esa propuesta del viceministerio gato-perrista, no es necesario darle ideas a la oposición

Individuación o diagnóstico: el derecho humano a ser un desastre

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Por: Daniel Aguirre

Sucedió frente a un cajero automático, en ese intervalo de segundos donde la máquina te devuelve la tarjeta y yo, por una razón inexplicable, decido que el trozo de plástico ya no forma parte de mi acelerada realidad. Lo dejo ahí, parpadeando en la ranura, y me abro sin darme cuenta. No es un hecho aislado. Mi historial de vida podría trazarse mediante un rastro de pasaportes olvidados en aeropuertos, llaves perdidas en el fondo del mar y carnés de identidad que mueren en el olvido de un bolsillo ajeno.

He preguntado dónde están mis gafas con las gafas puestas. No una vez. Las suficientes como para que la gente a mi alrededor ya no responda con preocupación sino con resignación. Soy un güevón buscando sus gafas con las gafas encima de la cabeza. Y por si eso fuera poco, una vez busqué el celular mientras estaba hablando por celular. Con el celular en la mano. En la oreja. Funcionando. Usted sabe cuál cara pone la gente cuando eso pasa. La de ay, este man si es mucha gueva. La de alguien que ya archivó sus expectativas sobre usted en una carpeta que dice casos perdidos, con cariño.

En el mundo moderno, este caos cotidiano tiene un nombre rápido y profiláctico: TDAH. Es un alivio, por supuesto. Es la «llave maestra» que la terapia me entregó para dejar de sentirme un irresponsable y empezar a sentirme un paciente. Pero tras años de análisis, me llega una duda que no sale en los manuales de terapia: ¿En qué momento dejé de tener una personalidad para pasar a tener, simplemente, una avería?

La patologización del «Yo»

Estamos viviendo una era donde la excentricidad ha sido sustituida por el código clínico. Ya no hay «soñadores» ni «despistados melancólicos» (suena Cocteau Twins Peppermint Pig de fondo en mi cabeza); solo hay personas con déficit de atención o fallos en la función ejecutiva. Al adoptar estos términos, estamos cometiendo un error categórico: confundir el síntoma con la esencia.

Carl Jung introdujo el concepto de la Persona para describir la máscara que usamos ante la sociedad. Históricamente, mi máscara era la del man caótico con una anécdota entretenida sobre cómo perdí un objeto de valor. Ahora, mi máscara es el diagnóstico. Es una máscara higiénica, aceptada por mi terapeuta y validada en redes sociales, pero es una máscara que me borra. Si cada vez que pierdo un documento me refugio en la «disfunción ejecutiva», estoy externalizando mi propia vida. Dejo de ser un individuo con una historia para convertirme en un usuario pasivo de un trastorno.

El diagnóstico como coartada

Aquí es donde la cosa se pone incómoda, porque hay algo que nadie quiere decir en voz alta en los espacios seguros de la terapia moderna: hay gente que usa el diagnóstico como escudo para no hacerse responsable de nada.

No hablo de quien genuinamente lucha. Hablo del que llega tarde sistemáticamente a todo, te cancela en el último momento, te deja colgado en un proyecto compartido, te trata con desdén, desaparece cuando más lo necesitas, y luego regresa con esa calma casi admirable, esa cara de que no pasó nada, y dice: es que tengo TDAH, es que soy autista, es que tengo ansiedad. Y ahí termina la conversación. El diagnóstico cae como una reja. No hay nada más que discutir, no hay a quién reclamarle, no hay nadie adentro que responda. Solo el trastorno, flotando ahí como un abogado de oficio que llegó tarde pero igual ganó el caso.

El problema no es el diagnóstico. El problema es cuando el diagnóstico reemplaza la responsabilidad en lugar de contextualizarla. Porque saber por qué haces daño no te absuelve de haberlo hecho. La neurociencia puede explicar el mecanismo, pero no te exime de pedir perdón, de buscar estrategias, de intentar, al menos, no destruir lo que tienes alrededor. Entender tu sombra no es lo mismo que rendirte a ella y enviarle la factura a los demás.

Hay una diferencia abismal entre decir mi cerebro funciona diferente y estoy trabajando en ello y decir mi cerebro funciona diferente, así que eso es todo, buenas noches. La primera es una explicación. La segunda es un gansociego, como dice el Zarco en La vendedora de rosas. Le meten esa idea a uno tan adentro, tan despacio, tan con cara de víctima, que cuando uno se da cuenta ya llevs un año disculpandose lo que no tenías por qué disculpar.

Jung y la traición a la Individuación

Jung sostenía que el propósito de la vida es la individuación: el arduo proceso de integrar nuestras contradicciones, nuestra Sombra y nuestras rarezas para convertirnos en un todo único. El diagnóstico moderno es, en muchos sentidos, el enemigo de la individuación. En lugar de preguntarme qué intenta decirme mi tendencia al extravío sobre mi relación con el mundo, la sociedad me invita a catalogarlo como un error de cableado.

Si mi sombra (ese lado oscuro y desordenado) es simplemente química, entonces no hay nada que integrar. No hay diálogo posible con una sinapsis defectuosa. Al etiquetarme, he dejado de ser un sujeto en mi propia terapia para convertirme en un objeto de estudio. Me he convertido en alguien que habita una vida prediseñada por el DSM-5*, donde cada olvido es una casilla marcada y no una experiencia vivida.

Y lo más siniestro del asunto es que la casilla marcada es cómoda. Tiene la temperatura perfecta. No exige nada. Es un sillón diagnóstico donde uno puede quedarse dormido indefinidamente mientras la vida ocurre en otra habitación.

El derecho a la propia sombra

Hay algo profundamente deshumanizante en la comodidad del diagnóstico. El lenguaje clínico es plano; carece de la poesía del carácter. Prefiero la versión de mí mismo que es un desastre humano, con toda la vergüenza y el aprendizaje que eso conlleva, que la versión que es un paciente ajustando su dosis de dopamina. La primera versión tiene un alma que puede ser herida o redimida; la segunda solo tiene un sistema operativo que necesita un que la reparen.

No se trata de negar la neurociencia. Se trata de no permitir que la neurociencia sea el último párrafo de tu historia. Mi tendencia a perder pasaportes, a botar cédulas en el peor momento imaginable, a ser el güevón que busca el celular mientras habla por celular ….nada de eso es solo un síntoma. Es parte de mi mitología personal, una amalgama de herencias, miedos y una curiosa forma de estar en el mundo que se resiste a la organización cuadriculada de la vida moderna.

Quizás, la próxima vez que deje la tarjeta en el cajero, no lo llame TDAH. Quizás simplemente acepte que soy una persona que habita las nubes con más frecuencia que el asfalto. Que hay una diferencia entre estar roto y estar construido de una manera que el mundo moderno no sabe muy bien cómo archivar.

Es menos eficiente. Me sale caro ser así, porque los pasaportes subieron a más de 300 lukas, porque las copias de tarjetas de banco cuestan y botar unas gafas es un proceso el hp. Genera miradas largas, inauditas y silencios expresivos. Pero es infinitamente más real.

Al final del día, prefiero una identidad llena de baches y olvidos que una etiqueta médica perfectamente limpia donde yo, el individuo, ya no existo. Prefiero ser el man que buscó el celular con el celular en la oreja, a ser el paciente que nunca se buscó a sí mismo en absoluto.

(Suena Ebba Grön – «Flyktsoda»)

* El DSM-5 es el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición, utilizado para clasificar y diagnosticar trastornos mentales de manera estandarizada.

Por: Daniel Aguirre

Dime qué medio sigues y te diré a quién le hace campaña

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Nos vendieron la idea de que los medios de comunicación son y deben ser neutrales, lo que funciona muy bien en el papel o en un discurso motivador, pero en la vida real, como siempre, las cosas son más complejas. 

No solo porque quienes hacen parte de los medios de comunicación tienen sesgos, sentimientos, intereses y una trayectoria vital, sino porque cada medio tiene una línea editorial clara, una línea que pesa a la hora de cubrir un hecho, escribir la noticia, revisar y publicarla. Incluso pesa en la decisión sobre las fuentes que deben ser consultadas y el orden en el que serán usadas. Es tan crucial que deja una marca en lo que para Rodolfo Walsh es lo más importante en el ejercicio periodístico: la decisión sobre qué escuchar.

Precisamente hace un año escribí una reflexión sobre el tema: ‘Así es mucho del periodismo actual’, en la que hablo de la endogamia, la pereza, el camino fácil y la falta de cualificación que caracteriza a mucho del periodismo colombiano, a lo que hoy sumo una expresión de mi abuela: “no les corre sangre por la cara”. Esa característica, parece, debe ser un requisito para trabajar en medios. Seguramente, tienen una paleta que mide la ruborización y permite calcular el nivel de descaro del aspirante.

En el periodo de elecciones es cuando la prensa explota con mayor fuerza ese “talento” y según el medio la paleta es más clarita o más carmesí. Es que no les corre sangre en la cara para posar de neutrales mientras evidencian sus líneas editoriales con tal transparencia. Debo decir que me parece muy interesante el caso de la Revista Semana, que es claramente de derechas y alimenta con gula la campaña de Vicky Dávila, en cambio otros medios aplican la siguiente fórmula:

Sin embargo, La Silla Vacía va un poquito más allá, porque no le basta con desprestigiar al candidato que se opone a Sergio Fajardo, sino que persigue y señala a los votantes (es en momentos como este que me arrepiento por la falta de imaginación para representar fórmulas, le fallé a Baldor):

Me imagino que tienen un cuadrito en la sala de redacción que clasifica a los medios como ultra petristas, y no petristas, porque en La Silla Vacía el mundo es remaniqueo. En la columna de petristas aparecen los medios alternativos, contrahegemónicos y otros independientes, por supuesto, una clasificación atravesada por la clase social, porque entre gomelos no se pisan las mangueras.

Además, La Silla Vacía tiene un fetiche con los señalamientos, por ejemplo, contra movimientos sociales, defensores de derechos humanos y medios alternativos de comunicación. Pero eso sí, que nadie los señale porque eso es un ataque contra la prensa y así como Yugi-Oh invoca al Mago Oscuro, ellos invocan a la FLIP.

Por ejemplo, el año pasado, agarraron una investigación de la revista Raya sobre el actual gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón y en lugar de dar más elementos de análisis o robustecerla, lo que hicieron fue deslegitimarla y treparla en la narrativa de información petrista. Para el 2026 se pusieron más ajisosos y atacaron a tres medios de comunicación para señalar a su rival electoral Iván Cepeda. Como en los mejores tiempos del uribismo todo tiene que ver con las FARC, es que parece que eran tan poderosas, que tenían un medio anarquista como aliado, un medio con más de 30 años de historia y otro que se ha enfrentado a todo tipo de ataques por contar la realidad del campo colombiano, lo que demuestra que cada vez la fórmula se complejiza más.

Sería más honesto que los medios digan abiertamente a qué candidato apoyan, así como pasa en la Revista Hekatombe, que cree en la información sincera y por eso desde el principio aclara quién y por qué es su candidato presidencial, no como lo hacen otros medios de forma solapada.

Recordando a mi profesora de matemáticas, Beatriz Caballero, de quien no tengo gratos recuerdos, y apelando al título de esta reflexión, ya dedujimos a quién le va La Silla Vacía y su estrategia de campaña fajardista; Semana es abierta con sus intereses políticos; entonces, por favor resuelvan las fórmulas y digan los otros medios corporativos e independientes a quiénes apoyan por debajo de cuerda.

Posdata 1: debo decir que me sorprendió el apoyo de Rodrigo Lara a Abelardo de la Espriella. Obviamente, no esperaba que se uniera a Iván Cepeda, pero tampoco que se fuera con un candidato que, parece, es mucho menos inteligente que él.

Posdata 2: Rodrigo, qué barato eres, ¿fue por un par de tenis?

Posdata 3: Iván Cepeda gana en primera vuelta.

No es pedagogía

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Impresión de que el cáncer de pecho tenía
que sucederme como todas las cosas
que les pasan solo a las mujeres
Annie Ernaux

Estoy fastidiada. No lo digo como consigna ni como pose, lo digo porque desde que digo “tengo cáncer de mama” algo cambia en la escena; las miradas se tensan, las preguntas llegan rápido, hay una urgencia por saber qué me van a hacer, si me van a hacer quimioterapia, si me van a quitar las tetas, si se me va a caer el pelo; es como si el cáncer abriera una ventana al espectáculo del deterioro y muchos quisieran asomarse.

A veces siento que lo que irrumpe no es mi enfermedad sino el miedo de los otros. Como si yo acabara de anunciar algo excepcional, como si los demás no se fueran a morir también. Annie Ernaux escribe en El uso de la foto “¿En qué instante dejé de pensar y decir ‘tengo un cáncer’ para pasar a ‘he tenido un cáncer’?” (167), esa frase la tengo bordada en un tambor de costura y también escrita en el calendario de mi baño donde marco las pastillas que tomo para bloquear los receptores de estrógeno y progesterona, pastillas para que no vuelva. Volvió. No sé si volvió siendo más agresivo, el caso es que volvió; la primera vez, en 2021, el informe decía: “carcinoma ductal infiltrante”, “receptores de estrógeno positivos en el cien por ciento de las células neoplásicas”, “receptores de progesterona positivos en el cien por ciento”, “HER2 negativo”, “Ki67 del seis por ciento”, “Grado histológico Nottingham uno de tres”. Recuerdo que la palabra que me atravesó fue carcinoma, no el porcentaje, no la estadística. Carcinoma.

Ese día llegué a casa y le tomé fotos a mis tetas, durante cuarenta y cinco días hice un registro íntimo antes de la cirugía. Annie Ernaux escribió que “Nada era espantoso. Cumplía con mi papel de cancerosa diligente y contemplaba como experiencia todo lo que le sucedía a mi cuerpo. Me pregunto si, tal como lo hago, no separar la vida de la escritura consiste precisamente en transformar espontáneamente la experiencia en descripción”. Yo hice eso, convertí el miedo en imagen, convertí el cuerpo en archivo.

En 2021 también empecé a escribir sobre la vulnerabilidad del cuerpo. Busqué qué otras mujeres habían escrito sobre el cáncer de mama. Leí a Annie, leí a Audre Lorde; encontré el libro de Bibiana Ricciardi, quería saber cómo otras habían puesto palabras a lo que yo apenas comenzaba a sentir, quería compañía en la escritura. Pero me agoté, no todo dolor necesita convertirse en reflexión inmediata, a veces el cuerpo va más lento que la teoría.

Ahora miro mis dos tetas, una es de verdad y la otra es de plástico. La de plástico vuelve a tener cáncer. Y ya no quiero más fotos. Desde que el cáncer regresó, mi cuerpo parece haberse vuelto conversación pública; de repente cualquiera siente que puede opinar sobre lo que como, sobre cuánto corro, sobre si hice demasiado ejercicio, sobre si el estrés, sobre si la genética, sobre si debí escuchar señales, mi diagnóstico activa explicaciones ajenas, como si el cuerpo enfermo necesitara una causa moral que tranquilice a los demás.

No es injusto, no quiero esa palabra, porque para mí la vida no firma contratos de equilibrio; lo que me agota es la exposición involuntaria, que el cáncer convierta mi pecho en superficie de proyección, que el cuerpo femenino enfermo parezca siempre disponible para ser leído, comentado, interpretado y vuelvo a escribir no porque tenga una lección que ofrecer sino porque necesito decir que es difícil, que es incómodo, y que estoy fastidiada.

No quiero que el cáncer absorba todas las conversaciones ni que reorganice todo lo que soy, quiero seguir pensando en libros, en política, en feminismos, en mis clases, en el cine que veo, en las discusiones que me apasionan. Quiero correr otra vez, no quiero que la enfermedad ocupe por completo mi imaginación; hay algo profundamente invasivo en eso, como si el diagnóstico intentara colonizar incluso el pensamiento.

Audre Lorde escribió en The Cancer Journals “Tengo cáncer. Soy una poeta feminista, lesbiana y negra, ¿cómo voy a hacer esto ahora? ¿Dónde están los modelos de lo que se supone que debo ser en esta situación? Pero no había ninguno. Esto es todo, Audre. Estás sola”. Yo no estoy sola como lo estuvo ella, tanto la primera vez como ahora he tenido acceso a un sistema de salud que ha podido actuar a tiempo, y eso importa. Pero también importa decir que no atravieso esto aislada, tengo una red de manos amigas que me escuchan, que me acompañan a exámenes, que me escriben, que sostienen silencios cuando no quiero hablar, una hija y una pareja que están ahí. No es poca cosa. El cáncer no se vive solo en el cuerpo; también se vive en los vínculos que lo rodean. Y también en las condiciones materiales que lo atraviesan.

No lo digo con orgullo ni como mérito individual. Lo que he podido hacer frente a este diagnóstico no es casual, es el resultado del trabajo de mi madre, de las mujeres que me criaron, de su empeño para que yo pudiera estudiar y trabajar, para que hoy tenga acceso a una atención oportuna. No es virtud personal; es un privilegio sostenido por el esfuerzo de otras mujeres. Y no todas pueden decir lo mismo.

El cáncer de mama en Colombia no es una excepción privada ni un accidente aislado. Yo soy parte de esa cifra, según la Cuenta de Alto Costo, “hasta el treinta de abril de 2025 se encontraban registradas 125.446 mujeres con cáncer de mama de tipo invasivo” en el país. Entre enero de 2023 y enero de 2024 representó “cerca del treinta por ciento de los casos totales registrados” entre los cánceres priorizados, en América Latina y el Caribe “el treinta y uno por ciento de los diagnósticos correspondió a mujeres menores de cincuenta años”. No soy una anomalía, soy una de muchas.

Annie Ernaux escribe esa otra cifra pensando en Francia “Tres millones de pechos recosidos, escaneados, marcados con dibujos rojos y azules, irradiados, reconstruidos, ocultados bajo blusas y camisetas, invisibles. Efectivamente un día habrá que atreverse a enseñarlos. Escribir sobre el mío participa de ese desvelamiento” (95). Ella habla desde su país, yo escribo desde el mío. Las cifras no son las mismas, las desigualdades tampoco. Pero el gesto de desvelar, de escribir el propio pecho, sí resuena.

Sigo cuentas de mujeres que ya no tienen tetas y enseñan su pecho con la sola cicatriz, y no hay censura porque no hay tetas, me gusta esa paradoja, me gusta que el algoritmo no sepa qué hacer con un torso plano, me gusta que la cicatriz no sea pornografía ni escándalo; no creo que haya una única forma correcta de atravesar esto porque tal vez el gesto no sea mostrar siempre y tal vez el gesto sea decidir; sí, decidir cuándo enseñar la cicatriz y cuándo cubrirla, decidir si el pecho se vuelve consigna o si permanece íntimo. Cada cuerpo negocia su propio límite.

Algunas tendrán acceso oportuno a tratamiento y otras no, algunas vivirán muchos años y otras no, algunas enseñarán su pecho plano sin censura y otras lo cubrirán siempre. Ninguna le debe explicaciones a nadie.

Las personas que me conocen saben lo difícil que es para mí quedarme quieta; no podré correr durante un tiempo. Bibiana Ricciardi escribió en Una mujer que corre que corre para limpiarse por dentro, que “No será una purificación completa como la de la operación, pero sirve”, yo también corro para limpiarme por dentro, ahora no podré. Y ahí aparece un miedo que no es exactamente a la muerte sino a la morida.

Hay algo que me tranquiliza y que también es político decirlo; en Colombia existe el suicidio asistido, no es un deseo de morir. Es la necesidad, de saber que incluso en el límite hay una posibilidad de decisión.

Annie Ernaux se pregunta cuándo se pasa del “tengo” al “he tenido”. Yo todavía estoy en el “tengo”. No quiero que eso se convierta en relato ejemplar ni en advertencia moral. Quien lo vive es quien lo goza.

Es presente.

Y en ese presente quiero decidir cómo se cuenta. Y cuándo se calla.

Bibliografía

Ernaux Annie & Marie Marc (2018) El uso de la foto. Cabaret Voltaire, España

Ricciardi Bibiana (2015) una mujer que corre. Caballito de acero. Bogotá

Lorde Audre, (2008.) Los diarios del cáncer. – 1a ed. – Rosario: Hipólita Ediciones

Hamnet y Valor sentimental: la redención del padre ausente

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Por: Usuario no disponible

No estoy muy acostumbrada a escribir sobre películas, pero sí a verlas. Mis intereses varían entre películas como Mulán (1998), París Texas (1984), Una pastelería en Tokio (2015), El Padrino (1972, 1974, 1990), Barbie cascanueces (2001), todas las de La trilogía del color (1993, 1994), ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), Yo vi tres luces negras (2024), Retrato de una mujer en llamas (2019),  entre muchísimas otras. 

Las dos últimas fueron Hamnet (2025) y Valor sentimental (2025), que serán el centro en este texto. Ambas nos presentan una relación nada atípica entre los padres de familia y sus hijos e hijas. En ambas el padre se ausenta motivado, no por la responsabilidad del proveedor, sino por la necesidad de encontrarse en su quehacer creativo, y en ambas se termina validando este comportamiento, tienen la redención sólo por el hecho de llevar su experiencia personal a resultados artísticos memorables.

Hamnet, dirigida por la directora china Chloé Zhao, así como Valor sentimental del noruego Joachim Trier, tienen como protagonista a la familia, pero no cualquier familia, son familias en las que el padre es el estándar del pez grande que necesita salir de la pecera para realizarse como el gran artista.

En Valor sentimental, nos muestran a un padre ya famoso, a un director de cine aclamado que prefirió sacrificar la relación con su esposa e hijas para alcanzar el éxito, y a dos hermanas que, tras la muerte de la madre, desde pequeñas se tienen solamente la una a la otra. Pero al final, el padre lleva su experiencia al cine, y con la película protagonizada por la hija mayor —actriz de teatro que sufría constantemente de ataques de pánico, depresión y hasta un intento de suicidio— trae al hogar el perdón y la felicidad para todas.

Y en Hamnet, es la presentación de una familia feliz: jugar a las espadas, presentaciones de teatro sorpresa para la mamá, corretearse, travesuras, risas, pero también un padre muy joven que con solo 19 años y una bebé recién nacida, necesita cambiar su rumbo y viajar a Londres. Llegada la peste, se nos presenta la escena más impactante de la película, y es la agonía y muerte de un niño de 11 años. Tras su muerte, el padre no vive el duelo en familia, y los viajes a Londres continúan, mientras la familia se fractura hasta que ya completamente rota, se estrena la tragedia de Hamlet.

Es justo ahí cuando comienza lo tedioso de la película, y es esa necesidad de justificar o reivindicar las acciones de William. Agnes va a la obra y reacciona desconcertada cuando se da cuenta que no es una recreación exacta de su experiencia, pero se maravilla y emociona cuando ve traducida la experiencia del esposo en relación a la muerte de Hamnet. Se valida el que William se hubiese ido sin tramitar un duelo, o el duelo de su esposa, o el de las hijas. Y no solo se valida, se celebra, porque es básicamente gracias a esta obra, que Agnes que tanto insistió en no dejar ir nunca a su hijo, por fin se lo permitiera. 

Es como si el dolor del padre fuera no más grande, pero sí mejor tramitado, porque no solo logra que se convierta en un dolor colectivo, al conmover a todos con la imagen de Hamlet muerto en el escenario. Además, hace que Agnes la mujer emocional, la hija de una bruja de la que no hay más que un flashback para recrear su pasado, que solo llora y no deja ir a su hijo fallecido, por fin se despida en medio de la obra de teatro. 

Al final, ¿qué nos queda? Parece que agradecer la falta de compromiso de un padre con su familia, que sintió asfixiante la vida en una casa con esposa e hijos, y necesitó abrirse paso a metas y aspiraciones más grandes, pero que tuvo la capacidad de recrear o tramitar ese dolor y culpa, en una obra de arte. ¿Y la madre dónde queda? En ninguna parte, porque damos por sentado que debe estar siempre, ser amorosa y presente, considerada y empática, sin ponerse nunca como prioridad. Mal haría en entrar en depresión y querer más para sí misma.

Procuro no ver películas como un todo, sino como la suma de muchas partes, en Valor sentimental, me quedo con la música, las interpretaciones y  la relación inquebrantable de las hermanas; y de Hamnet, me quedo con la impresionante fotografía, la escena del hermano intercambiando destino con su melliza, y la relación de madre e hijos, incondicional hasta el último minuto.

La degradación del héroe

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Los griegos nos enseñaron con la tragedia, que la caída de un ídolo, su humanización y desnudez metafórica, resulta un festín más apetitoso e interesante que el hundimiento de quienes ya estamos abajo, porque, ¿Hasta dónde más podríamos hundirnos? ¿Sería representativa y pedagógica nuestra miserable tragedia a ojos de la sociedad? Muy seguramente no. Lucho Herrera, otrora héroe nacional, ganador de múltiples etapas de La Vuelta a España y el Tour de Francia, por allá en los ochenta, nos resulta ahora aquel símbolo ejemplificante de la caída del titán. El distintivo deportista fusagasugueño que muchos de nuestros padres veían emocionados en la tele, configuraba la estampa del ciclista hecho a pulso. Humilde y entrenado en el más primigenio ambiente bucólico, evocaba aquel ensueño heroico que transfigura el sentir colectivo en enamoramiento patriótico.

Ahora bien, en nuestro ciclista Lucho, nos encontramos con aquellos conceptos, a razón de la referencia puntualizada respecto a la tradición griega, de hybris y eunomia. Dos conceptos opuestos, pero fundamentados en las emociones de lo lícito y lo transgresor. Por su parte la eunomia, nos recuerda aquella percepción de lo legal. La coherencia entre la norma y la actuación que hacen la vida razonable y equilibrada. La hybris, por otro lado, evoca aquel sentimiento de soberbia y superioridad. El escaño que ostento en la sociedad, dada mi fama y condición acaudalada, no se articula con lo que el estado consolida como norma. Mi posición privilegiada me catapulta por encima de cualquier contrato social.

Dado lo anterior, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que una fuerte pregunta retumba en nuestras cabezas. A saber, ¿Qué moviliza este sentimiento de anomia en la élite, no solo nacional, sino mundial? A este respecto, Hannah Arendt nos manifiesta: “¿Quién ha llegado siquiera a dudar del sueño de la violencia, de que los oprimidos sueñan al menos una vez en colocarse en el lugar de los opresores, que el pobre sueña con las propiedades del rico, que los perseguidos sueñan con intercambiar el papel de la presa por el del cazador y el final del reinado donde los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos?” (Arendt 34). Si bien, de acuerdo a la cita de Arendt, cualquier individuo sin excepción alguna, sucumbiría ante la tentación de transgredir el statu quo así fuera una simple vez, aunque, no cabe duda que sus palabras entrañan aquella lógica violenta del ejercicio de poder. Esa misma dinámica que a la fecha, ha expuesto las más viles y miserables atrocidades que tanto minorías económicas como dirigentes han practicado de manera diacrónica. Fácilmente encasillada en un mero concepto: Capitalismo.

Esta realidad alterna que la psicología capitalista infunde en los individuos acaudalados, hace que sus patrones normativos se acomoden a sus necesidades, delirios, obsesiones y si se quiere, depravaciones. El todo es posible hace parte de sus respuestas psíquicas y cognitivas. ¿Si somos nosotros quienes generamos el empleo, la defensa de las democracias liberales, la protección del medio ambiente, el derrocamiento de dictaduras, entre otras cosas que enaltecen al hombre blanco, conservador occidental, porque no echar a andar nuestros gustillos particulares? ¿Qué desestabilización mundial podrían generar nuestros bacanales? Esta deplorable debacle moral, de quienes representan el deber ser intelectual, espiritual, político y económico, es precisamente la hybris manifiesta. En nuestro país, casos como el del jardinerito, quien presuntamente urdió con paramilitares un cobarde plan para asesinar a sus vecinos y hacerse con la propiedad de sus tierras, es en menor escala (sin desestimar el impacto criminal y sociópata del deportista), la clara representación de lo que las influencias, el poder y el capital hacen con la mentalidad de la élite.

Revestirse de privilegios obscenos, acumular recursos, instituir oligopolios y sentarse en jets privados a dar ruedas de prensa, estructurando la agenda mundial, es algo que han acostumbrado los más cercanos amigos del finado Epstein, mencionados en sus archivos. Es en este momento cuando las más rocambolescas teorías de la conspiración se hacen realidad. Personajes como Chomsky y Chopra, por citar algunos de aquellos individuos que por nuestras mentes jamás llegarían a ser vinculados en lides de este estilo, nos han enseñado que tanto la intelectualidad, así como la espiritualidad son otro tentáculo más del capitalismo. Chomsky, figura entrañable de años universitarios, fuerte crítico y denunciante de las atrocidades de la élite, resultó ser un miserable consejero del sádico esclavista de Epstein. Y Chopra, mercachifle espiritual. Con sus peticiones de acercarse a las jóvenes para instruirlas (hágame el doble hijueputa favor), no es más que otro culebrero embaucador, que construyó una marca empresarial, aprovechando los vacíos emocionales de sus incautos seguidores.

Alguna vez el filósofo Félix Guattari, en su ensayo Más Allá del Significante, contenido en el libro Erotismo y Destrucción, escribió: “El desarrollo de las fuerzas productivas, en la sociedad industrial (y es verdad tanto para el capitalismo como para el socialismo burocrático), implica una creciente liberación de las energías del deseo; el sistema capitalista no funciona obligando a trabajar a riadas de esclavos. Se le pide modelar a los individuos para su provecho (…) modelos de infancia, de padre, de madre… Lanza estos modelos como la industria automovilística lanza nuevas series de automóviles” (Guattari 83). Con la cita del pensador francés, podría llegar a establecerse la intencionalidad de la denuncia. Este hecho primordial, se fundamenta en la simbología corporal y psíquica del ciudadano de a pie. Sin darnos cuenta, somos simple carne para los intereses de la lógica capitalista. Interesamos, por cuanto somos existencias maleables. Representamos votos, fuerza de trabajo, cuerpos sexualmente explotables, reproducimos los valores que nos venden, y más que nada, instauramos nuestros ideales ideológicos, políticos, económicos y culturales, acorde a los deseos de la élite. Jardineritos o criminales a gran escala, los hechos acaecidos en los últimos tiempos, nos rememoran aquella hybris. La degradación de los héroes, en palabras de Guattari, lo importante es que siempre sean compatibles con lo axiomático del capital. Para ellos todos somos parte del sistema, su sistema y su ecuación es: Gozar = Poseer.

Referencias

Arendt, Hannah (2005). Sobre la Violencia. Editorial Alianza, Madrid.

Erotismo y Destrucción (1998). Varios Autores. Editorial Fundamentos, Madrid.

De titulares y educación superior

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El domingo y el lunes fue noticia un informe de la Contraloría sobre la situación financiera de las universidades públicas, y de todo ese documento, El Tiempo decidió titular que las universidades públicas no son autosostenibles, por supuesto, Infobae, la plataforma que copia y pega noticias, se pegó de eso tal cual, y El Espectador… también.

La noticia sale justo unos días después de que el gobierno nacional anunciara el multicampus de Suba, mientras Iván Cepeda lidera todas las encuestas. No es paranoia, es análisis concreto de la situación concreta.

Por cosas de la vida tuve acceso al informe y es más alentador de lo que anuncian los medios corporativos. Es lógico, no van a celebrar las maromas presupuestales que han hecho las universidades públicas para sobrevivir a la aplanadora neoliberal de la Ley 30, a la mal llamada revolución educativa de Uribe y al descarado subsidio estatal de Santos a la universidad privada que va en detrimento de la universidad pública.

Me pregunto cómo habría sido titulada la noticia del informe de la Contraloría si se hubiese tenido en cuenta la introducción, que claramente señala las razones de la desfinanciación de la educación superior pública:

«Las IES públicas logran sostenimiento fiscal a pesar de la Ley 30»

O por ejemplo, si tuvieran en cuenta que, mientras las universidades privadas construian infraestructura con la plata de programas como Ser Pilo Paga, las públicas se caían a pedazos, o se inundaban con cualquier llovizna:

«Así sobrevivieron las IES públicas a los desvíos de recursos a las universidades privadas»

Y si tuvieran en cuenta que el gobierno de Gustavo Petro ha girado la de recursos a la educación superior, a diferencia de las migajas de sus antecesores:

«Panorama alentador para la educación pública: el gobierno nacional se adelanta al informe de la Contraloría» 

Lo importante aquí es el titular, ni siquiera el cuerpo de la noticia. Alguna vez le leí a Teun van Dijk que las personas se informan con los titulares. Eso debió decirlo hace más de 20 años, cuando se revisaban periódicos. Esa sentencia toma más vigencia cuando entramos a los canales de WhatsApp de los medios de comunicación para ver por encimita qué está pasando en el mundo, sin intención de profundizar en nada.

El caso es que el gobierno del cambio, no más para 2025, invirtió  $9 billones de pesos en educación superior, se está dando la pelea para que, en lugar de la ALO se construya un multicampus en Suba, ha avanzado en la descentralización de las universidades, no condiciona la oferta educativa a los designios del neoliberalismo, lo dio todo para que la financiación de las IES públicas no responda al capricho de cada gobierno, entre otras acciones y medidas.

Es como si las consignas que gritamos en el gobierno Uribe (en mi caso fue en el segundo, no soy tan vieja), se hicieran realidad: “¡Presupuesto, presupuesto para la educación. No más armas, ni dinero, para la represión!”

Pese a lo que dicen los titulares confusos de medios reconocidos, las opiniones vacías de locutores con voces seductoras y los comentarios planos de “analistas”, la ciudadanía sabe que la educación pública se fortalece, que el acceso a la educación superior no debe distinguir el nivel adquisitivo y que Iván Cepeda será nuestro presidente.

Posdata 1: ¿será que las universidades públicas deben ser financieramente autosostenibles? ¿Esa preocupación no desviará su misionalidad? ¿Será que la pregunta deberían hacerla las universidades privadas que son financiadas por el Estado?

Posdata 2: hermoso eso de las lanchas-ambulancia en Maicao, también el aumento del salario a médicos internos y rurales, porque ¡El pueblo ya lo dijo y tiene la razón, primero lo primero: salud y educación!