Colombia: el fascismo y el miedo a la democracia

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Siento que en el colegio no me contaron bien la historia. Me dijeron que el Frente Nacional fue un pacto entre el Partido Conservador y el Liberal para acabar con la violencia bipartidista que había ensangrentado al país y poner un término a la dictadura de Rojas.

Siento que en el colegio no me contaron bien la historia. Me dijeron que el Frente Nacional fue un pacto entre el Partido Conservador y el Liberal para acabar con la violencia bipartidista que había ensangrentado al país y poner un término a la dictadura de Rojas. Dicho así se da a entender que el pacto fue entre dos partidos, enmarcados en la democracia, precisamente para restaurarla. La “Violencia” habría sido el resultado del enfrentamiento entre facciones extremistas o radicalizadas asociadas a los dos partidos, pero estos habrían sabido domarlas, desradicalizarlas y lo opuesto de la democracia, la dictadura, habría sido conjurado gracias al pacto.

En cuanto al origen de la “Violencia”, sus causas, los culpables, todo ello queda confinado en una especie de lugar mítico, inalcanzable, inescrutable. El horror habría venido de ambos lados y sería inútil, y hasta peligroso, señalar a alguno de ellos.

Sin embargo, el pacto no fue simplemente entre el Partido conservador y el Liberal pues aunque el fascismo (principalmente bajo el modelo del falangismo español que llevó a la dictadura de Franco) se hubiese instalado al interior del primero (con figuras como Laureano Gómez, Gilberto Alzate Avendaño o Los Leopardos) no se lo puede concebir como una expresión política de un partido inscrito en la democracia; al contrario, el fascismo busca destruirla. Y aunque los políticos liberales que firmaron el pacto hubiesen acusado a L. Gómez de ser el gran culpable de haber hecho “invivible la república” (las que fueran sus propias palabras), no hubo condena alguna ni de él ni de sus ideas fascistas ni de las de ningún otro (de hecho el pacto fue firmado inicialmente por liberales y el ala laureanista del partido conservador).

En cuanto al origen de la “Violencia”, sus causas, los culpables, todo ello queda confinado en una especie de lugar mítico

La dictadura de Rojas, en cambio, había declarado ilegal al comunismo y el Frente Nacional no cambió de opinión. Fue lo contrario de lo que ocurrió en Europa occidental, después de la segunda guerra mundial, donde se condenó al fascismo y partidos socialistas y comunistas democráticos pudieron colaborar con otras fuerzas, también democráticas, en la reconstrucción de las sociedades europeas luego del desastre causado, precisamente, por el fascismo. 

En síntesis, en Colombia el fascismo se lavó las manos, co-gobernó como firmante del Frente Nacional y fue normalizado como si se tratase de una posición democrática cualquiera.

Mientras las juventudes europeas aprendían en sus clases de historia a distinguir el fascismo de la democracia y a condenar al primero, aquí se nos hizo creer que se trataba de una posición válida dentro del espectro de la segunda.

Mientras las juventudes europeas aprendían en sus clases de historia a distinguir el fascismo de la democracia y a condenar al primero, aquí se nos hizo creer que se trataba de una posición válida dentro del espectro de la segunda. Y es que al parecer el mismo establecimiento se contaminó en modo transversal con ideas fascistas. Se piense, por citar un caso, en el Estatuto de Seguridad[1] dictado por un presidente teóricamente liberal (Turbay) después de que el Frente Nacional hubiese concluido. O en el hecho de que las convivir hubiesen sido creadas en el gobierno de Gaviria y reglamentadas en el gobierno de Samper (otros presidentes liberales).

Pero quizás lo más grave es que el Frente Nacional, con su política de “borrón y cuenta nueva” en la que todos fueron culpables —luego nadie lo fue— permitió que se afirmara una subjetividad propicia para el fascismo en la población Colombiana

Pero quizás lo más grave es que el Frente Nacional, con su política de “borrón y cuenta nueva” en la que todos fueron culpables —luego nadie lo fue— permitió que se afirmara una subjetividad propicia para el fascismo en la población Colombiana;[2] así, a una parte de dicha población le puede parecer perfectamente normal, por ejemplo, que una persona que se “porta mal” (lo que puede ir de ser un vago borrachín, como dijeron ante el homicidio de Javier Ordoñez, hasta ser una persona transgénero) pueda ser asesinada sin más o que una que critica al gobierno o al statu quo sea calificada de subversiva.

Una buena parte de la población colombiana ha tenido gran dificultad para entender que la democracia no es lo que le venga en gana a una mayoría, sino que está ligada a un conjunto de derechos que son válidos para todas las personas, que las autoridades están obligadas a respetar sin excepciones y que incluyen derechos como la libertad de expresión y por lo tanto la posibilidad de disentir y manifestarlo sin temer por la propia vida. Es decir que la democracia está ligada a lo que llamamos Estado de derecho. La democracia que conocemos tiene dos pilares: Estado de derecho y voluntad popular y el uno no va sin la otra.

Proponer que la opinión pública (identificada indebidamente con la voluntad popular) está por encima del otro pilar (el Estado de derecho) implica obviamente un resquebrajamiento de la democracia pues la opinión decidiría de las leyes

Y aunque ya no nos encontramos en las épocas en que la popularidad de Álvaro Uribe (quien proponía el Estado de opinión como forma superior del Estado de derecho) superaba el 80%, no es claro que dicha subjetividad propicia para el fascismo no siga en pie. ¿Por qué relaciono las dos cuestiones (subjetividad proto-fascista y popularidad de un expresidente)? Porque el Estado de opinión, como lo propone Uribe, compagina bien con dicha subjetividad. Proponer que la opinión pública (identificada indebidamente con la voluntad popular) está por encima del otro pilar (el Estado de derecho) implica obviamente un resquebrajamiento de la democracia pues la opinión decidiría de las leyes (se piense por ejemplo en esos casos aberrantes en los que se convoca a un referéndum para consultar a las mayorías sobre derechos de las minorías como el matrimonio igualitario, en tales casos las minorías simplemente pueden quedar desprotegidas y ser vulneradas por un capricho mayoritario. Es claro que en estos casos no está hablando la “voluntad popular” sino que lo que hay es un despotismo de una parte del llamado “pueblo” sobre otra).

Se recordará cómo César ignoró prácticamente al senado romano basando su gobierno en la aprobación popular directa. Y ese fue el fin de la república y no dio pie a ninguna democracia mejor de la que Roma antigua tuviese.

El modo en que uno de los más importantes ideólogos del uribismo, José Obdulio Gaviria, presentaba dicho Estado de opinión es preocupante pues resultaría, según él, de la “relación directa del gobernante con el ciudadano, que permite resolver los problemas de las comunidades”. Esto, si me hubieran contado bien las cosas en el colegio, debería haberme hecho pensar en el cesarismo inmediatamente. Se recordará cómo César ignoró prácticamente al senado romano basando su gobierno en la aprobación popular directa. Y ese fue el fin de la república y no dio pie a ninguna democracia mejor de la que Roma antigua tuviese. Otro ejemplo de cesarismo fue Mussolini (alrededor de quien se desarrolló el fascismo italiano que fuera el modelo del falangismo español y del nazismo). El dictador italiano incluso llevó la aprobación popular al extremo de generar una especie de fusión entre líder y masa pasando por encima de cualquier cuerpo intermedio (parlamento, sindicatos, consejos municipales, etc). Dicho de otro modo, esta “relación directa del gobernante con el ciudadano” no trasciende el Estado de derecho hacia algo más democrático, al contrario. Precisamente, el fascismo, como surgió en la primera parte del siglo XX en Italia, consistió en recuperar del imperio romano el cesarismo, ciertos valores guerreristas (que se articulaban alrededor de lo que en Roma se llamaba la virtus), unirlos al paramilitarismo y al nacionalismo y aplicar este popurrí[3] a una sociedad que ya había construido un moderno Estado de derecho, apoyándose en formas innovadoras a nivel estético y comunicativo. 

Precisamente, el fascismo, como surgió en la primera parte del siglo XX en Italia, consistió en recuperar del imperio romano el cesarismo, ciertos valores guerreristas (que se articulaban alrededor de lo que en Roma se llamaba la virtus)

En el 2018, la Sala Penal del Tribunal Superior de Medellín concluía que la gobernación de Antioquia patrocinó a las Convivir, que fungieron de plataforma para las autodefensas, y que había “suficientes elementos de juicio” para comprometer la responsabilidad penal del gobernador de la época, es decir Alvaro Uribe Vélez, en las masacres del Aro y la Granja. En otras palabras, el uribismo parecería mezclar elementos que lo asemejan al fascismo italiano como el cesarismo, el paramilitarismo y el guerrerismo. Su innovación radicaría en pensar el cesarismo en términos de “opinión” situándose en la esfera de la comunicación contemporánea y de lo que lo que el filósofo francés Gilles Deleuze llamó sociedad de control (pero ahondar en esto sería tema de otro artículo).

Se trataría entonces de un neo-fascismo que se proyecta a partir de la informatización de la comunicación que viven nuestras sociedades contemporáneas al punto de que como dijo el mismo José Obdulio Gaviria el Estado de opinión requirió de la masificación del uso de celulares en Colombia (precisamente para favorecer esa “relación directa del gobernante con el ciudadano, que permite resolver los problemas de las comunidades”).

no es claro que la subjetividad propicia al fascismo, sobre la que construyó su popularidad, haya dejado de ser vigente.

Sin embargo, a pesar del declive del uribismo, que probablemente está relacionado con diversos factores como los escándalos que rodean al expresidente (vínculos con el paramilitarismo, ejecuciones extrajudiciales, falsos testigos…) y a la mala gestión del gobierno actual, no es claro que la subjetividad propicia al fascismo, sobre la que construyó su popularidad, haya dejado de ser vigente.

La crítica al uribismo suele concentrarse más sobre sus aspectos que podríamos llamar criminales que sobre sus aspectos más ideológicos, y esto hace que el fascismo siga disimulándose en medio de la democracia. La condena que el Frente Nacional no se atrevió a llevar a cabo (y que quizás nos hubiese ahorrado el horror que vivimos en las últimas décadas) sigue en veremos.

Es el síntoma de que nuestra democracia representativa ha fallado y no ha sido capaz de incluir a buena parte de la población

Sé que para quienes no se divirtieron estudiando filosofía política, como quien escribe, (o teoría política en general) la idea de una relación directa entre el gobernante y el ciudadano no suena mal. De hecho suena a que por fin vamos a ser tomad_s en cuenta, escuchad_s. Esto no puede ser simplemente desentendido desde una arrogancia académica. Es el síntoma de que nuestra democracia representativa ha fallado y no ha sido capaz de incluir a buena parte de la población, a la que sería por lo tanto ingenuo acusar de no saber distinguir entre fascismo y democracia. El uribismo se aprovechó de este abandono.

En términos estrictos la democracia colombiana no se reduce a la democracia representativa pues nuestra constitución contempla varios mecanismos participativos como el plebiscito, el referendo, la consulta popular, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa y la revocatoria del mandato.

¿Pero cómo resolverlo si la cercanía gobernante-ciudadano no es la respuesta? Esta “cercanía” en realidad no hace sino despojar al ciudadano de su capacidad de tomar las cosas en sus manos, de encargarse de su mundo. Mi propuesta sería que hay que hacer lo contrario: si el Estado de opinión aprovecha de dicha cercanía para saltarse los cuerpos intermedios (destruyendo la democracia) lo que habría que hacer es multiplicar los cuerpos intermedios: multiplicar los consejos ciudadanos, las asambleas populares, los cabildos.

En términos estrictos la democracia colombiana no se reduce a la democracia representativa pues nuestra constitución contempla varios mecanismos participativos como el plebiscito, el referendo, la consulta popular, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa y la revocatoria del mandato. Se trata sin embargo de dispositivos difíciles de activar, que requieren umbrales electorales muy grandes o que no acaban teniendo un impacto real. Es como si nuestra demo-cracia desconfiara de lo que teóricamente la soporta y es el sustrato que la funda: el “demos” (que se suele traducir con “pueblo”).

Un Estado de derecho construido desde abajo. Algo que podríamos llamar una democracia popular radical.

Esto explica porqué en el estallido social que vivimos el año pasado se vieron tantas asambleas populares que además de atreverse a pensar reformas en áreas como la salud, la educación, la cultura, etc. intentaban dar respuesta a las necesidades básicas de una población que se vio abandona a su suerte por sus representantes en medio de una pandemia. Al parecer, la gente quería construir una democracia popular que sí confiara en ella. No un Estado de opinión donde el gobernante se coloca como el único sol alrededor del cual deben gravitar los ciudadanos para resolver sus problemas. Un Estado de derecho construido desde abajo. Algo que podríamos llamar una democracia popular radical.


[1] El Estatuto de Seguridad fue un régimen penal de excepción decretado por Julio César Turbay y que se prolongó durante los 4 años de su gobierno. Por definición, un estado de excepción implica la suspensión del Estado de derecho. Como lo recuerda la comisión de la verdad: “La promulgación del Estatuto de Seguridad (…) desencadenó un repertorio de actuaciones alarmantes de las fuerzas militares y de policía: allanamientos de domicilio sin orden judicial, detenciones arbitrarias, torturas, desaparición forzada, consejos verbales de guerra para juzgar a civiles, hechos que constituyeron una falta de garantías y libertades constitucionales flagrantes y de ausencia de seguridad para quienes las reclamaban”. https://comisiondelaverdad.co/actualidad/noticias/comision-busca-verdad-estatuto-seguridad-gobierno-julio-cesar-turbay

[2] Con esto no quiero decir que esta subjetividad propensa al fascismo provenga enteramente del Frente Nacional. Probablemente nuestra herencia colonial también es importante.

[3] Pot pourri significa en francés literalmente olla podrida.  

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