Cuando estaba en el colegio y cursaba bachillerato, para mi profesora de español era más importante que sus estudiantes leyeran los clásicos y no que se enamoraran de la literatura. “Leí” El lazarillo de Tormes, un libro de un fraile español de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que me causa escalofríos, El cantar del Mio Cid, entre otros. Todos muy importantes, pero era el momento de leer cosas más acordes a nuestra edad y dinámica hormonal como Un beso de dick de Fernando Molano o El acontecimiento de Annie Ernaux.
Recuerdo que en ese entonces fui a la biblioteca El Tintal con mis hermanos y estaba navegando por los estantes, dejándome perder entre títulos y autores que se veían más interesantes que Rodrigo Díaz de Vivar, hasta que una muchacha se acercó y me preguntó qué estaba buscando, le dije que nada en particular y me acordé de esa tarea que me angustiaba, de ese libro que no entendía y al que le tenía toda la pereza del mundo. Ella escuchó mi crisis, contuvo el desborde emocional sobre mi frustración de leer y leer y que nada tuviera sentido. Se ausentó un momento y llegó con el cantar del Mio Cid en versión de cómic. Lo devoré, lo entendí y no me gustó.
Esa muchacha no era solamente una funcionaria de Biblored, era una guía espiritual, una psicóloga literaria, un faro para salir de las tareas sin propósito, una erudita del Tintal. Y es que fue en otra biblioteca pública que me enamoré del terror feminista, en otra donde escuché a María Fernanda Ampuero, en otra donde pude ser directora de orquesta por dos minutos y en otra donde pude hacer un curso gratuito sobre música clásica.
Biblored es parte del ADN rolo, no es posible pensar en Bogotá e ignorar el sistema de bibliotecas públicas con su bellísima arquitectura, pero también con la oferta académica, cultural y sus guías espirituales.
En diciembre de 2025 escribí Salario mínimo, migajeo y love bombing, allí mencioné que el distrito se ha enfocado en empobrecer a Biblored y sus funcionarios, eliminando horas extras y dominicales. Días después, Biblored presentó en sus redes sociales, como si fuera una gran oportunidad, el cambio de horarios y con ello que las bibliotecas cerrarrían más temprano. A raíz de ese comentario, recibí mensajes de auxiliares y mediadores, contándome que el panorama era todavía más perverso.
El sistema público de bibliotecas de Bogotá enfrenta una de las ofensivas neoliberales más fuertes desde su nacimiento (ni siquiera Enrique Peñalosa se atrevió tanto) pero lo más sorprendente es que, quien está dinamizando esta crisis promovida por el alcalde Fernando Galán, es Santiago Trujillo.
Cuando llegó Gustavo Petro a la presidencia, muchas personas esperaban que él fuera el ministro de cultura, tenía buena fama, pero como dicen las ancestras, ser calvo y bacán no quita lo neoliberal. Las bibliotecas públicas dependen de la Secretaría de Cultura que es liderada por Trujillo, quien, parece, concibe la cultura como golpes de opinión (¿?) y no como proceso y construcción colectiva.
En la alcaldía de Galán se aplica la vieja fórmula de hacer más con menos, es decir, despedir funcionarios, contratistas o ahora mal llamados “colaboradores”, y a quienes quedan, pedirles que cumplan con lo que venían haciendo y además, que asuman la carga laboral de quienes ya no están. En este momento, según denunció la concejala Donka Atanassova, van a ser despedidas 38 auxiliares, 5 gestores de servicios, 10 mediadores y mediadoras de programación cultural, 2 cargos de comunicación y movilización cultural, lo que implica un impacto renegativo del 21% en la capacidad de programación de las bibliotecas, y se traduce en menos 3.200 actividades al año, afectando 55.000 personas; también representa el fin del préstamo a domicilio, un ejercicio de democratización del conocimiento que permitía que personas que no estuvieran cerca a las bibliotecas, o en condición de discapacidad pudieran acceder a libros, películas, revistas, cds, y todo el material que ha enriquecido la cultura en la ciudad.
Las bibliotecas públicas logran crear comunidades y es gracias al trabajo de todas los funcionarios que sueñan y leen libros y contextos. En las bibliotecas que quedan cerca a las plazas de mercado, en vacaciones, las mamás y cuidadoras llevan a sus hijos para que compartan, aprendan e imaginen, las bibliotecas no son vistas como guarderías (como sí pasa con los colegios), sino como espacios de creación colectiva y de otros futuros posibles; recuerdo que en la biblioteca del parque nacional, con una de las primeras tomas del pueblo embera, hacían actividades para niños y niñas pensadas desde su contexto y cultura alejándose de perspectivas colonizadoras.
La creación de espacios para personas de la tercera edad, para mamás y niños homeschool, para parchar, o para ir después de una agotadora jornada laboral, no dependen únicamente de la disposición del espacio, sino de quienes día a día hacen ejercicios de mediación no en función del indicador, sino de las necesidades de quienes creemos que las bibliotecas son un refugio.
Dice Leila Guerriero que, “la biblioteca como decoración es un sopapo escandaloso, una afrenta, porque el concepto “adorno” está reñido con los libros. Los libros producen alivio pero también malestar, enamoran y hacen sufrir, despiertan evocaciones, melancolía e ideas peligrosas. Eso no lo logra un florero. Verlos hacer las veces de objeto decorativo es como contemplar a un animal salvaje en una jaula”.
Las bibliotecas para Galán y Trujillo son artefactos decorativos que almacenan todo lo que para ellos es peligroso, como el tejido comunitario, o las personas que aman su trabajo, como mediadores y auxiliares, y que nos guían a los libros que nos están esperando. Con Galán y Trujillo las bibliotecas son espacios de almacenamiento antes que de creación e imaginación, y es que así de corto es el neoliberalismo.
Últimamente he visto a varios y varias influencers que hablan maravillas de Biblored, obviamente son contratados. Sus comentarios son sobre los espacios físicos, y dejan de lado quiénes hacen posible que todo funcione, bueno, tampoco es que tengan la culpa… crecer en medio del privilegio y creer que la cultura y la literatura están despolitizadas, hace que sus reflexiones se queden en la mera descripción y funcionen rebien para el lavado de cara que promueve la alcaldía de Bogotá.
El año pasado Irene Vallejo visitó la biblioteca de la Cárcel Distrital y dijo: “Para mí las bibliotecas son los espacios más revolucionarios que existen en este momento”, de pronto fue esa declaración la que asustó tanto a la administración distrital.
Posdata: dudo mucho que mi profesora Consuelo de español siga ejerciendo, pero si lo hace y le llega este texto, profe, porfis cambie de libros, asesorese con un profesional de Bibliored para que sus estudiantes se enamoren de la lectura.
Posdata 2: según reportes institucionales de BibloRed, en 2024 se registraron: 2.633.762 visitas presenciales a los espacios de lectura; 1.515.516 visitas a la Biblioteca Digital de Bogotá y 59.845 usuarios utilizaron el servicio de préstamo a domicilio.
Posdata 3: las administraciones neoliberales no logran entender que la belleza de las bibliotecas no está solo en las infraestructuras o los libros sino en las y los trabajadores de la cultura que construyen comunidad y cultivan amor por la lectura y las artes.
