El dolor de vivir aquí y el placer de educarse

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“La moraleja de vivir aquí, es que pa’ donde mires tienes que subir”, dicen sabiamente los Alcolirykoz en su temón “Aranjuez”, y esta es una metáfora bella, pero dolorosa, que aplica tanto para los miles de escalones que hay subir en los barrios que se ubican en las lomas de las ciudades, que hace que el tránsito sea agotador, pero que sirve también para pensar lo agobiante que es vivir en este país. Leer las noticias, verlas por televisión o escucharlas por radio o en un podcast resulta igual de vomitivo. La desesperanza es la eterna protagonista de nuestra dolorosa novela colombiana.

En mi rol como profesora me he preguntado últimamente por el lugar del dolor en los procesos educativos.

Ser de Colombia duele. En mi rol como profesora me he preguntado últimamente por el lugar del dolor en los procesos educativos. Me pregunto qué dispositivos o estrategias puedo imaginar y llevar al aula de clase para darle lugar a eso que sentimos, preguntándonos por eso que nos duele y nos indigna, pero también intentando que nos conectemos con lo que otrxs sienten, así sean experiencias radicalmente distintas a las propias. Creo en la potencia de lo que Leanne Betasamosake (2017) llama la reciprocidad radical, como posibilidad de “danzar el mundo para traerlo a la vida”.

Así, lo que nos duele nos pasa por el cuerpo y nos hace retornar a él, según la autora, y nos plantea la reflexión

Para Sara Ahmed, una de mis escritoras feministas favorita que les recomiendo con el corazón, el dolor tiene que ver con que “lo que nos separa de otros también nos conecta con otros” (2015, p. 53). Así, lo que nos duele nos pasa por el cuerpo y nos hace retornar a él, según la autora, y nos plantea la reflexión —retomando a Leder (1990) — frente a un dolor que en ocasiones lleva a que el cuerpo se encierre en sí mismo, mientras que el placer permite que los cuerpos se abran hacia otros cuerpos.

¿cómo permitir que nuestros dolores puedan ser una posibilidad de expansión y conexión de nuestros cuerpos con los de otrxs?

¿Cómo podemos traer nuestros dolores y los de otrxs al aula, mientras potenciamos al placer de aprender juntxs? ¿cómo permitir que nuestros dolores puedan ser una posibilidad de expansión y conexión de nuestros cuerpos con los de otrxs? ¿cómo danzamos el mundo para traerlo a la vida? Incluso desde pasos de danza que hagan que nuestro cuerpo se resienta, se estire, se encoja, se canse, pero también desde otros que nos permitan la alegría, la risa y el éxtasis.

Creo que ya es bastante triste vivir en este país, como para que educarnos no pueda ser placentero, aunque eso pase por sensaciones que no siempre sean agradables, porque sino estaríamos reproduciendo esa vieja idea del entorno educativo como una burbuja que no se conecta con la realidad, lo cual se dice bastante en entornos universitarios. Pero, el dolor debe ser un gesto pedagógico para aprender a pensar, no el resultado de acciones violentas que inflijamos sobre otrxs para que puedan aprender.

Con esto me refiero a que cada vez me entristece más escuchar que algunxs estudiantes admiran a sus profesores humillativos, autoritarios y violentos. “Es que me hace sentir estúpidx”, “Es que la letra con sangre entra”, “es que hasta una escupa de ese profesor sería un halago para mí”, son algunas de las frases que he podido escuchar y que me problematizan como profesora. ¿Es ese el dolor que necesitamos para aprender? ¿aprobamos que el saber de quién enseña no se comparta desde el amor por lxs otrxs, sino desde la necesidad de humillarles?

Dejemos de alabar al rey que nos amenaza con decapitarnos, y que nos ha dejado como resultado relaciones medievales naturalizadas con quienes nos enseñan.

Les invito a cuestionarse si sus niveles de admiración por sus docentes son directamente proporcionales a la cantidad de dolor que les infligen de formas violentas que no son en absoluto sutiles. La sensación dolorosa asociada a la violencia no puede justificarse en ningún espacio, y menos en los académicos y formativos. Dejemos de alabar al rey que nos amenaza con decapitarnos, y que nos ha dejado como resultado relaciones medievales naturalizadas con quienes nos enseñan.

Sigo imaginando una educación placentera, en medio de un país que no debe dejar de dolernos. Sigo soñando que aprender juntxs debe estar atravesado por el deseo, el amor y la excitación que produce el conspirar desobediencias desde nuestra juntanza en el salón de clases, ese lugar que es nuestro, que construimos en el día a día, que se sostiene por nuestras presencias y que se vuelve guarida y refugio en medio de tanta hostilidad. Lo que allí pase, nadie nos lo puede quitar.

¿Nos hemos preguntado por qué cada vez hay más profes y estudiantes que preferirían no ir a clases? ¿en qué momento educarse se volvió una experiencia tortuosa? ¿por qué aprender no puede ser placentero? Traigamos el dolor de otra manera, volvámoslo posibilidad, hagamos de él un fueguito que ilumine nuestra esperanza de un mundo distinto y hagamos del saber un goce eterno.

¿Acaso no hemos sufrido bastante viviendo aquí? No permitamos que el individualismo, el sufrimiento y la competencia, principios que se imponen en esta época neoliberal, se vuelvan una plaga que invada nuestras aulas y nos nuble la posibilidad de soñarlas distintas. Como cantaron Los Dólares (banda venezolana de punk) hace años:

“¡Hasta que los oxidados engranajes dejen de crujir!
¡Hasta que las horas del reloj, nos dejen de contar!
¡Hasta que desaparezca de nuestras mentes, la necesidad de producir y festejemos en lo cotidiano, la pasión de crear!”.

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