Succession, el Titanic y las Kardashian: odio de clases o lucha de clases

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Por ahí vi un meme que decía que no era la primera vez que el Titanic se llevaba al fondo del mar a unos multimillonarios. Sin embargo, en la tragedia de 1912 la mayoría de los que se salvaron fueron los de primera clase, porque la tercera clase, o sea los pobres, no eran la prioridad para subir a los botes de rescate, como en la película de James Cameron.

El capitalismo neoliberal vuelve absolutamente todo, una mercancía. Algo producido para ser vendido a mayor precio de lo que costó. Cuando todo es mercancía, hasta el entretenimiento, nos podemos encontrar con productos culturales tan diversos como Succession y el reality que nos cuenta la vida de las Kardashian, que son reflejo de las disputas ideológicas globales.

Para mí, el éxito de una serie como Succession se debe a que nos cuenta algo que la mayoría de los mortales intuimos pero que no logramos experimentar, y es que los verdaderos dueños del mundo no son seres excepcionales que merezcan ocupar los espacios de poder que ocupan. Son gente ordinaria que por la lotería genética nacen y crecen bajo la premisa de superioridad económica, política y social. Se lo dijo Roman a Kendall en el ultimo capitulo de la serie: “somos mierda”.

La serie esta plagada de momentos en los que esta gente estúpida se enfrenta a situaciones que se salen de su control y poder. Por ejemplo, cuando Kendall llama a su asistente, para que le buscara el mejor cardiólogo del mundo y lo hiciera llegar al avión privado donde su padre yacía muerto por un infarto. O como cuando Roman es golpeado en una manifestación por la elección de un fascista como presidente de los Estados Unidos, en la que los Roy tuvieron todo que ver. Más o menos lo mismo que dice el otro meme que esta circulando en redes: “hay cosas que el dinero no puede comprar, como el oxigeno en el fondo del Atlántico”.

Así como tenemos ese producto cultural que, seguramente pasará a la historia del streaming junto con series como Breaking Bad, existen otros como el reality de las Kardashian, quienes ganan cantidades absurdas de dinero mientras las vemos lamentarse por los procedimientos para conseguir un vientre de alquiler confiable o lo difícil que es lidiar con la remodelación de su nueva mansión, como si fueran problemas cotidianos tuyos o míos.

Los anarcocapitalistas contemporáneos nos quieren hacer creer que los problemas que enfrentamos como especie, serán resueltos por la excepcionalidad de personajes como Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates o Mark Zuckerberg. Gente aparentemente ordinaria, pero brillante —porque se ponen la misma ropa todos los días—, que dedica sus recursos “infinitos” para afrontar problemas que consideramos comunes como la crisis climática, pandemias, guerras, hambre o el acceso a internet. Bill Gates, por ejemplo, tiene su propia plu-serie de Netflix en la que lo proyectan como un ser absolutamente fuera de “lo normal”.

No encontramos productos culturales que nos cuenten cómo la Unión Soviética fue la que ganó la Segunda Guerra Mundial y derrotó al fascismo, o sobre luchas épicas de los nadies del mundo, dignas de una serie en Netflix. Necesitamos contarnos esas historias también y ojalá en formatos y con presupuestos similares a los de Succession. Debemos sentirnos orgullosos de nuestro pasado de lucha, para construir las utopías del futuro y poder imaginarnos las alternativas al apocalipsis que tenemos enfrente.

Ayer se confirmó que los multimillonarios que pagaron una gran cantidad de dinero para ver el Titanic murieron en el juguete mientras descendían a experimentar lo impensable. Estas personas no se consideran personas comunes como le ocurre a los de Succession, solo tienen su dinero para demostrárselo al mundo, aunque eso implique hacer estupideces que los lleven a la muerte.

Al final estos productos culturales nos permiten entender las fronteras entre las clases sociales, y en buena medida, también para recuperar esa categoría conceptual marxista que causa tanta piquiña a quienes nos señalan como resentidos, odiadores y polarizadores. La lucha de clases es una realidad palpable y por ahora la van ganando los Roy del mundo.

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