La distancia no borra la memoria: la urgencia de consolidar el cambio en primera vuelta
No me volví consciente de las desigualdades de Colombia viviendo en el exterior; las conozco de toda la vida, siempre impregnadas en el paisaje cotidiano. Crecí viendo cómo en nuestro país las oportunidades se reservan para unos pocos, mientras millones de personas sobreviven entre la precariedad, la violencia y el abandono estatal. De hecho, mi propia partida es el reflejo exacto de esa realidad: migré porque en Colombia se me negaron el futuro y la estabilidad. Ser migrante no es un hecho aislado, un accidente geográfico o un deseo de aventura; es la consecuencia política de un viejo régimen que hoy, por fin, ha empezado a agrietarse.
Quienes habitamos la diáspora conocemos de cerca la violencia de tener que partir por necesidad y no por elección. Sabemos lo que es irse porque el salario no alcanza, porque el estudio no garantiza un mañana y porque habitar la dignidad parece un privilegio inalcanzable. Sin embargo, la distancia física no suspende la responsabilidad histórica. Estar lejos no nos exime de mantener una postura política y participativa frente y en contra de la injusticia. Un país no puede construirse con dignidad mientras las élites pretendan recuperar por la fuerza de la costumbre los privilegios que acumulaban a costa del miedo, la exclusión y el silenciamiento de las mayorías.
Para defender y profundizar este proyecto de cambio que lidera el gobierno actual, encuentro una profunda afinidad política e intelectual con liderazgos fundamentales como el de Iván Cepeda. En su trayectoria es posible identificar una coherencia que escasea en la política tradicional colombiana, convirtiéndose en un pilar indispensable para sostener y disputar las reformas sociales en el plano legislativo. Mientras el grueso de la clase política acomoda su discurso según las dinámicas del poder y la conveniencia electoral, Cepeda ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos, la paz y la memoria histórica, incluso arriesgando su propia integridad. En un territorio que históricamente ha exterminado a la izquierda, mantenerse firme junto al proyecto del cambio no es solo una postura: es un acto de profunda valentía.
Asimismo, mi visión de país dialoga con las luchas de lideresas como Aída Quilcué. Ella encarna la defensa de los territorios indígenas, la autonomía de los pueblos y la dignidad de la vida en regiones profundamente golpeadas por el despojo. Su resistencia demuestra que los sectores populares, indígenas y campesinos no solo enfrentan el abandono heredado de un Estado ausente, sino también la criminalización constante de sus demandas colectivas por parte de quienes ven el territorio como una simple mercancía. Apoyar este proyecto político en primera vuelta significa reconocer que el gobierno del cambio necesita de lideresas como Aída para escuchar, de una vez por todas, a las comunidades que siempre fueron empujadas a los márgenes.
Me convoca una política capaz de generar cambios estructurales reales, no cosméticos. La desigualdad no puede seguir siendo tratada por la tecnocracia como una estadística abstracta, ni la violencia como un episodio aislado o una herramienta de coerción aceptable; son problemas históricos que exigen una responsabilidad colectiva y una transformación de raíz. El gobierno de Gustavo Petro hizo una disrupción histórica en el viejo régimen, demostrando que otra Colombia sí es posible y sembrando la semilla de una transformación que apenas comienza. Pero el cambio no se consolida en un solo periodo de gobierno; es un proceso de largo aliento que hoy nos exige blindar lo avanzado, proteger las reformas y profundizar el rumbo.
Por eso, este no es el momento de retroceder, de tibiezas ni de vacilar ante la presión de las narrativas reaccionarias. Es la hora de consolidar ese horizonte votando con firmeza en primera vuelta por liderazgos con raíces en el territorio y en la coherencia, como los de Iván Cepeda y Aída Quilcué.
Mi voto no es un secreto, ni nace del odio o del fanatismo que nos intentan adjudicar. Es una apuesta colectiva para que la justicia social no sea estigmatizada como radicalismo y para que los derechos fundamentales dejen de depender de la clase social, la etnia o el género en el que se nace. Es, en definitiva, el compromiso ético, intelectual y político de la diáspora con una Colombia de justicia social, paz e igualdad.
