Desde que la campaña de extrema derecha se proclamó vencedora, las amenazas empezaron a incrementar. Campesinas y campesinos que tuvieron acceso a tierras para cultivar gracias a la reforma agraria impulsada por el gobierno del cambio, están siendo amenazados.
Los antiguos ocupantes aupados por la atmósfera paramilitar que se expande quieren iniciar el despojo que caracterizó los años 90s y los 2000. Las garantías en educación, laborales, ambientales… están en jaque.
El riesgo es real, pero también el malestar por lo que pasó y lo que faltó. El malestar porque se pudo hacer más en el gobierno. El malestar porque otras cosas se pudieron hacer mejor. La expectativa por profundizar acciones o corregir rumbos en los siguientes cuatro años se esfumó.
Es el sentimiento de derrota, la melancolía del recuerdo del 7 de agosto de hace cuatro años, con la esperanza puesta en la empuñadura de la espada de Bolívar, y la tristeza de ver qué un proyecto antagónico asumirá la presidencia el próximo 7 de agosto.
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Los tránsitos históricos se leen en los libros de historia, pero nunca alcanzan a capturar las emociones que desencadenan. Qué hacer con un corazón roto por los ritmos de la política y la historia.
La tusa es un hecho, y tramitarla una necesidad. Si la tusa es un duelo por ruptura: ¿cómo vamos a gestionar este duelo por una ruptura histórica? Las fases del duelo que generalmente se señalan son la negación, la ira, la negociación —cuando pensamos cómo se habrían podido llevar diferente las cosas—, la depresión, y finalmente la aceptación. ¿Esas serán las mismas fases por las que tendremos que pasar?
La sociedad está compuesta de individuos, pero una sociedad no se comporta como un individuo. Somos la mitad del país que votó. Un sector social considerable, un pedazo de sociedad. La sociedad de corazones rotos. Qué fases vamos a asumir, cómo lo vamos a sobrellevar como sociedad. Qué momentos asumimos, cuáles cambiamos, cuáles resignificamos.
La cuestión es que este dolor del alma es un dolor político, y como tal, debe ser articulado con otros. La política es reflexión, pero también, y, sobre todo, acción, acción social. Este corazón roto se cose con actividad política. Al ser una tusa colectiva hay que sobrellevarla con otros, porque la ruptura fue colectiva y la acción política tiene que ser colectiva.
Por eso las palabras encuentro, resistencia, desobediencia, movilización, no son sólo palabras políticas, son instrumentos y terapias colectivas. Porque levantarnos de ese malestar es una urgencia histórica por la arremetida antiderechos que desde ya se advierte.
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Y se requiere del encuentro para hablar, para descargarse, para apoyarnos mutuamente y proyectar nuestro papel frente a la subasta de la soberanía, el ambiente, lo público y de todo lo que viene. No puede ser una tusa pasiva, no es la tusa del encierro y la apatía porque se debe a una ruptura con tintes de derrota, que afecta los derechos de las mayorías.
Afranio Parra, comandante del M-19, decía que «La primera fuerza movilizadora está en los sentimientos y en la creencia; luego viene la fuerza de las ideas». Esos afectos, esa tristeza del momento, se sustenta en la alegría de la campaña, la alegría de hace cuatro años, y es la base de la alegría para resistir.
La negación debe transitar rápidamente hacia otras fases, y la aceptación no puede ser hacia el orden de cosas existente. ¿Cómo asumir esos afectos y esas emociones? ¿Cómo ligarlos hacia la idea movilizadora sobre los tiempos que vienen?
Esos afectos movilizan la idea, una idea en constante reflexión, a la que hay que cargar de estrategia y que nos permitirá aguantar para llegar a los gobiernos locales el otro año, y nos permitirá volver al gobierno nacional en el 2030. La idea subterránea que se gesta también más allá de los tiempos electorales, la idea de que el cambio es posible, la democracia real, la equidad y la justicia social.
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