«Encanto» de Disney, ¿un guiño al proceso de paz?

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Advertencia: el presente análisis contiene algunos spoilers o «destripes».

Otra película de Disney, esta vez inspirada en Colombia, intenta repetir la fórmula de Coco de «disneyficar» realidades latinoamericanas para así ofrecer un producto «diferente» y obtener éxito comercial.

Acostumbrados como estamos a la hegemonía cultural estadounidense, expresada en todo un complejo industrial-cultural de grandes empresas y filiales y megaproducciones en las que no participamos, nos resulta agradable ver «nuestras realidades» en pantalla —más si involucran a actores y actrices colombianos— y sentirnos reconocidos como un lugar legítimo de mundo por distintas jerarquías culturales que operan a nivel global.

El héroe o heroína entonces ya no es el clásico avenger con la misión de vencer villanos cósmicos o conjurar conspiraciones y amenazas militares dentro de los Estados Unidos, ni tampoco la típica mujer blanca que, llena de estereotipos de género, como en Blancanieves, encuentra su realización personal en ser rescatada por un hombre. En Encanto nos encontramos con Mirabel Madrigal, una preadolescente colombiana que tiene que iniciar una lucha por su reconocimiento social como «individuo», pues es la única integrante de la familia Madrigal que no dispone de un «don» —es decir, el «superpoder» de los superhéroes tradicionales—. Estos dones son puestos al servicio de la comunidad local y finalmente Mirabel encuentra su «realización» en la reconstrucción de su tejido social familiar, con magia incluida.

En Encanto nos encontramos con Mirabel Madrigal, una preadolescente colombiana que tiene que iniciar una lucha por su reconocimiento social como «individuo»

Así que, sí, la familia Madrigal es «mágica», interactúa mágicamente con el mundo. Pero más importante aún: el origen de esta familia tiene que ver con el conflicto social armado colombiano, o al menos con su larga historia de violencia social y política. En Encanto, la cabeza de esa familia es otra mujer: la Abuela Alma, quien hace todo lo necesario para que no se apague la llama de la Vela, la fuente de poder de los Madrigal. Esto la lleva a tomar distintas precauciones frente a eventuales amenazas y la primera parte de la película desarrolla por qué Mirabel representaba un peligro cada vez más claro y tenía, por ende, que ser apartada de la familia. Lo que al final se cuenta es que esa actitud tan dura de la Abuela Alma tiene que ver con su condición de víctima, pues su esposo habría sido asesinado por hombres a caballo que se tomaron el pueblo y desplazaron forzadamente a la comunidad a la que ella pertenecía.

Momentos antes de esa revelación, la película ya ubicaba imágenes del conflicto. La destrucción de la casa, supuestamente por las imprudentes acciones de Mirabel, evocaba situaciones de guerra visibles en la destrucción física de pueblos ocupados por grupos paramilitares o guerrilleros. De una u otra forma, ese «pasado» del conflicto armado en realidad seguía latente en los personajes, principalmente en la resistencia y rigidez psicológica de la Abuela Alma. Y es frente a las heridas históricas dejadas por esa guerra que la familia Madrigal construye, esta vez con apoyo solidario de todo el pueblo, una nueva casa.

Aunque la película no despliega una postura concreta en relación con actores armados, su mensaje general es de reconstrucción del tejido social, solidaridad comunitaria y reconciliación familiar, así estos fenómenos, al parecer, hayan sido compartidos solamente entre la misma población no combatiente. Desde luego, como en general ocurre en las películas de Disney, la dicotomía «buenos y malos», insuficiente para comprender la complejidad de nuestro conflicto, sigue haciéndose presente; sin embargo, leída en este contexto, pareciera que un subtexto de Encanto es mirar el conflicto de cara a la constitución de un nuevo porvenir de solidaridades, pero sin la repetición del ciclo de odios y rencores que, dentro de una estructura de clases sociales y desigualdades estructurales —esto último no lo muestra Encanto—, posibilitan la reproducción continuada de la guerra.

Sería absurdo afirmar que una defensa del proceso de paz se desprende explícitamente de Encanto, sin embargo, lo que sí muestra el film es que la vía guerrerista/revanchista, la salida autoritaria, no es el camino para tratar las heridas históricas del conflicto y reconstruir tejido social-comunitario.

Es esta referencia histórica al conflicto social armado la que hace que el relato de «superación» y redención del personaje principal, Mirabel, en su búsqueda de reconocimiento, no parezca huero y se acople sin más a la ideología estadounidense de empoderamiento o promoción del turismo extranjero a través del filtro de la democracia liberal y el mercado —cosas que igualmente hacen—. Y al menos para mí Encanto me dejó una invitación a mirarnos a nosotros/as mismos/os, a entender cómo el conflicto nos ha marcado, aunque más allá de fantasiosas supersticiones y dones comprendidos en el marco de una versión disneyficada del «realismo mágico». Y es justamente en este mirarnos que hay que ir más allá de la película.

Sería absurdo afirmar que una defensa del proceso de paz se desprende explícitamente de Encanto, sin embargo, lo que sí muestra el film es que la vía guerrerista/revanchista, la salida autoritaria, no es el camino para tratar las heridas históricas del conflicto y reconstruir tejido social-comunitario.

Adenda: a cinco años de la implementación del Acuerdo Final de Paz con la exguerrilla de FARC-EP hay que seguir exigiendo el cumplimiento de sus reformas estratégicas y para ello será clave la elección de un nuevo gobierno estatal que contenga los efectos regresivos de cuatro años de simulación y perfidia del bloque de poder uribista, hoy en decadencia. Es el Acuerdo, con reformas que empiezan a tratar las causas estructurales de la guerra, una de las ventanas más importantes para la reconciliación y la constitución de nuevos horizontes políticos y sociales diferentes a los del capitalismo realmente existente. En ello es clave analizar los distintos énfasis de la implementación del Acuerdo hechos por cada actor en disputa y recordar que el Acuerdo no se puede reducir a la reincorporación, juzgamiento o participación político-estatal de los/as exguerrilleros/as.

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