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Hasta dónde llega la clase

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Los modos centristas y reduccionistas de concebir
la naturaleza como Otro aún prosperan.
Al igual que las configuraciones conceptuales
que caracterizan el tratamiento de las colonias humanas,
las formas de producir la otredad sobre lo no humano
que le subyacen son precursoras
de muchas formas de injusticias
en nuestras relaciones con no humanos
Val Plumwood

El viacrucis que sube hacia Cerro Seco se hace desde mediados de los años ochenta. El viernes 3 de abril, en plena Semana Santa de 2026 volvía a repetirse ese recorrido que la gente ha sostenido durante décadas, año tras año, avanzando hasta un mismo punto, el Palo del Ahorcado, ubicado en el sector de Potosí, en Ciudad Bolívar. Nosotras llegamos con una intención concreta, queríamos conocer ese árbol; habíamos oído de él, de lo que significa para quienes habitan ese borde sur de la ciudad, sabíamos que todo empezaba en la parroquia Nueva Candelaria y que la caminata llevaba hacia arriba, hacia el cerro.

Hacía más de treinta años no iba a un viacrucis. Pensaba que recordaba de qué se trataba, pero no. O tal vez sí, en todo caso, lo que encontré no era solo eso. La gente se fue organizando sin mucha indicación. Se saludaban, compraban algo para el camino, se acomodaban. Cuando empezó a moverse todo, simplemente nos ubicamos delante de quienes cargaban la cruz, registrando lo que pasaba, viendo cómo se iba armando ese flujo de gente que avanzaba sin pausa, pero sin prisa.

Foto de Hanna Thiesing

Las estaciones fueron apareciendo una tras otra, trece, conté. Entre cada una, el trayecto, subir, parar, escuchar, seguir; familias completas, niñxs, gente mayor, vendedores, mucha comida en el camino. El ambiente no era únicamente solemne sino una mezcla, había recogimiento por momentos, pero también conversación, risas, encuentros; más allá de lo religioso había algo festivo, o tal vez lo religioso también es festivo. Tampoco era una escena cerrada, era un movimiento atravesado por la vida cotidiana, por la costumbre de estar con otrxs, por el hecho de que la fe, cuando se encarna en un barrio, no se separa limpiamente del mercado improvisado, de la vida familiar, del paseo, del cansancio, del almuerzo pendiente.

Antes de empezar, el cura le cambió el nombre al Palo del Ahorcado y lo llamó árbol de la vida. Por lo visto, la parroquia insiste en mover ese nombre, en desplazarlo, en decirlo de otra manera. Pero lo que sostenía el recorrido no se dejaba encerrar del todo en ese gesto. Había algo que desbordaba lo estrictamente cristiano, un gesto pagano que se colaba sin pedir permiso, un sincretismo vivido más que explicado; rezar y comer, cargar la cruz y conversar, detenerse en una estación y luego seguir. Y al final, subir hasta el árbol, dejar una cruz, intencionar algo. No se trata de oponer lo cristiano a lo pagano, sino de quedarse en esa mezcla, en esa forma de religiosidad que no expulsa del todo otras maneras de relacionarse con un lugar, con el cerro, con el árbol, con ese resto de montaña que también es memoria.

Esa era la idea, no obstante, fue ejecutada a medias: el árbol está cercado, custodiado tras recientemente sufrir un atentado en el que alguien intentó quemarlo, así que la cercanía buscada para intencionar el crucifijo ya no fue tan simple. No es solo tocar el tronco y quedarse, es acercarse a algo que también está en riesgo, a algo que ha sido violentado. Esa distancia forzada modifica la escena, porque el gesto de dejar una cruz ya no ocurre frente a una presencia disponible sino frente a un cuerpo herido, separado por una protección que, aunque necesaria, recuerda el daño.

El Palo del Ahorcado, en la cima de Cerro Seco, no es solo un árbol. Es el único eucalipto que se levanta en esa montaña y con el tiempo se volvió un punto donde se condensan trayectorias de vida, formas de habitar ese borde sur de la ciudad. Ahí se cruzan historias de migración, de autoconstrucción, de vecindad, de organización, de luchas sociales y ambientales. No es solo un elemento natural sino un lugar cargado de sentido, un nodo donde se sostiene un tejido comunitario que lo vuelve importante para quienes viven allí y para la ciudad misma. La propia administración distrital lo ha reconocido como referente natural, simbólico y cultural, y el predio donde está fue declarado Bien de Interés Cultural en 2023.

Foto de Hanna Thiesing

No está ahí como algo dado. Se ha ido haciendo con el tiempo, con la gente que lo nombra, que lo cuida, que lo defiende, con lo que pasa en ese cerro. Es un lugar atravesado por memorias y conflictos, por formas concretas de habitar. No es paisaje, es relación.

Y, sin embargo, en medio de ese ambiente que podría leerse como festivo, hubo dos cosas que me impresionaron. La primera tiene que ver con la situación política del árbol. Está cercado después del atentado, pero además ahora está siendo intervenido. El Jardín Botánico llegó, evaluó su estado, identificó daños internos y empezó a intervenirlo aplicó tratamientos, seguimiento y medidas de protección. Las acciones oficiales incluyen visitas técnicas desde febrero, tratamientos de sanidad vegetal, tomografía sónica, escaneo de raíces, endoterapia, fertilización y cerramiento perimetral.

Pero ese cuidado no borra la violencia, el árbol sigue siendo un cuerpo expuesto, herido, atravesado por un intento de destrucción que no es solo biológico sino territorial. Que el Estado llegue después no cancela el hecho de que alguien quiso incendiarlo. Que existan técnicos, diagnósticos y protocolos no elimina lo que revela el ataque: que ese lugar está en disputa, que ese árbol incomoda, que la montaña no está por fuera de la codicia urbana.

La segunda tiene que ver con su capacidad de convocatoria. El árbol no solo reunió a quienes hacían el viacrucis sino también a quienes estaban allí para otra cosa. Un colectivo gritaba: “quemaron nuestro árbol, quieren llenar la montaña de casas”. No era una frase cualquiera. Ahí había una lectura clara de lo que está pasando, la presión de las constructoras, el avance de proyectos inmobiliarios que ven en ese cerro una oportunidad de expansión, no un territorio con memoria, con prácticas, con vida. La escena no era homogénea, estaba atravesada por esa tensión, por la defensa de un lugar frente a una lógica que busca transformarlo en mercancía.

Y ahí, justo ahí, la pregunta por la clase aparece con toda su fuerza.

Porque basta moverse dentro de la misma ciudad para notar que no todos los árboles viven lo mismo. En el norte de Bogotá, en la intersección de la calle 77 con carrera 9, está el Nogal. Ese árbol está custodiado por una reja; esa imagen basta para entenderlo todo. Un árbol cercado para protegerlo, vigilado, cuidado, sostenido. Un árbol que ha sobrevivido más de dos siglos no por una supuesta fortaleza natural sino por decisiones humanas: intervenciones, tratamientos, acompañamiento institucional, recursos técnicos, voluntad política. Su supervivencia no se explica por azar ni solo por la especie, sino por una red de instituciones urbanas, decisiones políticas y factores técnicos; además, en torno suyo se han movilizado recursos económicos e influencias políticas para sostenerlo.

No es un árbol que resiste. Es un árbol al que hacen resistir.

Y aquí vale la pena demorarse un poco más, porque el contraste no es menor. El Nogal no solo está en el norte, está en una zona históricamente asociada al privilegio, a la concentración de capital, a la protección del valor urbano. No es un detalle ornamental que el barrio lleve su nombre, ni que ese árbol se haya vuelto emblema del sector; tampoco es casual que haya sido objeto de cirugías y tratamientos cuando mostró signos de agotamiento. En el fanzine Plantas de Ciudad, Monika Bock propone leer el Nogal como un árbol que condensa dos historias a la vez, la del maltrato y la del privilegio. Y justamente ahí está la clave, no se trata solo de que lo cuiden, sino del tipo de mundo que se organiza alrededor de ese cuidado.

Porque mientras el Palo del Ahorcado, en Cerro Seco, es cercado después de ser atacado y depende de la defensa comunitaria frente a la presión de las constructoras, el Nogal permanece protegido tras una reja, sostenido por una red de cuidado que no está disponible para todos los territorios. Uno es intervenido después del daño. El otro es intervenido para evitarlo. Uno es defendido. El otro es protegido.

No es la especie, es la clase. La diferencia está en los mundos que los sostienen. Un árbol que es quemado, cercado y disputado; otro al que se le prolonga la vida con recursos, saberes técnicos y vigilancia constante. Un árbol que activa la memoria barrial y la defensa del cerro; otro que concentra afecto vecinal, cuidado institucional y una voluntad fuerte de conservación en una zona privilegiada. El Nogal condensa privilegio. El Palo del Ahorcado, lucha.

Y esto no quiere decir, de manera simplista, que uno merezca menos cuidado que el otro. Justamente ahí está el problema. No se trata de oponer el cuidado al abandono como si la solución fuera dejar caer al Nogal para igualar la balanza. Lo que inquieta es otra cosa, que las formas del cuidado estén también distribuidas de manera desigual, que incluso eso que llamamos naturaleza quede capturado por marcas de clase, por geografías del privilegio, por una ciudad que decide dónde la protección se vuelve costumbre y dónde llega tarde, cuando ya hubo fuego.

La ciudad también decide cómo viven los árboles. Decide qué vidas vegetales importan como patrimonio estable y cuáles solo se vuelven urgentes cuando están a punto de perderse. Decide dónde una reja significa protección y dónde significa herida. Decide en qué lugares la memoria se conserva con recursos y en cuáles debe sostenerse a pulso, con consignas, con presencia, con defensa territorial.

El viacrucis entonces no era solo el recorrido de un cuerpo cargando una cruz. Era también el de esos otros cuerpos, árboles, cerros, barrios, que cargan con decisiones que no tomaron. Era el recorrido por una ciudad donde la desigualdad no solo organiza viviendas, ingresos y accesos, sino también las formas en que se cuida o se deja expuesta la vida no humana.

Y la caminata no terminaba arriba, en el árbol. Sigue en esa pregunta que insiste, que incomoda, que no se deja cerrar: ¿hasta dónde llega la clase?

Referencias

Val Plumwood. “Descolonizar las relaciones con la naturaleza”. En: William M. Adams y Martin Mulligan (eds.), Decolonizing Nature: Strategies for Conservation in a Post-colonial Era. Londres: Earthscan, 2003. Traducción de Nicolás Pradilla, Proyecto t-e-e.org.

Monika Bock. “El Nogal”. En: Plantas de Ciudad. Fanzine colectivo. himpar editores

Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis. “Historias del verde urbano: el rescate del Palo del Ahorcado”.
https://jbb.gov.co/historias-del-verde-urbano-el-rescate-del-ahorcado/

 Observatorio Ambiental de Bogotá. “El Nogal: un árbol histórico en problemas”.
https://oab.ambientebogota.gov.co/el-nogal-un-arbol-historico-en-problemas/

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