Por: Daniel Aguirre
Sucedió frente a un cajero automático, en ese intervalo de segundos donde la máquina te devuelve la tarjeta y yo, por una razón inexplicable, decido que el trozo de plástico ya no forma parte de mi acelerada realidad. Lo dejo ahí, parpadeando en la ranura, y me abro sin darme cuenta. No es un hecho aislado. Mi historial de vida podría trazarse mediante un rastro de pasaportes olvidados en aeropuertos, llaves perdidas en el fondo del mar y carnés de identidad que mueren en el olvido de un bolsillo ajeno.
He preguntado dónde están mis gafas con las gafas puestas. No una vez. Las suficientes como para que la gente a mi alrededor ya no responda con preocupación sino con resignación. Soy un güevón buscando sus gafas con las gafas encima de la cabeza. Y por si eso fuera poco, una vez busqué el celular mientras estaba hablando por celular. Con el celular en la mano. En la oreja. Funcionando. Usted sabe cuál cara pone la gente cuando eso pasa. La de ay, este man si es mucha gueva. La de alguien que ya archivó sus expectativas sobre usted en una carpeta que dice casos perdidos, con cariño.
En el mundo moderno, este caos cotidiano tiene un nombre rápido y profiláctico: TDAH. Es un alivio, por supuesto. Es la «llave maestra» que la terapia me entregó para dejar de sentirme un irresponsable y empezar a sentirme un paciente. Pero tras años de análisis, me llega una duda que no sale en los manuales de terapia: ¿En qué momento dejé de tener una personalidad para pasar a tener, simplemente, una avería?
La patologización del «Yo»
Estamos viviendo una era donde la excentricidad ha sido sustituida por el código clínico. Ya no hay «soñadores» ni «despistados melancólicos» (suena Cocteau Twins Peppermint Pig de fondo en mi cabeza); solo hay personas con déficit de atención o fallos en la función ejecutiva. Al adoptar estos términos, estamos cometiendo un error categórico: confundir el síntoma con la esencia.
Carl Jung introdujo el concepto de la Persona para describir la máscara que usamos ante la sociedad. Históricamente, mi máscara era la del man caótico con una anécdota entretenida sobre cómo perdí un objeto de valor. Ahora, mi máscara es el diagnóstico. Es una máscara higiénica, aceptada por mi terapeuta y validada en redes sociales, pero es una máscara que me borra. Si cada vez que pierdo un documento me refugio en la «disfunción ejecutiva», estoy externalizando mi propia vida. Dejo de ser un individuo con una historia para convertirme en un usuario pasivo de un trastorno.
El diagnóstico como coartada
Aquí es donde la cosa se pone incómoda, porque hay algo que nadie quiere decir en voz alta en los espacios seguros de la terapia moderna: hay gente que usa el diagnóstico como escudo para no hacerse responsable de nada.
No hablo de quien genuinamente lucha. Hablo del que llega tarde sistemáticamente a todo, te cancela en el último momento, te deja colgado en un proyecto compartido, te trata con desdén, desaparece cuando más lo necesitas, y luego regresa con esa calma casi admirable, esa cara de que no pasó nada, y dice: es que tengo TDAH, es que soy autista, es que tengo ansiedad. Y ahí termina la conversación. El diagnóstico cae como una reja. No hay nada más que discutir, no hay a quién reclamarle, no hay nadie adentro que responda. Solo el trastorno, flotando ahí como un abogado de oficio que llegó tarde pero igual ganó el caso.
El problema no es el diagnóstico. El problema es cuando el diagnóstico reemplaza la responsabilidad en lugar de contextualizarla. Porque saber por qué haces daño no te absuelve de haberlo hecho. La neurociencia puede explicar el mecanismo, pero no te exime de pedir perdón, de buscar estrategias, de intentar, al menos, no destruir lo que tienes alrededor. Entender tu sombra no es lo mismo que rendirte a ella y enviarle la factura a los demás.
Hay una diferencia abismal entre decir mi cerebro funciona diferente y estoy trabajando en ello y decir mi cerebro funciona diferente, así que eso es todo, buenas noches. La primera es una explicación. La segunda es un gansociego, como dice el Zarco en La vendedora de rosas. Le meten esa idea a uno tan adentro, tan despacio, tan con cara de víctima, que cuando uno se da cuenta ya llevs un año disculpandose lo que no tenías por qué disculpar.
Jung y la traición a la Individuación
Jung sostenía que el propósito de la vida es la individuación: el arduo proceso de integrar nuestras contradicciones, nuestra Sombra y nuestras rarezas para convertirnos en un todo único. El diagnóstico moderno es, en muchos sentidos, el enemigo de la individuación. En lugar de preguntarme qué intenta decirme mi tendencia al extravío sobre mi relación con el mundo, la sociedad me invita a catalogarlo como un error de cableado.
Si mi sombra (ese lado oscuro y desordenado) es simplemente química, entonces no hay nada que integrar. No hay diálogo posible con una sinapsis defectuosa. Al etiquetarme, he dejado de ser un sujeto en mi propia terapia para convertirme en un objeto de estudio. Me he convertido en alguien que habita una vida prediseñada por el DSM-5*, donde cada olvido es una casilla marcada y no una experiencia vivida.
Y lo más siniestro del asunto es que la casilla marcada es cómoda. Tiene la temperatura perfecta. No exige nada. Es un sillón diagnóstico donde uno puede quedarse dormido indefinidamente mientras la vida ocurre en otra habitación.
El derecho a la propia sombra
Hay algo profundamente deshumanizante en la comodidad del diagnóstico. El lenguaje clínico es plano; carece de la poesía del carácter. Prefiero la versión de mí mismo que es un desastre humano, con toda la vergüenza y el aprendizaje que eso conlleva, que la versión que es un paciente ajustando su dosis de dopamina. La primera versión tiene un alma que puede ser herida o redimida; la segunda solo tiene un sistema operativo que necesita un que la reparen.
No se trata de negar la neurociencia. Se trata de no permitir que la neurociencia sea el último párrafo de tu historia. Mi tendencia a perder pasaportes, a botar cédulas en el peor momento imaginable, a ser el güevón que busca el celular mientras habla por celular ….nada de eso es solo un síntoma. Es parte de mi mitología personal, una amalgama de herencias, miedos y una curiosa forma de estar en el mundo que se resiste a la organización cuadriculada de la vida moderna.
Quizás, la próxima vez que deje la tarjeta en el cajero, no lo llame TDAH. Quizás simplemente acepte que soy una persona que habita las nubes con más frecuencia que el asfalto. Que hay una diferencia entre estar roto y estar construido de una manera que el mundo moderno no sabe muy bien cómo archivar.
Es menos eficiente. Me sale caro ser así, porque los pasaportes subieron a más de 300 lukas, porque las copias de tarjetas de banco cuestan y botar unas gafas es un proceso el hp. Genera miradas largas, inauditas y silencios expresivos. Pero es infinitamente más real.
Al final del día, prefiero una identidad llena de baches y olvidos que una etiqueta médica perfectamente limpia donde yo, el individuo, ya no existo. Prefiero ser el man que buscó el celular con el celular en la oreja, a ser el paciente que nunca se buscó a sí mismo en absoluto.
(Suena Ebba Grön – «Flyktsoda»)
* El DSM-5 es el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición, utilizado para clasificar y diagnosticar trastornos mentales de manera estandarizada.
Por: Daniel Aguirre
