La mega cárcel de Bukele: una oportunidad para preguntarse por la prisión y su ideología

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El medio de comunicación salvadoreño El Faro ha documentado extensamente la serie de negociaciones bajo la mesa que ha establecido el gobierno de Bukele con las pandillas de El Salvador, que incluyen la baja en homicidios a cambio de votos, la no extradición o tratos preferenciales a las dirigencias de las maras. 

El discurso público de mano dura ha alcanzado tal grado de performatividad que se vio coronado con la construcción de una mega cárcel y la producción de imágenes de tratos duros a delincuentes

Los acuerdos en realidad no sorprenden, esta es una práctica frecuente tanto en El Salvador como en otras latitudes, lo realmente cuestionable es la contradicción entre el discurso público de guerra contra las pandillas, y los beneficios privados que han sido otorgados.

El discurso público de mano dura ha alcanzado tal grado de performatividad que se vio coronado con la construcción de una mega cárcel y la producción de imágenes de tratos duros a delincuentes, imágenes que han sido eficaces para reforzar la gran popularidad con la que ya cuenta el presidente-influencer. 

La mega cárcel, que puede retener a 40.000 privados de la libertad, fue elogiada por diversos sectores políticos y sociales, y criticada por organizaciones de derechos humanos. Se logró construir en el marco de un régimen de excepcionalidad que le ha permitido al gobierno mayor concentración de poder, pero también, de un régimen de opinión que celebra la existencia de resultados concretos en la reducción de homicidios, así se den en medio de prácticas autoritarias en las que, como se ha venido denunciando, han caído también “justos por pecadores”, personas empobrecidas cuyo delito es ese, ser pobres. 

un régimen de opinión que celebra la existencia de resultados concretos en la reducción de homicidios, así se den en medio de prácticas autoritarias

La imagen de la mega cárcel vino a ser un deleite para los sectores conservadores que tradicionalmente defienden la privación de la libertad como la mejor forma de tratar el delito. El criminólogo Ignacio González Sánchez dice que la cárcel es muy útil, ya que presenta una respuesta que lleva a descartar las preguntas. La cárcel viene a ser la solución, una solución que deja de lado la pregunta social sobre el delito. 

Pero cuando se impugna la respuesta, de inmediato, emergen las preguntas: ¿Cuál es el efecto real de la cárcel? ¿Cuál es su función? ¿Qué es la cárcel? En el sentido común, lo carcelario viene a cumplir la función básica de integrar en la moral y la norma a quienes han estado ajenos a la moral y la norma. Pero cuando se piensa con mayor detenimiento, la cultura del delito cuenta en efecto con reglas y valores. Esta cultura es sumamente jerárquica, autoritaria, y se organiza en torno a la imagen del macho que todo lo puede. Sus valores son la versión extrema de los valores dominantes, y se orientan en el consumo, la propiedad y la fuerza como expresión de estatus social. 

¿En el capitalismo y el patriarcado, el estatus social no está mediado también por la capacidad de consumo, la acumulación de propiedades y la capacidad para subordinar a otras personas? ¿Acaso la cultura dominante no cuenta también con sus versiones de autoritarismo y jerarquía? En ese sentido ¿Qué tan diferente es la cultura del delito común de la cultura dominante?

Sus valores son la versión extrema de los valores dominantes, y se orientan en el consumo, la propiedad y la fuerza como expresión de estatus social.

Entonces ¿Qué de la cultura global y de la sociedad de consumo hay en la cultura del delito? ¿Y qué hay de las culturas de cada contexto? Pero también, ¿cómo impacta la estructura de exclusión, pobreza y marginación así como la configuración del tejido comunitario en el delito? ¿Qué pasa socialmente para que jóvenes de sectores subalternizados construyan sus modos de identificación en grupos de identidad exaltada como lo son las pandillas? ¿Cuál es el contexto familiar, con qué herramientas psicosociales cuentan? Cuando se reflexiona sobre esas preguntas formuladas desde distintos ámbitos académicos y organizativos, la cárcel como única respuesta se torna insuficiente, ya que se da paso a la interrogación en torno a lo estructural, sobre cómo a nivel estructural se habilita el espacio para que se produzca el delito, por lo menos en su versión común.

Por supuesto, en la cárcel residen privados de la libertad por diversos tipos de delito, pero ¿Qué tanto hacen las sociedades a la hora de buscar o construir medidas frente al delito que vayan más allá de lo represivo? Para el criminólogo finlandés Tapio Lappi-Seppälä existe una correlación entre la legitimidad institucional, la solidaridad social, las formas de inclusión y las penas alternativas con la reducción de delitos y encarcelamientos. 

Para el criminólogo finlandés Tapio Lappi-Seppälä existe una correlación entre la legitimidad institucional, la solidaridad social, las formas de inclusión y las penas alternativas con la reducción de delitos y encarcelamientos. 

El profesor Ignacio González y el investigador Alejandro Forero recuerdan que la cárcel se generalizó casi de la mano del capitalismo industrial. Ya fuera como mecanismo de expulsión o dispositivo de control y castigo de la creciente mano de obra y de quienes se negaban a vender su fuerza de trabajo en las nuevas condiciones de fines del siglo XVIII y del siglo XIX, o como espacio de defensa frente a “antisociales” que iban desde delincuentes comunes hasta disidentes políticos; el carácter “resocializador” del centro de reclusión solo llegó hasta años después. 

Luego la crisis carcelaria de las décadas de los 70s y los 80s del siglo XX en distintos países del norte global, puso de manifiesto que en realidad no estaba teniendo lugar esa “resocialización” ya que las dinámicas de la cultura del delito eran llevadas al espacio carcelario, y este a su vez construía nuevas dinámicas de cultura del delito. Fue este el contexto de la emergencia de nuevas modalidades de pena que iban más allá del encarcelamiento, mientras se desarrollaba el proceso judicial. 

La concepción de la persona privada de la libertad como un ser monstruoso y antisocial —herencia de la antropología criminal de fines del siglo XIX y principios del XX—, sigue pesando sobre el sentido común que identifica en la cárcel la solución más eficiente.

La cárcel, como espacio para ocultar lo indeseable, esconde lo monstruoso, o lo que la sociedad considera monstruoso. Es el ámbito en el que se refuerza exponencialmente la cultura de la violación, esa que hace del cuerpo del otro un objeto a poseer; la cultura machista en la que solo sobrevive el “macho fuerte”, y se impone la competencia a las formas de solidaridad que son casi estrictamente grupales; se fortalecen las formas de trampa y “viveza” como medios casi exclusivos para adquirir más beneficios; y de la transacción y el poder de influencia por encima de todo para conseguir lo que se quiere. En últimas, lo carcelario es el ámbito de los valores culturales básicos propios del capitalismo y el patriarcado, que en la sociedad sólo son restringidos parcialmente por algunas reglas que sirven de contención, pero que son constantemente tensionadas en la calle y en otras instituciones de control. 

En últimas, lo carcelario es el ámbito de los valores culturales básicos propios del capitalismo y el patriarcado, que en la sociedad sólo son restringidos parcialmente por algunas reglas que sirven de contención, pero que son constantemente tensionadas en la calle y en otras instituciones de control. 

La cárcel busca ocultar lo monstruoso, cuando lo monstruoso se produce y reproduce permanentemente en nuestras sociedades. Como dice Angela Davis: “Éste es el trabajo ideológico que realiza la prisión: nos exime de la responsabilidad de comprometernos seriamente con los problemas de nuestra sociedad”.

La cárcel es un problema complejo, cargado de contradicciones y puntos grises, no una solución, es un problema que permite evadir reflexiones serias y suprimir la necesidad de imaginar socialmente alternativas estructurales e inmediatas que piensen en el largo plazo y no solo en el eficientismo cortoplacista de la mano dura y el paradójico confort del discurso autoritario. El encarcelamiento como sentido común viene a ser excusa perfecta para no hacerse cargo de las preguntas que incomodan. Ya lo decía La Polla Records: dime, dime, ¿para quién hicieron la cárcel? Porque el rico nunca entra y el pobre nunca sale.

1 COMENTARIO

  1. Un articulo muy interesante. En Cali vienen las elecciones de alcalde y muchos con su demagogia resaltan la cárcel y la mano dura como una solución a los problemas sociales que en este momento se desarrollan en la ciudad.

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