¿Qué es la patria? ¿Son los clubes de las “familias de bien”? ¿Son las grandes haciendas, o las grandes fincas ganaderas? ¿Son las 4×4 de vidrios polarizados? ¿Es la foto de Pablo Escobar? ¿Es el discurso de guerra o la exhibición del arma mientras se grita “plomo es lo que hay”? ¿Es la élite payanesa, bogotana o costeña, nostálgica de la colonia y con aspiraciones de ser blanqueada gracias a sus propiedades en Miami o Europa? ¿Son los que rezan mientras esperan la eliminación de todo lo que no se les parece? No, esa no es la patria. No les regalemos esa palabra porque en realidad no la entienden.
En 1976, la agrupación chilena Quilapayún musicalizó el poema de Fernando Alegría “Mi Patria”:
Mi patria era sauces, alerces y nieve,
canelos oscuros, la flor de Pomaire,
doncella de yeso en azul de los cielos,
aromos flotando entre viejos volcanes,
mi patria era sauces, alerces y nieve.
Mi Patria era cantos en rojas guitarras,
nostalgia en la rosa que enciende la tarde,
ardiente torcaza quemando sus alas
dormida en el humo fragante del campo,
mi Patria era cantos en rojas guitarras.
Patria, luz y bandera
de los puños alzados,
volverás a florecer,
volverás a renacer.
Un poema desgarrado por el exilio impuesto por la dictadura de Augusto Pinochet. El poema representa a Chile, y la patria no era la junta militar, las desapariciones o los hipócritas valores ultracatólicos nostálgicos de la colonia. La patria, sentida desde el exterior, era más que eso, era la representación de lo que se amaba, de la belleza de los paisajes o del pueblo que se había movilizado en torno al gobierno de la Unidad Popular.
Por muchos años, sectores de las izquierdas y del campo alternativo han sentido desconfianza de la idea de patria y de nación, quizás debido al chovinismo, a la irracionalidad de la superioridad exhibida por posturas de extrema derecha —fundamentalmente europeas—, que asumían que su país era puro, diferente y mejor que cualquier otro, pero esa visión tan propia del norte global, no fue igual en todas las latitudes. En los países latinoamericanos, africanos o asiáticos, los siglos XIX y XX evidenciaron que el nacionalismo y la patria adquirían otros sentidos.La patria era una comunidad imaginada, al decir de Anderson, marcada por el orgullo de las propias raíces frente a la dominación colonial o imperialista.
La patria también era hermandad, era, por ejemplo, la confederación panafricanista frente a las fronteras impuestas por ingleses, franceses, holandeses o alemanes. La patria no era superioridad sino internacionalismo entre el “tercer mundo”, era la lucha en las fronteras nacionales bajo la certeza de que esa lucha no estaba aislada de las luchas anticoloniales que se libraban en Vietnam o El Congo. La patria fue también la idea de “patria grande” latinoamericana.
Y esa relación con lo nacional no fue automática, provino de la lectura concreta de las fuerzas de izquierda hacia el sentimiento con el que los sectores populares se movilizaban. La nación conmovía, se sentía en las prácticas cotidianas, en los modos de expresarse, en lo que comían a diario, en lo “típico” y lo propio. La visión cosmopolita de posiciones de izquierda se fue ajustando, se fue alineando al ánimo popular que también contenía lo nacional. Entonces fue evidente que las derechas, que las élites, insistían en el nacionalismo y lo patriótico, pero desde un lugar cuadriculado: la patria era la formación para cantar el himno nacional en un colegio, eran los símbolos estáticos, o los museos, y esa patria era vista con los ojos puestos afuera, en el extranjero fundamentalmente, en aquellas potencias que habían dominado los países periféricos. Lo nacional tenía que ser a imágen y semejanza de España, por ejemplo, y luego de Estados Unidos. Pero la dinámica viva de lo popular agitó esos contenidos y mostró otros sentidos de la república y de lo nacional.
En Colombia, la fuerza del nacionalismo con un nuevo contenido, uno renovado, vivo y cálido, lo puso sobre la mesa — de manera explícita y fundado en aprendizajes del país y de experiencias latinoamericanas— el M-19 y Jaime Bateman Cayón, así lo resaltaba el dirigente Bernardo Jaramillo Ossa, candidato presidencial de la Unión Patriótica, (asesinado por el establecimiento el 22 de marzo de 1990), en una entrevista a Martha Harneker publicada en 1989:
«Yo creo que un hombre que hizo un aporte grande a esto fue Jaime Bateman, el fundador del Movimiento 19 de Abril (M-19). Él planteaba que había que hablar otro lenguaje, que en lugar de tratar de trasplantar un lenguaje a las masas había que recoger el lenguaje que hablaba la gente y, sobre la base de ese lenguaje, desarrollar propuestas. Insistía en la necesidad de levantar nuevas propuestas, porque a la gente no se le podía seguir hablando del paraíso soviético, del paraíso cubano o del paraíso chino, sino que, sobre la base de nuestra realidad nacional, había que plantearse las transformaciones reales que era necesario hacer en nuestra sociedad».
Cuan esponja, aprendendiendo del peronismo argentino, o de la reivindicación de la patria realizada por los vietnamitas, así como por las enseñanzas de Carlos Toledo Plata y de la experiencia de la ANAPO, Bateman entendió que había que rescatar la patria, hacerla propia, y fundirla en el discurso político de cambio, por que la patria no era la oligarquía, por el contrario, la patria, su contenido y efervescencia guardaba una relación directa con la cultura popular. Asumió que la patria es el pueblo.
Entonces Bateman empezó a decir:
«Y la revolución se hace para el pueblo, por eso tenemos que nacionalizar la revolución, ponerla bajo los pies de Colombia, darle sabor a pachanga, hacerla con bambucos, vallenatos y cumbias, hacerla cantando el Himno Nacional».
O Álvaro Fayad, también comandante del M-19:
«Entonces no nos interesaba aportar nuevas teorías revolucionarias, ni novedosísimas ideas. No. Lo que nos interesaba más era encontrar esa nueva manera de luchar, de organizarse (…) de hacer la revolución del pueblo, es decir, de hacerla como es la gente de Colombia, sencilla, luchadora, alegre, descomplicada, con sentido del humor, mamagallista, sin carretas pesadas, gente que se le mide a las cosas cuando ve posibilidades de victoria… Y así como es el pueblo de Colombia, así es el M-19».
Como recogió la periodista Patricia Lara en su libro “Siembra vientos y recogerás tempestades”. La nación, la patria, por tanto, no son cosas o aparatos apropiables por la derecha y punto, por el contrario, son objeto de disputa, sus contenidos y representaciones están abiertos, pero además, existe una historia que evidencia que las élites y la derecha no tienen la legitimidad para nombrarla y reivindicarla.
En Colombia, la oligarquía no ha guardado ningún interés por conectar de forma sostenida a la nación con vías, sean férreas, terciarias o fluviales, porque sus intereses han estado vinculados con la compra y la importación, no con el desarrollo industrial y la exportación, y la infraestructura que esto supone. Tienen una visión feudal de la ruralidad y miden su poder no por la productividad de la tierra sino por grandes extensiones de tierras improductivas a veces dedicadas a la ganadería extensiva. Han puesto en subasta el carbón, el oro o el petróleo a grandes empresas extranjeras para recibir algunos dividendos sin impacto en la economía nacional. Viven en Colombia pero tienen sus ojos puestos en el norte global, como lo ha demostrado De la Espriella.
La oligarquía, esas cuantas familias que mantienen el poder real, a las que Gaitán llamaba el país político, no es patriota en realidad. La patria es el paisaje cumbiero, es el campesinado sin tierra o con poca tierra que entiende que la producción de alimentos, no el fracking o la ganadería extensiva, tiene un impacto real en la economía colombiana. Son los resguardos y consejos comunitarios con proyectos sostenibles que protegen las reservas naturales. Son las y los trabajadores beneficiados con el aumento del salario mínimo, es el rebusque y la economía popular.
La patria es el desarrollo pensado para todas y todos, un desarrollo que no es a costa, sino con la naturaleza. La patria es el pueblo, y no la oligarquía que mira con desconfianza a la gente de a pie. Por eso las izquierdas y los sectores que defendemos el cambio somos quienes realmente estamos firmes con la patria. Porque la patria es la defensa del territorio, del pueblo y de la soberanía nacional. La patria es apertura e integración latinoamericana. La patria es la reforma agraria, la revolución ética y la profundización del cambio.
He visto post de respuesta a la campaña de Abelardo con frases como “Firmes con la farra, nunca con la patria”, o “Si ellos son la patria yo soy extranjero”, si bien comparto el sentido de la primera, es un error entregar en bandeja de plata algo tan complejo, dinámico e importante como la patria en tanto símbolo a la derecha. No les regalemos la patria, porque en realidad no la entienden.




