La Colombia que votó NO, es la Tierra de Colón

Frente al panorama desolador que dejan los resultados del plebiscito de este domingo 2 de octubre, convocado por Juan Manuel Santos para aprobar los acuerdos logrados en La Habana con las FARC-EP, me permitiré enunciar algunos aspectos que expresan la forma en que recibí la noticia.

Para empezar, el momento dio lugar a un desbordamiento de emociones que no sólo se vio en las víctimas del conflicto armado, quienes han sido las más afectadas -directamente- y aún así, en su gran mayoría, aprobaron los acuerdos, sino, además, en la gente de la ciudad que también le apostó a la paz. Sin embargo, desde el inicio entendí que era necesario trascender esa pasionalidad que deriva muchas veces en la irracionalidad pesimista sobre lo que ocurre, para comprender que este resultado hace parte de las frustraciones históricas que ha tenido esta Colombia ultraconservadora.

Lo anterior implica hacer una lectura tanto de la victoria del no, como del alto nivel de abstencionismo electoral en un marco de análisis histórico, sustentado “en el manejo informativo de 52 años de conflicto armado, emitido y elaborado por los medios corporativos de difusión que de la mano de los sectores empresariales, ganaderos y de poder, construyeron cabalmente el imaginario del enemigo interno para la nación, en la caracterización del disidente y el sedicioso como terrorista irracional sin ningún fin social y político” (Revista Hekatombe, 2016).

Esto significa que, como diría Pepe Mujica (2016) “el pueblo es heredero de su historia” y la única forma de cambiarla es aceptarla, reconocerla para poder crear y asumir nuevos caminos políticos de cambio, es necesario “cargar con los dolores que nos corresponden y trabajar hacia adelante”(Mujica, 2016).

Dicho proceso de desnaturalización de la realidad y la cultura del miedo y la violencia es un camino de largo trecho. Fueron más de cincuenta años porque, de hecho, la significación política del nombre que asumimos como país manifiesta una cultura que se forjó a partir del genocidio y el despojo, somos hijos de las víctimas y de los victimarios de la invasión española y por esta razón el debilitamiento de la noción identitaria de la nación tiene un nombre: “Colombia” que proviene de “Colón” el mayor masacrador de nuestro pueblo latinoamericano.

Lastimosamente, ni siquiera nos hemos apartado de esta denominación, ignorado nuestras raíces prehispánicas, lo cual significaría que si bien, desde el psicoanálisis, existimos por la mirada del otro, cuando el otro nos nombra y nos reconoce, en este país ese reconocimiento histórico de nuestra existencia como colectivo latinoamericano solo es aceptado a partir de 1492 y de ahí para atrás se asume que lo demás no existe.

Entonces, el panorama desolador ha estado siempre pero se hace visible en los momentos en que estalla esa crisis permanente como el plebiscito, en donde los partidarios del “no” como los del “si” hacen parte de la cultura del miedo. Unos (los del “no”) porque, sobre todo, tienen miedo al cambio, a aceptar que la historia oficial hasta ahora no ha revelado todos los relatos y que por lo mismo las FARC-EP si tienen un proyecto político que hace una lectura diferente de los problemas y propone otro tipo de soluciones opuestas al salvajismo del “progreso a toda costa” del modelo neoliberal, lo cual los despoja del famoso rótulo “narcoterrorristas”. Y por otro lado, los que votamos “si” entre el temor a perder más vidas y la esperanza de volver a creer, pese a las circunstancias.

El miedo histórico, que también puede derivar en el odio destructor, evidenciado en el 50.2% de quienes votaron “no” (sobre el total de la gente que decidió acudir a las urnas), solo se puede superar con el conocimiento y reconocimiento de otros relatos no oficiales que demuestran que las guerrillas no son un error sino una consecuencia más de los grandes errores que han cometido los dirigentes de este país. Una consecuencia que devino en politización y organización, una prueba de ello es lo consignado en los acuerdos, la carga política de sus discursos, la cantidad de miembros en sus filas (que según diferentes fuentes varía de 5.700 a 17.000) y lo constatado en las treinta tesis del último encuentro conocido como La décima Conferencia Nacional Guerrillera, al señalar que:

La guerra no fue para nosotros un fin en sí mismo. Al tiempo que fue una guerra de resistencia social y popular, también asumió los rasgos de una guerra ofensiva basada en planes político-militares para la toma del poder a fin de propiciar las condiciones para las transformaciones que a nuestro juicio demanda la sociedad colombiana (Tesis 1 “Una historia de guerra y búsquedas de solución”).

Reconocer estos nuevos o más bien, viejos relatos en resistencia que no han sido escuchados por varios sectores de la sociedad, permitirá que “las nuevas generaciones aprendan de los dolores del pasado y puedan (se arriesguen a) cometer sus propios errores, sin repetirlos” (Pepe Mujica, 2016), entendiendo también que el perdón que resuena como un anhelo generalizado de muchos que votaron por el “no” y por el “si”, no es unidireccional, no sólo le compete a la guerrilla, sino a las partes involucradas en el conflicto que es la sociedad civil y sobre todo el Estado, como garante de derechos.

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María Antonia Santos Cano. Pensadora de la vida cotidiana, se entrega y renuncia al mundo constantemente, encontró sentido en el sinsentido, se aferra a la duda como principio pero siempre sobreviviendo con las certezas imprescindibles. Encarna los dolores de su sociedad como una neurótica de su tiempo. Detesta los relojes de pulsera porque solo sirven para sentir el peso latente del tiempo. Cree que lo imposible es sólo la inspiración de posibles alcanzables. Lo que rescata de la humanidad es la potencia del encuentro de las soledades colectivas que ha dejado la guerra, como forma de cambio.

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