Ni quien quiera. Sobre el machismo en la academia

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Artículo enviado en el marco de la convocatoria ¡Publica en Hekatombe!

Cuando entré a la universidad a los 16 años, observaba con fascinación a mis profesores, hombres doctos, a quienes admiraba genuinamente y de los cuales pensaba “su ingenio es más que natural”. También contaba con profesoras brillantes, de las cuales pensaba “sí, pero es una excepción”, para que una mujer llegue al punto de reñir académica e intelectualmente con un hombre, tiene que destinar un doble esfuerzo para poder alcanzarle. Consideraba, adicionalmente, que han existido grandes pensadores y muy pocas grandes pensadoras; claro, cómo no, nadie hablaba de ellas y no tenía muchas herramientas para llegar a sus máximas.

Pensaba que, posiblemente en unos años cuando fuésemos egresados, ellos iban a ser grandes maestros ilustres, y yo una maestra promedio.

Veía a mis compañeros hombres dando sus aportes en clase, con una seguridad tal, que podrían “venderle hielo a un esquimal”. Pensaba cuando los escuchaba hablar (haciendo aportes menos elaborados de los que caldeaba mi cabeza) que de cualquier forma ellos lo hacían mejor. Pensaba que, posiblemente en unos años cuando fuésemos egresados, ellos iban a ser grandes maestros ilustres, y yo una maestra promedio. Luego, con el paso del tiempo, empecé reconocer que mis aportes no eran insustanciales al lado de los de mis compañeros hombres, y decidí empezar a exteriorizarlos, me di cuenta con ello de que muchas personas concluían en lo aportante de lo que decía.

Que los mensajes sutiles que recibimos tanto dentro como fuera del aula, nos empuja a desarrollar una dicotomizada percepción de la existencia, en la cual a los hombres se les carga de confianza y seguridad, y a las mujeres de dudas y vergüenza frente a sus habilidades.

Pasaron los años, y por fortuna conocí los feminismos. Con ellos entendí, de la mano de autoras como Iría Marañón y Marina Subirats, que esa sensación de inferioridad académica e intelectual no era aislada e inconsistente, sino estructural y sistemática. Que los mensajes sutiles que recibimos tanto dentro como fuera del aula, nos empuja a desarrollar una dicotomizada percepción de la existencia, en la cual a los hombres se les carga de confianza y seguridad, y a las mujeres de dudas y vergüenza frente a sus habilidades.

Cuando me encontraba sobre los 20 años, empecé a frecuentar círculos en los que el tema de discusión central era la política local y nacional. Me quedaba completamente absorta, cuando observaba cómo dentro de un grupo nutrido de personas, se presaba total atención a los planteamientos de los compañeros hombres, y en esa misma medida los que realizaban las compañeras eran totalmente ignorados así apuntaran a lo mismo, se encontraran mejor nutridos, desarrollados y argumentados. Se escuchaba a quien levantaba la voz, hombre; a quien controvertía sin argumentos firmes, hombre; a quien manoteaba sin razón aparente, hombre.  Así mismo, las discusiones más álgidas se daban entre ellos, muy pocas veces me topé con quien decidía contraargumentar los planteamientos de alguna de las mujeres presentes.

Recuerdo bien la campaña presidencial del 2022, en la que el candidato Rodolfo Hernández salió a decir: “Es bueno que ella haga los comentarios y apoye desde la casa. La mujer metida en el Gobierno, a la gente no le gusta”, lo que despertó respuestas de todo tipo, incluyendo las del ala “alternativa” y de “izquierda”, donde se encontraban esos mismos hombres, que meses atrás no habían escuchado a las compañeras; hablando de que ellos si reconocían el valor del trabajo de las mujeres. Frente a esto publiqué en mis redes sociales con tanto desparpajo como genuina indignación el siguiente post:

Me hace un ruidito el hecho de evidenciar cómo a muchos que se ven siempre por ahí en redes criticando los feminismos, y las luchas de las mujeres, se les hace ahora sí muy práctico y "funcional" expresar lo "dadivosos" que son con nosotras; 
-"Nosotros si le damos el poder a la mujer" – dicen.
-No, pues muchas gracias ome, que tan generosos.
Ahí si les sirve hablar de la importancia de la lucha de las mujeres. (Empezando por que lo hacen desde una perspectiva tan androcéntrica, que se arrogan el hecho de que sean ellos los que "dan" ese poder). Eso ni de izquierdas ni de derechas, la fraternidad y la adulación de los hombres por, y entre ellos mismos, no tiene espectro político.
Siempre, así lo nieguen, van a tener presente y por delante las percepciones, opiniones y conclusiones de otros hombres. Luego, las de mujeres "que si son intelectuales", comprometidas con el conocimiento, las "verdaderas feministas". (Y obviamente si, Rodolfo es nefasto. Lo que no quiere decir que del lado de los seguidores de Petro no haya muchos que se jactan de una igualdad formal, más no real).”

Luego decidí alejarme esos círculos politiqueros que viven cómodamente inmersos en el pacto patriarcal, y sobre los 22 años incursioné en el mundo laboral. Una vez más encontré allí a quienes revestían su imagen con la de un hombre “deconstruido”, que entendía la envergadura de las luchas de las mujeres, que reconocían el valor de los aportes realizados por estas en el devenir de la humanidad. Sin embargo, cuando nos encontrábamos en determinados espacios, y al momento de realizar lluvias de ideas, propuestas y proyecciones, pareciese que las mujeres nos esfumáramos del lugar, que nuestra presencia fuera imperceptible, porque los susodichos bien podían pasar largos ratos conversando entre ellos, retroalimentando sus ideas. Igual, NI QUIEN QUIERA, a hombres necios odios sordos. Yo escuchaba a mis compañeras con fascinación; veía el valor, la calidad y la potencia de sus propuestas, no era necesario que quienes no quisieran escuchar, lo hicieran.

Sin embargo, cuando nos encontrábamos en determinados espacios, y al momento de realizar lluvias de ideas, propuestas y proyecciones, pareciese que las mujeres nos esfumáramos del lugar, que nuestra presencia fuera imperceptible, porque los susodichos bien podían pasar largos ratos conversando entre ellos, retroalimentando sus ideas.

Con el paso del tiempo he logrado afinar cada vez más la mirada respecto a la sutileza del proceder del pacto patriarcal, y en esa misma medida, he activado mis tácticas de defensa. Creo en el poder de la educación para que cada vez haya en el mundo más niñas seguras de sus capacidades y habilidades, que no se sientan amedrentadas, ni vean menguadas sus posiciones por voces que tratan de opacar y ridiculizar la fuerza y potencia de las cosas que las mujeres pensamos y decimos.

Decía una de las tres damas que se le presentaron a Cristina como un rayo de luz para iluminar su entendimiento en el libro La ciudad de las damas de Christine de Pizan:

“-No temas, querida hija, no hemos venido aquí para hacerte daño sino para consolarte. Nos ha dado pena tu desconcierto y queremos sacarte de esa ignorancia que te ciega hasta tal punto que rechazas lo que sabes con toda certeza para adoptar una opinión en la que no crees, ni te reconoces, porque sólo está fundada sobre los prejuicios de los demás ¿Dónde anda tu juicio, querida? ¿Has olvidado que es en el crisol donde se depura el oro fino, que allí ni se altera ni cambia sus propiedades sino todo lo contrario, cuanto más se trabaja más se depura y afina? ¿Acaso ignoras que lo que más se discute y debate es precisamente lo que más valor tiene? Piensa en las Ideas, es decir, las cosas divinas que mayor trascendencia tienen: ¿no ves que incluso los más grandes filósofos cuyo testimonio alegas en contra de tu propio sexo no han logrado determinar qué es lo verdadero o lo falso, sino que se corrigen los unos a los otros en una disputa sin fin?”

Así como en el siglo XV las damas le ayudaban a Cristina a develar el poder de su propio entendimiento, hoy los feminismos nos llaman a que, en contrapuesta al pacto patriarcal, saquemos del anonimato y la timidez todo lo que las mujeres hemos dicho, decimos y tendremos por decir. Cobijadas en el apoyo mutuo como acto político, con el cual, ni quien quiera ser (o no) validada por quienes, obnubilados por el ego, se nieguen a ver.

Por Una lectora vaga. Bibliotecaria y futura maestra, encarretada poesía. En Instagram es @lecturasvagas.

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