Piotr Kropotkin: el aristócrata anarquista

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Un 9 de diciembre de 1842 nació un aristócrata ruso, que aburrido del conservadurismo de su entorno, escapó hacia el estudio de las ciencias, poniendo énfasis en la geografía y la biología, aunque dejando también espacio al estudio de la historia y la economía.

Emocionado con la teoría de la evolución desarrollada por Darwin, dedicó parte de su vida a demostrar como en la evolución de las especies, el apoyo mutuo también era fundamental. Su propósito era, además de dar su aporte a la teoría de Darwin, desmentir las interpretaciones que estaban dando lugar a lo que se conocería como darwinismo social, en las que se pretendía mostrar la competencia descarnada y el egoísmo como factores de evolución.

En el terreno político, se inclinó por el anarquismo que puso en diálogo con su teoría del apoyo mutuo de las especies. Un anarquismo de sello colectivo, que sin anular al individuo, discutía con el anarco individualismo de Stirner. Falleció en la Rusia del gobierno bolchevique un 8 de febrero de 1921.

A continuación compartimos un fragmento de uno de sus textos más conocidos: «La moral anarquista».

El pensamiento en la historia

La historia del pensamiento humano recuerda las oscilaciones del péndulo, las cuales hace ya siglos que perduran. Después de un largo período de sueño, viene el despertar; y entonces se libera de las cadenas con las que todos los interesados –gobernantes, magistrados, clérigos– le habían cuidadosamente amarrado. Las rompe. Somete a severa crítica todo cuanto se le había enseñado; y pone al desnudo la vanidad de los prejuicios religiosos, políticos, legales y sociales en cuyo seno había vegetado. En aras de su espíritu de investigación se lanza por caminos desconocidos, enriquece nuestro saber con descubrimientos imprevistos: crea nuevas ciencias. 

Pero el enemigo sempiterno del pensamiento –el gobernante, el magistrado, el religioso– se rehacen en seguida de la derrota. Reúnen poco a poco sus diseminadas fuerzas, remozan su fe y sus códigos, adaptándolos a nuevas necesidades; y, valiéndose de ese servilismo de carácter y de pensamiento que ellos mismos tan cuidadosamente cultivaron, aprovechan la desorganización momentánea de la sociedad, explotando la necesidad de reposo de unos, la sed de riquezas de otros, los desengaños de algunos –sobre todo los desengaños–, vuelven paulatinamente a su obra, apoderándose primero de la infancia, por la educación.

El espíritu del niño es débil, y fácil, por lo tanto, el someterlo por terror: a esto apelan. Lo intimidan, y le pintan los tormentos del infierno, le hacen ver los sufrimientos de las almas en pena, la venganza de un Dios implacable; más tarde le hablarán de los horrores de la Revolución, explotarán cualquier exceso de los revolucionarios para hacer del niño “un amigo del orden”. El religioso lo habituará a la idea de ley para acatar mejor lo que él llama la ley divina. El abogado le hablará también al niño de la ley divina, para mejor someterlo a los textos del código. Y el pensamiento de la generación siguiente tomará ese tinte religioso, ese tinte autoritario y servil a la par –autoridad y servilismo van siempre tomados de la mano–, ese hábito de sumisión que demasiado se manifiesta entre nuestros contemporáneos.

Durante estos períodos de adormecimiento, raramente discuten cuestiones de moral. Las prácticas religiosas, la hipocresía judicial las sustituyen. No hay crítica, se dejan llevar por la costumbre, por la indiferencia. No se apasionan en pro ni en contra de la moral establecida; hacen lo que pueden para ajustar exteriormente sus actos a lo que pretenden profesar. Y el nivel moral de la sociedad desciende cada vez más. Se llega a la moral de los romanos de la decadencia, del antiguo régimen, del fin del régimen burgués.

Todo lo que había de bueno, de grande, de generoso, de independiente en el hombre, va embotándose, se oxida como un cuchillo sin uso. La mentira se convierte en virtud, la conducta mediocre en deber.

Enriquecerse, gozar del momento, agotar su inteligencia, su ardor, su energía, no importa cómo, llega a ser el lema de las clases acomodadas, así como también el de la multitud miserable, cuyo ideal es el de parecer burgués. Entonces la depravación de los gobernantes, del juez, del sacerdote y de las clases más o menos acomodadas se hace tan repulsiva, que empieza la otra oscilación del péndulo.

La juventud se emancipa poco a poco, arroja los prejuicios por la borda. Vuelve la crítica. El pensamiento despierta primero en algunos; pero insensiblemente el despertar alcanza la mayoría; dado el impulso, la revolución surge.

Y a cada momento la cuestión de la moral se pone sobre el tapete. ¿Por qué seguiré yo los principios de esta moral hipócrita? –se pregunta el cerebro emancipado del terror religioso–. ¿Por qué determinada moral ha de ser obligatoria?

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