Sobrevivo por pura ansiedad: el nudo en la garganta de las mujeres en la sociedad neoliberal

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¿Podemos qué? ¿Ser fuertes? ¿Producir más? ¿Darles más votos? ¿Integrarnos cada vez más productivamente al mercado voraz? ¿Consumir más?

«We can do it!», decía la famosa pieza de 1943 creada por Howard Miller como parte de la propaganda de la Segunda Guerra Mundial, la cual tenía como intención que las mujeres se sintieran mucho más motivadas en su emergente ingreso al mercado de trabajo. Trabajo mal pagado, claro está, porque las mujeres hemos sido trabajadoras del cuidado desde tiempos milenarios y no narrados por la historia oficial.

Este afiche, que retrataba la figura de Naomi Parker Fraley —una fuerte trabajadora de una fábrica de Michigan— se hizo mucho más famoso en la década de los ochenta, y fue usado, con fines distintos, por empresas, campañas políticas y algunos grupos feministas. Lo claro era que “las mujeres podemos”, pero ¿Podemos qué? ¿Ser fuertes? ¿Producir más? ¿Darles más votos? ¿Integrarnos cada vez más productivamente al mercado voraz? ¿Consumir más?

lo que hace el capitalismo es ejercer salvajemente su poder donde ve que hay resistencia, y esto es parte de lo que nos ha sucedido a nosotras

Décadas después de esta imagen, de tantas luchas, de tantas muertas, de debates en todos lados, las mujeres ocupamos gran parte de los espacios que soñábamos ocupar —las mujeres cis, porque las trans siguen siendo condenadas a unos pocos y precarios espacios—. ¡Quiere decir que entendimos muy bien que «We can do it»!, y para muchas, trabajar hoy, significa autonomía económica, independencia, la posibilidad de irse de casa, o de salir de la casa de su agresor; poder sostener a su familia, seguir estudiando, soñar con nuevos proyectos, y aquí podríamos quedarnos haciendo una larga lista sobre los logros de la relación entre las mujeres y la economía.   

Sin embargo, también quisiera poner aquí en cuestión los efectos que esta relación nos ha traído con el paso del tiempo. En este caso, podríamos invertir la famosa premisa foucaultiana que plantea que «donde hay poder hay resistencia», y es que lo que hace el capitalismo es ejercer salvajemente su poder donde ve que hay resistencia, y esto es parte de lo que nos ha sucedido a nosotras. Lo que en un principio fue una innegable victoria, nuestro ingreso al mundo del trabajo remunerado y a los espacios educativos, nos tiene hoy en unas condiciones que tal vez no eran las que nuestras ancestras soñaron.

El modelo volvió a mutar: la mujer trabajadora tenía que estudiar, trabajar y tener un proyecto familiar.

Según datos del informe «Women in the Workplace 2021» (Mujeres en el lugar de trabajo 2021), el 42% de las mujeres a nivel mundial padece agotamiento. Si situamos los datos en el síndrome de «burnout» (cronificación del estrés laboral que nos hace sentir quemadxs), en América Latina, según el mismo informe, un 76% de la población femenina padece este síndrome. Y es que ¿Quién no se siente quemadx hoy? Basta con sostener una conversación cualquier día con cualquier persona para verlo.

Así, para las mujeres trabajadoras el poder ocupar estos escenarios ha sido victorioso, pero también ha tenido enormes costos para nuestra salud física y mental. Hace décadas el modelo de la mujer perfecta era aquella que se quedaba siempre en casa, le servía correctamente a su esposo y era madre de varixs hijxs. Pasó el tiempo y el modelo de perfección tenía un nuevo mandato: ser esposa, madre y trabajadora. Décadas después, el modelo, que nunca se queda quieto ni se adapta, volvió a mutar: la mujer trabajadora tenía que estudiar, trabajar y tener un proyecto familiar.

Pareciera que el haber logrado ocupar nuevos espacios no se equiparó a que las mujeres de hoy tengamos varias opciones y podamos decidir qué hacer, sino que hay que hacerlo todo, al mismo tiempo.

En la actualidad, cada vez se cuestiona más el mandato de la maternidad, sin embargo, a veces olvidamos cuestionar la exagerada sobre explotación que vivimos hoy y que nos obliga a ser tremendamente productivas para poder ser «buenas mujeres» en tanto respondemos correctamente a lo que otras ganaron para nosotras. Pareciera que el haber logrado ocupar nuevos espacios no se equiparó a que las mujeres de hoy tengamos varias opciones y podamos decidir qué hacer, sino que hay que hacerlo todo, al mismo tiempo.

Ya Silvia Federici (2010) explicó con admirable detalle cómo la explotación de las mujeres en el ámbito doméstico permitió que el capitalismo originario lograra potenciarse hasta llegar a su etapa neoliberal tal y como la estamos viviendo hoy. Cabe preguntarnos hoy por qué con la fuerza que tenemos para organizarnos y con todas las victorias que hemos tenido como mujeres, seguimos siendo explotadas, y lo peor es que a veces no lo vemos como un problema.

Y ya que estamos citando filósofas con apellido italiano, traigamos a Mia Colucci, que en medio de borracheras, fiestas y momentos de nostalgia nos ha llevado a gritar a todo pulmón que «sobrevivo por pura ansiedad, con un nudo en la garganta», y esto no solo aplica para las tusas, sino para la vida. Byung-Chul Han (2012) le diría a Mia que vivir así se debe a que el neoliberalismo potenció una sociedad del rendimiento que nos lleva a no parar, a ser hiperproductivxs y a naturalizar el cansancio, y que por eso las enfermedades del siglo XXI son el estrés, la depresión, el burnout y la ansiedad.  

El neoliberalismo potenció una sociedad del rendimiento que nos lleva a no parar, a ser hiperproductivxs y a naturalizar el cansancio, y que por eso las enfermedades del siglo XXI son el estrés, la depresión, el burnout y la ansiedad.  

¿Qué me permite concluir tanta cháchara? Que hoy las mujeres, entre otros mil problemas, tenemos un reto gigante, y es dejar de pensar que, para ser libres, autónomas y bichotas, tenemos que autoexplotarnos hasta tener más ganas de morir que de vivir. ¡El empoderamiento se volvió una gran palabra que hasta el neoliberalismo ama, porque te invita a hacerte cargo tú sola de todo, porque todo lo puedes, porque «We can do it!».

¿Por qué no pensar, más bien, en cómo ser más colectivxs para todxs podamos aquello que soñemos hacer? ¿Cómo seguir pensando en estrategias que nos permitan juntarnos en contra de la explotación? Incluida aquella que ejercemos contra nosotrxs mismxs; ¿Cómo seguir imaginando y haciendo el mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones?

Termino con El sueño de una anarquista, un apartado del texto de Emma Goldman «Anarquía y la cuestión sexual» de 1896, en el que dice: «Cada cual amará y estimará al otro, y ayudará a trabajar no solo por su propio bienestar, sino, siendo felices ellos mismos, desearán también la felicidad universal de la humanidad. (…) no habrá necesidad de enseñar el servilismo y el vil arte de asediar a sus semejantes» (p. 32). Seguiremos aprendiendo juntxs cómo pensar nuestra emancipación sin que se siga convirtiendo en la tragedia de sobrevivir por pura ansiedad. Que el nudo en la garganta transmute a nuestro puño en alto, porque «Podemos hacerlo», claro, pero también podemos dejar de hacer y sentirnos en paz.  

Por Jess Castaño-Urdinola. Trabajadora social, feminista, profesora universitaria, investigadora…pero más allá de todo eso, me gusta rodar en bici, me gusta gritar en Inopia (mi banda de punk) y me gusta reírme con memes. Ig: @jessicastur666.

Referencias bibliográficas:

Federici, S. (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva. Madrid: Traficantes de sueños.

Han, B. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder Editorial.

MckInsey & Company. (2021). Women in the workplace. Recuperado de: https://www.mckinsey.com/~/media/mckinsey/featured%20insights/diversity%20and%20inclusion/women%20in%20the%20workplace%202021/women-in-the-workplace-2021.pdf

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