Soy más que mi trabajo

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Pero una simulación, al fin y al cabo, porque se superpone a modos netamente hipócritas e incluso violentos de relacionamiento.

De un tiempo para acá he venido sintiendo como la explotación se tramita de una forma distinta en los discursos de las profesiones y trabajos que tienen un contenido social. La idea de involucrarse con el otro, de superar una relación meramente laboral, fría y casi robótica se sustituye por relaciones de pseudo amistad, mientras que la alienación se cree superada en la identificación con el trabajo.

En estas profesiones pasa a ser un imperativo el hecho de involucrarse completamente con el otro. Es un imperativo asumir la lógica de la amistad así lo que se desarrolle, en el mayor de los casos, no sea en realidad una amistad. Es decir, el deber ser es la configuración de una simulación de la amistad como expresión idónea del ambiente laboral. Pero una simulación, al fin y al cabo, porque se superpone a modos netamente hipócritas e incluso violentos de relacionamiento.

Se trata de una suerte de militancia laboral en favor del fortalecimiento de la institución o de la entidad gubernamental o no gubernamental en la que se trabaje.

En el vínculo con el objeto contractual, el deber ser está en arrojarse con todo el cuerpo y los afectos al trabajo. En no separar en absoluto los ámbitos y tiempos existenciales sino en hacer de toda la existencia el objeto contractual. Se trata de una suerte de militancia laboral en favor del fortalecimiento de la institución o de la entidad gubernamental o no gubernamental en la que se trabaje. Así, incluso, empieza a ser bien visto quien saque de su propio salario o de sus propias pertenencias para ponerlas al servicio del trabajo, más allá de los recursos con los que ya cuente el proyecto o el espacio en el que se esté.

Amar el trabajo o “enamorarse” del trabajo, y lograr “enamorar” a quienes está dirigido el objeto contractual viene a ser el fetiche que encubre el carácter explotador/autoexplotador de toda la relación laboral.

Es la completa autoexplotación pero provista de una imagen positiva en razón del componente social de la profesión. Amar el trabajo o “enamorarse” del trabajo, y lograr “enamorar” a quienes está dirigido el objeto contractual viene a ser el fetiche que encubre el carácter explotador/autoexplotador de toda la relación laboral. Y de este modo, una emocionalidad tan profunda y compleja como el enamoramiento queda también atrapada dentro de la misma lógica sistémica en la que la existencia no es más que el objeto de trabajo. Esta idea no estaría separada, a la larga, de esa molesta concepción de “ponerse la camiseta” por la empresa y el patrón. 

Se va construyendo una identidad en torno al objeto de trabajo. Con esta identidad, que se da por ejemplo en los empleos con un componente intelectual, se piensa que la alienación o enajenación —el proceso en el que la persona siente que no pertenece a sí misma sino a las condiciones de trabajo— no tiene lugar. 

Pero esta identificación vela por completo el hecho de que primero, ese fruto del trabajo no pertenece ya a la persona sino que es apropiado por la entidad, institución, ong, etc; y segundo, que todas las dimensiones existenciales, todos los intereses, cualidades y capacidades son opacados y anulados ante el objeto de trabajo, o bien, son puestos en función de éste. Toda la experiencia vital se relega a ese trabajo de contenido social. Trabajos que, en muchas ocasiones, vienen a hablar en nombre del cambio pero en realidad simplemente vienen a encubrir las grietas del sistema. Y es que cuando el trabajo alienado encubre las grietas del sistema, terminamos por pensar que el sistema está bien, que no hace falta alternativa y que no hay puntos de fuga en los que podamos ser.

Trabajos que, en muchas ocasiones, vienen a hablar en nombre del cambio pero en realidad simplemente vienen a encubrir las grietas del sistema.

La identificación en estos márgenes me lleva a pensar en Saúl Hernández, vocalista de la banda Caifanes, cantando: “afuera tú no existes, solo adentro; afuera no te cuido, solo adentro; afuera te desbarata el viento sin dudarlo; nadie es nada, solo adentro”. Porque solo adentro de ese mundo laboral somos alguien como persona, porque nuestra identidad solo puede ser esa identidad en el trabajo y porque fuera de ese margen ya no existimos.

Es así como este arrojamiento del ser y de la existencia misma al trabajo nos confunde y nos lleva a pensar que ésta es la única forma de trabajo creativo e intelectual y que el ocio no es más que procrastinación. 

la vida se trataba de “hacer lo que nos ponían a hacer para asegurar la pensión”. Evidentemente esta es la otra faceta de la alienación: la aceptación de las cosas tal y como están. 

En una reunión familiar, luego de narrar estas sensaciones, una tía me decía con tranquilidad que con base en su experiencia lo mejor era asumir con resignación que solo éramos fichas y que la vida se trataba de “hacer lo que nos ponían a hacer para asegurar la pensión”. Evidentemente esta es la otra faceta de la alienación: la aceptación de las cosas tal y como están. 

Y en ese deber ser tan estrecho no podemos sentir, no podemos tener crisis existenciales, ni ataques de pánico, mucho menos que se note la rabia y el hastío ante la hipocresía de los ambientes laborales en los que se encubre la autoexplotación con la vacìa identificación en el objeto de trabajo. Porque se nos obliga a pensar que no somos nada más que nuestro trabajo… 

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