Algo más que una efeméride sobre Rafael Uribe Uribe

Porque vivimos a golpes

Porque apenas sí nos dejan

Decir que somos quien somos.

Nuestros cantares no pueden ser

Sin pecado un adorno;

Estamos tocando el fondo,

Estamos tocando el fondo.

 

Gabriel Celaya

 

El 15 de octubre de 1914 fue asesinado el general, gramático, periodista y parlamentario colombiano Rafael Uribe Uribe. Al día de hoy, el señor Uribe Uribe no es tan recordado como hace cien años, cuando su nombre retumbaba la geografía nacional, siendo asociada a su figura una imagen rebelde y plebeya, con la que se identificaban el artesanado liberal no librecambista y la naciente clase obrera que empezaba a enarbolar las ideas socialistas. 

Pese a venir de un segmento social relativamente acomodado afín al liberalismo, el general Uribe Uribe se distanció de las oligarquías conservadoras y liberales, y se identificó con un tipo de liberalismo que hoy en día podríamos asociar con la socialdemocracia o el progresismo.  

Al respecto, cabe citar un fragmento de uno de sus discursos más conocidos, pronunciado en octubre de 1904, ante el teatro municipal de Bogotá, en donde sintetizaba las coordenadas generales de sus propuestas en materia de política económica, con sus efectos en el ámbito social y cultural:

Cierto diario de la ciudad, en ejercicio más que otro alguno de ese presuntuoso magisterio, viene fastidiándome hace algún tiempo con el mote de socialista de Estado, solo porque propuse que el Estado contribuyera a remediar los males que él mismo ha producido, y que no se habrían presentado sin su arbitraria Intervención en las relaciones comerciales de los ciudadanos (…) Pero ahora quiero Ir más lejos: en vez de rechazar, acepto la imputación de socialista de Estado y la reivindicaré en adelante como un título. (…) No sé hasta dónde sea cierto lo que dice el general Reyes en su último mensaje; que ‘ha sido práctica constante en nuestro país no crear las contribuciones necesarias’. Lo que sí sé es que las que hay, están muy mal repartidas. Los pobres pagan mucho más que los ricos, proporcionalmente, es decir, fuera de toda proporción. Se viola con estos dos principios: uno de equidad y otro de conveniencia. Consiste el uno en que quien aprovecha de la seguridad amparadora del Estado, porque tiene más sobre qué recaiga, debe pagar más; y consiste el otro en que el impuesto puede y debe ser empleado como instrumento de nivelación, de manera que gravando poco las pequeñas fortunas y bastante las grandes, se procure el crecimiento de las primeras y la disminución de las segundas, en busca de un promedio Igualitario donde se eviten los peligros del desequilibrio.

Para esto proponen los socialistas varios medios, desde el impuesto progresivo sobre la renta y el aumento proporcional del Impuesto sobre la riqueza raíz, a partir de una cifra de capital determinado, hasta la exención de todo derecho para los artículos de primera necesidad, y otras medidas análogas.

¿Se sale esta petición socialista de los límites de una discusión aceptable y aun de una aplicación práctica posible?

(…) Finalmente enumeraré en bloque algunas otras de las aspiraciones socialistas, no impracticables en Colombia. Protección racional a las industrias nacionales (…), participación de los obreros asalariados en las ganancias de la industria o explotación en que se ocupan; (…) hacer que el salario del obrero no se limite a lo puramente necesario para asegurar su subsistencia física, o hacer que ese salario y el tiempo que representa correspondan a la adquisición de mayor número de artículos o de servicios, inclusive su mejora moral y su progreso intelectual”.

Rafael Uribe Uribe recibió instrucción militar en su formación académica, como era costumbre a fines del siglo XIX. A temprana edad se involucró en las guerras civiles en defensa del gobierno del liberalismo radical, destacándose rápidamente y ascendiendo en grado militar. En 1880 llega a la presidencia el liberal Rafael Núñez, con el respaldo del conservatismo y de sectores liberales e inaugura el periodo de la “regeneración”, que fundiría al Estado con la Iglesia Católica, y tal como lo resaltan los historiadores Renán Vega y Mario Aguilera Peña, desharía en la práctica la noción republicana de ciudadanía, heredera de la revolución francesa, para formar a cristianos obedientes de los mandatos estatales y religiosos, emanados desde el partido de gobierno y la interpretación doctrinal de la alta jerarquía eclesial, nostálgica de la hispanidad y los tiempos coloniales.

Uribe Uribe no guardó una opinión favorable a la regeneración, por el contrario, no tardó en declararse en oposición: “La Regeneración ha desnaturalizado por completo, la noción de gobierno, y ha llegado hasta a alterar la forma y los fines de la sociedad misma; los gobernantes han olvidado que no ejercen el poder sino por delegación popular, y en ningún caso por derecho propio, para ejercer su capricho, no para su gusto a capricho personal”

En 1899 estalló en Santander la Guerra de los Mil Días, el ambiente estaba caldeado, la participación política estaba restringida para los liberales no gobiernistas y el gobierno facilitaba la alta concentración de la tierra y la riqueza. Los jefes liberales Manuel Antonio Sanclemente y José Manuel Marroquín se declararon en rebelión y los liberales que habían participado en las guerras civiles no tardaron en sumarse, como Rafael Uribe Uribe.

Los liberales sublevados esperaban ganar ante un ejército debilitado y desorganizado, pero el saldo fue distinto cuando vieron el desangre de los sectores populares y el oportunismo de los Estados Unidos para aprovechar el tiempo de crisis y contribuir con la independencia de Panamá, porque facilitaba sus intereses económicos detrás del canal. Notaron que vencer no era una opción. La guerra finalizó con el triunfo de los conservadores en 1902.

Al respecto, diría Rafael Uribe Uribe:

“Yo he podido renunciar, como en efecto he renunciado, una vez por todas y para siempre, a ser un revolucionario con las armas, pero no he renunciado a ser un revolucionario y un agitador en el campo de las ideas. Cada mañana toco tropas a las que he venido profesando, y pasada la revista revaluadora, doy de baja sin pena a las que hallo inútiles para el servicio y las repongo con otras jóvenes y robustas.”

Tras la guerra, asumió con más firmeza su perfil político y pronto se destacó como uno de los más notables dirigentes liberales, cuya fuerza radicaba en el respaldo popular antes que en la riqueza, como el caso de la oligarquía liberal. 

El 15 de octubre falleció Rafael Uribe Uribe. Horas antes, después del medio día, había sido herido de muerte. El mango de las hachuelas que impactarían la cabeza del general, conocido como el apóstol de la paz, fueron sostenidas por dos conservadores: Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal. Su asesinato fue perpetrado en un lugar paradójico, haciendo del hecho una metáfora de la historia patria o una burla a los sueños de democratización, su vida fue cegada en el costado oriental del Capitolio, sede del Congreso de la República.

El joven Jorge Eliécer Gaitán diría ante su tumba: “Parecía que el patriotismo y la democracia quisieron ahogarle entre sus brazos. Uribe escribió con la punta de su espada una página de libertad en el alma de Colombia, y con su pluma una aureola de grandeza en el cielo de la América”.

Estas palabras no son el producto de una efeméride, sino el fruto de una exposición de arte que me conmovió profundamente: Otra victoria así y estamos perdidos, una obra de Ana María Montenegro, con la participación de Marcia Cabrera y Vladimir Giraldo, que conjuga la instalación, el cine y el teatro, para hacer un ejercicio de memoria histórica desde el Espacio Odeón, al reconstruir un film por medio del texto, los sonidos, la oscuridad y el frío de la noche, las consignas y las voces de indignación. Una película cuyas imágenes quedaron únicamente retratadas en la letra impresa de los periódicos de la época: El drama del 15 de octubre, de los hermanos Di Domenico, basada en el asesinato y funeral masivo de Rafael Uribe Uribe.

La reconstrucción escalofriante y emotiva de la película se va articulando gradualmente con la investigación de Marco Tulio Anzola Samper, publicada en 1917 con el nombre: ¿Quiénes son?, que no fue tenida en cuenta en el caso del asesinato y que develó las conexiones entre los autores materiales con los autores intelectuales pertenecientes a los altos cargos del partido conservador y del poder público.

Este artículo no tiene la intención ni la capacidad de describir la obra, esto la despojaría de la enorme carga emotiva y política que tiene para movilizar afectos y reflexiones de distinta índole en tan solo 45 minutos de presentación. Solo puedo decir que, después de la proyección, consiguen tejer el pasado con el presente, recordando al público distintos magnicidios con nombre propio y el asesinato sistemático de excombatientes y de líderes y líderesas sociales, mostrando como el escenario del asesinato procura siempre el mayor número de espectadores, para que las miradas se posen sobre los autores materiales, haciendo perder de vista la responsabilidad política de los autores intelectuales.

Un gran muro se extiende en uno de los pisos de Espacio Odeón con la pregunta: ¿Quiénes son? Antes de llegar a la instalación de una terrible galería: cientos de derechos de petición dirigidos a la fiscalía, preguntando si hay investigaciones en curso sobre los nombres de excombatientes y líderes asesinados.

En el último piso queda uno de pie, con un nudo en la garganta, preguntándose no solo ¿Quiénes son?, también ¿Quiénes fueron? y ¿Por qué?

La obra fue presentada del 3 de septiembre al 4 de octubre, con una puesta en escena adicional el 15 de octubre, en conmemoración del asesinato de Rafael Uribe Uribe. Espero que, luego de la pandemia, la obra pueda ser presentada nuevamente, al ser una expresión artística no solo relevante sino necesaria para incomodar e impugnar la normalización de la antidemocracia y la muerte. 

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